Tormenta de Fuego

Capítulo 30

∽DRANBERG∽

Las imponentes puertas del salón del rey se abren de par en par. Su Majestad, el rey Draco, se encuentra en su trono; a su lado, su hijo mayor y heredero aguarda en compañía de los asesores reales.

El príncipe Alexor Autumnbow entra a paso firme, sin permitir que el agotamiento de dos semanas de viaje aminore su porte. Detrás de él, su asesor Jon Schubert procura no revelar el alcance de su asombro. Esta es la primera vez que Jon está en Roca Dragón; en realidad, es la primera vez que está fuera de Encenard y, a pesar de las múltiples descripciones que ha escuchado acerca del reino dragón, está completa y absolutamente anonadado con lo que ven sus ojos.

—Alexor, bienvenido a Dranberg. Siempre es un gusto recibirte en mi castillo —dice el rey Draco con inusitada frialdad. A pesar del enorme aprecio que siente por su yerno, tiene por cierto que esta no es una visita amistosa—. He recibido reportes de lo más inquietantes, me informan que Esteldor ha prohibido la entrada de dragones a su reino y que se rehúsa a dar la razón. ¿Quieres explicarte, muchacho?

Al príncipe de Encenard no se le pasa por alto el tono paternalista con el que Draco lo llama muchacho. Le está recordando su lugar, quiere que quede abundantemente claro quién tiene el poder en esta situación.

Luken mira a su padre de reojo, le sorprende que el rey no haya adoptado una actitud más conciliatoria, dado que Alexor no solo está casado con su hija mayor, sino que la esposa de Luken es hija de Esteldor. Ambos reinos han sido amigos desde antes de que él naciera y le es difícil ver esa amistad deteriorarse.

—Siendo usted un monarca tan capaz, estoy seguro de que, pese al hermetismo de mi padre, alguna información le ha de haber llegado —replica Alexor, determinado a no dejarse intimidar.

—La gente dice muchas tonterías, han inventado toda clase de disparates en cuya falsedad confiamos —se apresura a intervenir el príncipe Luken.

Alexor baja los ojos un instante, el piso de mármol está tan esmeradamente pulido que con una mejor iluminación sería capaz de ver su propio reflejo.

—Me temo que esta vez los rumores son ciertos —suspira antes de volver a encarar al rey—. Hace unas semanas, un Dranber llamado Alaric Pontecorvo usó su dragón para atacar nuestro reino. El pánico cundió en Encenard y mi padre tomó la decisión de interrumpir cualquier comercio con Dranberg para que la gente se sienta segura. La mera idea de ver volar un dragón en cielo encenardino infunde pánico entre humanos y duendes… no vamos a correr ese riesgo.

El intercambio de miradas fugaces y cargadas de consternación le dejan saber a Alexor que sus contrapartes no esperaban la noticia. El rey Draco es más talentoso al disimular su desconcierto, pero su hijo y sus asesores no lo logran.

—Es un hecho muy grave del que yo no tenía conocimiento y el cual, por supuesto, repruebo energéticamente. Encenard es nuestro aliado, lamento profundamente lo ocurrido —se apresura a asegurar Draco.

Alexor hace una inclinación de cabeza en agradecido reconocimiento, pero al igual que las palabras de Draco, el gesto es poco e insignificante en comparación a la tragedia ocurrida.

—¿Qué necesita Encenard para restablecer el comercio? —inquiere Luken, impaciente por detener la afluencia de comerciantes y grandes señores que no han dejado de presentarse en su castillo las últimas semanas llenos de quejas por la interrupción a los intercambios comerciales.

—Mi padre quiere la cabeza de Pontecorvo…

—Hecho —interrumpe el rey—. Hoy mismo mandaré a un dragón a Cima de Fuego, antes de caer la tarde Pontecorvo habrá exhalado su último aliento.

—Lo siento, Majestad, aún no acababa… —dice Alexor—. Mi padre quiere ser él personalmente quien castigue a Pontecorvo y que sea en nuestro territorio. Deseamos hacer un ejemplo de él, que su muerte le dé la certeza a nuestra gente de que esto no se volverá a repetir.

Draco se mantiene imperturbable al escuchar a Alexor. No así sus asesores, cuyas miradas se oscurecen.

El salón del rey queda en silencio. Draco pasa sus dedos por el descansabrazos de su trono en gesto pensativo.

—Esa no es cualquier petición… —exhala el rey tras unos momentos.

—Lo que Pontecorvo hizo no fue cualquier cosa… fue una atrocidad —puntualiza Alexor.

Draco se remueve en su trono.

—No niego la gravedad de los actos de Pontecorvo, pero él sigue siendo un súbdito de la corona de Dranberg, no de Encenard.

—¿Es esa su respuesta final, Majestad? —inquiere Alexor y echa una rápida mirada hacia Jon.

Su asesor comprende sin palabras. En los siguientes segundos puede que pasen de amigos a enemigos de este reino y se encuentran rodeados.

Otro silencio prolongado. Después, el rey se golpea las rodillas.

—Permíteme considerarlo —pide secamente—. Es un asunto que no debe tomarse a la ligera. Mientras tanto, Luken te llevará a ver a Odette, ella estará encantada de verte y tú, Jon, eres bienvenido a quedarte, pero asumo que en el Castillo Dragonetti tendrás al menos un par de sobrinos que aún no conoces. ¿Qué te parece si arreglo un transporte para llevarte a visitar a los Kilmor?




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