Tormenta de Fuego

Capítulo 25

La puerta se azota con fuerza detrás de él.

El juez masculla un par de quejas acerca de que se dañará el marco, pero estas se acaban en el instante que Rebecca se precipita a abrazarlo.

—¡Abuelo, qué bien manejaste a ese sujeto!

Así que ella es la nieta de la que tan orgulloso está.

No alcanzo a escuchar lo que contesta él, puesto que en ese instante me veo atrapada en brazos de Fred.

—¿Estás bien? Oh, cariño, ya todo pasó. Lo hiciste excelente —dice en voz dulcísima.

Por mis venas fluye una nueva energía, siento su vitalidad por todo mi cuerpo. Es la valentía que no sabía que existía dentro de mí. No obstante, estoy lejos de sentirme feliz.

—¿Cómo puedo estar bien, Fred?… No soy tu esposa —me lamento.

Fred suelta una risa por la nariz.

—Qué vergüenza haber cometido un error tan bobo. No me lo creo, eso me pasa por distraído, mamá siempre me lo está recalcando. Pero no te entristezcas, mi bien, esto tiene fácil arreglo —dice como si fuera una pequeñez.

El resto de la sala está disfrutando del alivio de la partida de Alaric, da la impresión de que el cielo se despejó y que todos podemos bajar la guardia.

—La plaga, tiene mucho sentido. ¡La plaga! —manotea Connor al aire antes de agacharse al suelo y levantar el acta arrugada. Con mucho cuidado abre el papel—. Alguien mande traer tinta y pluma, si son tan amables.

—¿Qué hará, Alteza? —inquiero atenta a sus movimientos.

—Firmaré como testigo y acabaremos con este asunto de una vez —responde el príncipe.

—Oh, no lo haga, Alteza, se lo suplico —dice la señora Logan. Su petición provoca que todos ahoguen un grito de sorpresa, mientras que a mí me causa un nudo en el estómago, pero antes de que me abata el dolor de pensar que mi suegra no me quiere, la señora Logan acaba su idea—: Es nuestra oportunidad para celebrar este enlace como corresponde.

—¿Qué tienes en mente, madre? —pregunta Fred, risueño.

Una sonrisa ingeniosa baila en los labios de mi suegra.

—Mi único hijo se casa, eso amerita una fiesta, ¿no crees?

—Querida, sabes que no podemos permitírnoslo —le recuerda el señor Logan, no con poca vergüenza.

La penosa realidad queda suspendida en el aire. La situación económica de los Logan es mala y este matrimonio solo vino a empeorarla.

—¡Dejen que yo me encargue! —El ofrecimiento de Connor perfora el incómodo silencio—. Yo cubriré los costos del banquete y la bebida.

—Eres muy amable, Connor, pero no podemos aceptar, es un abuso —dice Fred con innegable gratitud en la voz.

—¿Abuso? ¿Por qué si lo estoy ofreciendo? Será mi regalo de bodas. ¿Para qué son las arcas reales si no para despilfarrarlas en fiestas?

—¡Qué buena idea! —celebra Rebecca al tiempo que aplaude—. Podemos hacer la boda en…

—Connor está bromeando, ¿cierto? —pregunto discretamente a Fred.

—¿Sobre pagar la fiesta o sobre el mal uso del tesoro real? —pregunta él de vuelta.

—Ambas.

Fred niega con gesto divertido.

—Esta es una de las poquísimas ocasiones que escucharás a Connor Autumnbow hablar completamente en serio —ríe mi esposo.

—Que sea algo pequeño, menos de 100 invitados, para no abusar de la generosidad del príncipe —propone la señora Logan, tan entusiasmada como lo están Connor y su esposa.

—Pero que sea antes de fin de mes; de otro modo, corro el riesgo de perderme la fiesta —pide Rebecca con las manos sobre su vientre.

Los Logan asienten complacidos.

—Claro, será un placer…

—No —interrumpo a mi suegra.

El salón entero se gira a verme.

—¿No? ¿A qué te refieres, cariño? —pregunta Fred juntando las cejas.

—¿No quieres una boda, Innessa? —pregunta la señora Logan en tono de que es impensable.

Me muerdo el labio inferior un instante. No estoy acostumbrada a externar mi opinión, ni a imponer mi voluntad, pero mi recientemente encontrada valentía me anima a hablar.

—Agradezco mucho el ofrecimiento de Su Alteza, de verdad que sí. Tener una boda en forma sería fantástico, pero yo no deseo postergar mi matrimonio con Fred ni un solo día. Esperar significa dejar abierta la puerta a problemas y no voy a resistirlo. Lamento parecer malagradecida, no es mi intención, pero prefiero que este asunto quede cerrado hoy mismo —explico tan claro como mi propia inquietud me permite.

—La tienes muy enamorada, amigo, no quiere estar ni un día sin ti —suspira Connor, lo que le gana un juguetón codazo de Rebecca.

—¿Problemas? ¿A qué clase de problemas te refieres, cariño? —inquiere Fred en tono pacífico. Si mi postura lo ha irritado, no da la menor señal de ello. Su voz solo denota que desea entenderme y nada más.

—Sí, Innessa, ¿por qué piensas que habrá problemas? —pide saber mi suegra, ella tampoco está molesta, aunque sí desilusionada.




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