El cielo se va aclarando poco a poco, sus tonalidades cambian conforme el sol va saliendo al horizonte. Los amaneceres en Alegría son preciosos, siento que estoy presenciando una pintura que va cambiando en tiempo real, un retrato de la perfección.
Soy muy afortunada de poder llamar este sitio mi hogar. Aunque anoche los Logan estaban disgustados, al menos acabaron admitiendo que mi lugar es junto a su hijo. La situación habría sido mucho más difícil si ellos se opusieran a permitirme vivir bajo su mismo techo.
Me giro hacia la cama, Fred aun duerme a pierna suelta. La imagen de mi esposo es otro retrato de perfección. Tal vez no tan espectacular como un amanecer, pero mucho más significativo. Tal como el sol, Fred ha bañado de luz y calor mi existencia. Mi vida ha dado un giro, ya no temo el paso del tiempo, ni me siento aplastada e insignificante. No soy más la posesión de un hombre cruel, una mercancía cuya vida vale lo que un saco de oro.
Vuelvo a mirar por la ventana, entre mi inconmensurable felicidad se cuela la culpa. ¿Qué será de mamá y Otis ahora? La casa de la familia se perderá, sin el oro de Alaric no podrán mantener la vida a la que estamos acostumbrados. Me duele saber que van a sufrir; genuinamente traté de sacrificarme por ellos, pero al final no lo logré, el precio era demasiado alto. Tal vez si Alaric hubiera sido distinto, más gentil, menos dominante, yo habría podido resignarme, pero incluso puede que eso sea mentira… En estos momentos, hechizada por la paz que siento y fresca la emoción del amor de Fred, no puedo imaginar otro escenario que no nos incluya a mí y a mi esposo juntos.
—Desde el día en que te conocí fantasee con lo que sería despertar a tu lado. Claro que, en esas fantasías, tú estabas en la cama —dice Fred en voz ronca.
Me giro hacia él. Mi esposo está con las manos tras la nuca, estirado a lo largo de la cama. Sus ojos ya brillan risueños. Apenas va saliendo el sol y él ya rebosa de buen humor.
—¿En verdad imaginabas despertar a mi lado? —inquiero con una sonrisa cariñosa.
—Obsesivamente. Desde la cena en la finca no lograba pensar en otra cosa que no fueras tú —admite él—. ¿Qué haces levantada? ¿No pudiste dormir?
—Nada de eso. Dormí de maravilla, es solo que tengo mucho en que pensar —confieso.
Fred levanta el torso para quedar sentado y da dos golpecitos a su lado del colchón para invitarme a ir junto a él.
—¿Te arrepientes de ayer? —pregunta inclinándose al frente.
Camino hacia la cama y tomo asiento donde él me indicó.
—Sería más fácil que el cielo se tiñera de rosa a que yo me arrepintiera de ser tu mujer —aseguro—, pero sé que mi decisión afectará a mi familia. Me apena lo que vendrá para ellos.
—Ayer mencionaste que tu compromiso con la plaga era por ellos. ¿Qué tan grave es la situación? —inquiere Fred mientras lleva una de sus manos a mi espalda donde empieza a subir y a bajar suavemente en una delicada caricia.
—Estamos en la ruina —confieso con un suspiro—. Mi madre despilfarró nuestro dinero, que tampoco era tanto para empezar. Otis era muy joven cuando papá murió y mamá decidió tomar las riendas de las finanzas familiares. En unos años, nos quedamos sin un centavo. Toda la herencia de mi hermano, lo que los Casper construyeron durante generaciones, se perdió. Alaric ofreció ayudarnos a conservar la casa de la familia; además de una cantidad significativa de oro. Mi matrimonio con él era el único recurso para salir a flote.
Fred me escucha atento, como si lo que sale de mis labios fuera de vital relevancia.
—Algo así imaginé. Un hombre tan ruin solo podría conseguir esposa comprándola —opina pensativo—. Lamento no estar en posición de ofrecerte lo mismo que él. La situación de la finca no es la mejor. Casi nadie lo sabe, pero al igual que los Casper, nosotros también estamos atravesando dificultades.
Alaric tenía razón en sus sospechas. Es increíble que se haya percatado de ello, pero no de lo mucho que yo aborrecía estar con él.
—Tú me ofreces algo mucho mejor, algo que Alaric jamás podrá darme: Amor, respeto, ganas de vivir. Es difícil explicarte la felicidad que siento a tu lado. Eso vale más que todo el oro de Dranberg.
Fred se acerca más a mí para darme un breve beso en los labios.
—No necesito que me lo expliques, cariño. Yo siento la misma felicidad —dice al retirarse—. No mentí al decirte que quedé flechado desde la cena aquí en casa. Al principio lo achaqué a lo atractiva que eres, asumí que pensaba tanto en ti por lo guapa que me pareciste, pero al día siguiente, cuando Pontecorvo quiso que oficiara la boda, la sola idea me puso enfermo. No estoy exagerando, físicamente me causó malestar. Por eso arruiné los papeles e inventé excusas para postergarlo. Después, me devané los sesos pensando en un modo de impedir su unión, en mi mente tracé un montón de planes ridículos para apartarte de él, me imaginé rescatándote en miles de escenarios distintos… Al final, ninguno de mis planes importó, la oportunidad en el mesón fue perfecta. Todo salió a pedir de boca. —Fred pasa el dorso de su mano sobre mi mejilla muy despacio.
Echo la cabeza hacia atrás, incrédula.
—Espera, Fred, ¿estás diciendo que planeabas rescatarme?
—¡De muchas formas! Pensé entrar a tu casa en plena noche a sacarte, darle un somnífero potente a la plaga, montar una pelea para distraerlo y que pudiera alejarte de él… Ese día en el mesón, le estaba preguntando a Liam qué tan difícil sería batirse a duelo. Él me estaba sermoneando que dejara de pensar locuras cuando te vi levantarte de tu mesa y decidí seguirte.
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Editado: 25.09.2026