Tormenta de Fuego

Capítulo 20

Espero en la finca hecha un manojo de nervios. Por la mente me pasan toda clase de escenarios funestos. Alaric sacando su espada para atacar a Fred, estrangulándolo como hizo con el joven en la calle; un hombre enfermo de poder y rabia es capaz de cualquier cosa. No es que piense a mi esposo incapaz de defenderse, pero a Fred no lo impulsa la oscuridad que mueve a Alaric Pontecorvo.

Asfixiada por el agobio, camino de un lado al otro de la sala, asomándome por la ventana cada pocos segundos por si el carruaje de los Logan decide darse la vuelta a medio camino y dejar el encargo para otro día.

Estoy tan angustiada que no es sino hasta que pasa una hora que por la mente me cruza la duda de si a la señora Logan le parecerá bien que esté ocupando su sala. Tal vez mi suegra prefiera que me limite a la habitación de su hijo y no que ande merodeando por el resto de su casa.

Considero volver al piso superior, pero mis piernas se rehúsan a obedecerme. Arriba no tengo vista hacia la parte delantera de la casa, no podré ver las idas y venidas en el camino de acceso. La preocupación por Fred me fuerza a estar pegada a la ventana y no deseo moverme.

Mientras me debato entre no importunar a mi suegra y dar rienda suelta a mis aprensiones, una pelusita blanca y esponjada entra corriendo y se apresura a mis pies.

—Oh… Hola… —digo agachándome para acariciar al perrito de pelaje rizado.

—¡Algodón, ven!… —Nancy hace alto total bajo el marco de entrada al verme—. Lo siento, no sabía que estabas aquí.

—¿Necesita la estancia? Puedo marcharme —digo en voz atropellada.

—No, de hecho, te estaba buscando.

—¿A mí?

—Sí. Fui a la habitación de Freddy y la encontré vacía, así que asumí que te habías marchado con ellos, pero me alegra que no sea así. Quiero hablar contigo, si tienes un momento —dice al tiempo que camina hacia mí y toma a su perro en brazos.

—Por supuesto, adelante —digo con las manos entrelazadas al frente formando un escudo protector que me resguarde de lo que sea que Nancy va a decirme. ¿Será un reclamo? ¿Me pedirá que me marche? ¿Enfatizará lo inadecuada que me considera para ser esposa de su hermano?

Nancy suelta un suspiro largo, sus ojos bajan al perro y luego vuelve a mirarme al rostro.

—De hecho, es mentira, no quiero hablar; lo que deseo es disculparme. Ayer fui excesivamente grosera contigo. Me tomé a mal la noticia del casamiento y te traté injustamente. Por favor, perdóname, hice mal.

Separo los labios, incrédula. De entre todas mis teorías, una disculpa jamás formó la lista de posibilidades.

—Oh, señorita Logan, no se disculpe, los tomamos desprevenidos. Es normal que se haya sorprendido.

—Por favor, llámame Nancy, ahora somos familia. Amo a mi hermano más que a mi propia vida y tú eres su esposa, odiaría que nos lleváramos mal. Por favor, ¿podemos empezar de cero?

—Absolutamente, me encantaría —digo relajando los hombros.

Por un instante, hasta me olvido de la aprensión por el encuentro entre Fred y Alaric; saber que no tendré a mi cuñada de enemiga es estupendo.

—Creo recordar que dijiste que disfrutabas caminar, ¿me acompañas a llevar de paseo a Algodón? Sirve que así conoces el resto de la finca —sugiere Nancy alzando a su perrito.

—Me encantaría —repito, no por redundancia, sino porque es mi genuino sentir.

Salimos de la casa principal por un caminito que rodea las caballerizas.

Algodón alterna entre carreras frenéticas y sesiones intensas de olfateo cada que algo capta su atención. Nancy y yo vamos detrás, perdiendo de vista al perro cuando corre y alcanzándolo cuando se queda en un sitio a olisquear.

El primer tramo lo hacemos en silencio. No soy una gran conversadora; por su parte, asumo que a Nancy no se le ocurre qué decirme. Una cosa es nuestra intención de llevar una buena relación de cuñadas y otra muy distinta es hacerlo realidad. Al final del día, somos dos extrañas con una sola cosa en común: Fred. El problema es que, hablar de ese tema puede resultar incómodo dado lo reciente que está mi matrimonio y el impacto que ha tenido en los Logan.

—No lo amabas, ¿verdad? —pregunta Nancy de forma atropellada y dubitativa, como si temiera tocar el tema, pero sin soportar más el silencio—. A tu prometido —aclara—. A momentos daba la impresión de que ni siquiera te caía bien.

Agacho la mirada hacia mis manos, luego mis ojos ansiosos buscan a Algodón y se terminan conformando con mirar un árbol que se alza a varios metros de distancia.

—Mi familia está en aprietos económicos. No tuve opción de rehusarme —explico resumiendo semanas de humillación y zozobra en dos simples oraciones.

—Y ahora, ¿qué harán? Lamento informarte, pero Freddy no está en posición de ayudar a tu familia —dice mirándome de reojo.

Entiendo que su honestidad tiene por intención ponerme a prueba, quiere saber si estoy con su hermano por interés o por amor.

—Lo sé. Estoy al tanto de la situación —confirmo para su calma—. La realidad es que ignoro qué pasará con los Casper. Quise ayudarlos, aunque ahora parezca lo contrario, hice un esfuerzo enorme por resignarme a ser la esposa de Alaric, pero… —la voz se me quiebra.




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