Tormenta de Fuego

Capítulo 28

La larga noche llega a su fin, el sol devora la oscuridad conforme sale. Sin embargo, la mañana no trae consigo el frescor propio de un nuevo día. Todo se siente estancado, gris. Ni en la casa, ni fuera se escucha el menor ruido. El silencio tras la destrucción es más escalofriante que los gritos.

La señora Elena subió a acostar a sus niños hace rato, probablemente se haya quedado dormida mientras los arropaba.

Nancy duerme a mi lado en el sillón, su sueño es inquieto, lleno de callados gemidos. El doctor Moss dormita con la cabeza recargada contra el respaldo de su silla; está más sereno, debe ser que está acostumbrado a tratar pacientes con toda clase de dolencias, ya aprendió a no dejar que el sufrimiento de otros lo perturbe.

Yo soy la única que no se rinde al sueño. Estoy exhausta, los párpados me pesan como si fuesen costales, pero la culpa no me permite descansar. Me retuerzo en mi asiento, mi alma torturada se ahoga en remordimiento. Habría dado lo mismo que estuviera sobre el dragón, yo traje la desgracia a Alegría, yo acabé con el mundo de los Logan.

El sonido de unos pasos bajando la escalera me arranca de mis tortuosos pensamientos. La señora Elena entra a la sala con mucho sigilo. Al ver que soy la única despierta me dedica una sonrisa apagada, luego camina hacia mí prácticamente de puntas y se inclina para hablarme.

—He preparado una habitación para usted y otra para Nancy, por favor, suba a descansar —susurra afable.

Niego enfáticamente.

—Qué amable, pero prefiero quedarme a esperar a Fred —contesto en voz ligeramente más alta de la que ella empleó.

—Es necesario que duerma aunque sea un poco o caerá enferma. Su esposo también, en cuanto vuelva lo mandaré con usted a la habitación para que descanse.

Nancy se remueve en el sillón. Ambas callamos para no despertarla, no obstante, segundos después mi cuñada comienza a parpadear.

—¿Ya trajo Freddy el libro? —pregunta con voz amodorrada al tiempo que se frota los ojos.

—Aún no. Le decía a Innessa que subieran a descansar, ya tengo listas dos habitaciones para ambas —explica Elena.

Nancy se incorpora, su cabello es una maraña, su rostro usualmente vivaracho se ve demacrado y gris.

—¿Cómo está papá?

—Resistiendo, tu madre está con él. Por ahora no hay mucho que se pueda hacer para ayudarlo. Ve a descansar —insiste Elena.

Nancy asiente antes de levantarse del sillón. Elena se irgue de forma simultanea y ambas de encaminan hacia las escaleras con Algodón detrás.

Preferiría quedarme a esperar a Fred, pero, tras horas sentada en el mismo sillón, tengo las piernas entumidas y tampoco deseo ponerme pesada con quien tan amablemente nos está dando refugio en su hogar.

Muy a mi pesar, sigo a ambas mujeres escaleras arriba. Nancy entra en la primera habitación que Elena señala y yo en la que está más al fondo en el pasillo.

—Si necesita cualquier cosa, no dude en decirme —dice Elena cuando voy cruzando la puerta.

—Es usted muy amable, no tengo modo de pagar su generosidad —digo con toda sinceridad.

—Para eso son los vecinos —replica ella en tono cansado—. Mandaré a Fred con usted tan pronto llegue.

Elena cierra la puerta para darme privacidad. La habitación es tan sencilla como el resto de la casa. Tiene una cama, dos burós, una silla y una mesa con una palangana. Los muebles son funcionales, simples, sin adornos, ni extravagancias.

Me quedo junto a la puerta, mirando todo y prestando atención a nada. Soy indigna de la amabilidad de Elena y su esposo. En cambio, los Logan merecen toda la ayuda posible. Han quedado en la más absoluta ruina, sin finca, sin dinero, sin siquiera un par de zapatos a su nombre. Yo me encuentro en la misma situación, pero ellos son inocentes, yo no. De haber seguido adelante con el matrimonio con Alaric, nada de esto hubiera ocurrido. Soy la arquitecta no solo de mi desgracia, sino de la de todos a mi alrededor.

Doy un par de pasos hacia la cama y me dejo caer sobre el colchón. Sin planearlo, rompo en sonoros sollozos. El llanto me viene a casadas. Lloro de lamento, de culpa y de desesperación. Lloro la felicidad que creí que viviría a lado de Fred y que ya no será más.

En algún punto, el llanto debe de vencerme, puesto que en lo que me parece un abrir y cerrar de ojos, me despierta el ruido de unos pasos entrando a la recámara.

Me recargo sobre los brazos. Fred está sentado en la silla y se quita las botas con movimientos desganados. Bajo sus preciosos ojos hay dos enormes bolsas. Tal como le sucede a Nancy, él también se ve gris y demacrado.

—¿Me odias? —pregunto en voz trémula.

Fred alza la vista de golpe.

—Creí que dormías —replica en tono tan apagado como sus movimientos—. Ya la entregué el libro a Moss. Está trabajando en el ungüento ahora mismo. Fabián sugirió dormir un rato en lo que el doctor hace su trabajo. Preferiría aguantar despierto, pero me pesa el cuerpo entero.

—¿Me odias? —repito.

Fred junta las cejas un instante, luego se pone de pie y camina hacía mí. Sus pies descalzos hacen crujir la madera.




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