Tormenta de Fuego

Capítulo 26

Fred hace las cobijas a un lado y se levanta de un brinco. Yo levanto el torso y me froto los ojos, entre confundida y somnolienta.

—¿Aluciné o el mayordomo gritó…?

—¡Dragón! ¡Dragón!

Ya no es necesario que Fred acabe su pregunta, la segunda ronda de gritos histéricos despeja su duda.

Fred abre la puerta, en el pasillo, justo afuera de nuestra habitación, se encuentran sus padres y Nancy, tan perplejos y desorientados como nosotros.

—¿Qué está pasando? ¿A qué viene tanto alarido? —pregunta el señor Logan en voz ronca antes de encaminarse hacia las escaleras.

—¿Se trata de una broma? —pregunta su esposa y se echa andar detrás de él. Sus dedos largos mantienen cerrada su bata de dormir.

Me levanto de la cama y corro a la ventana, en el instante que aparto la cortina confirmo que no se trata de una broma.

El enorme dragón de Alaric surca los aires de la finca, sube a las nubes y baja en picada para abrir fuego contra los trigales.

La sangre abandona mi cuerpo. Mis ojos siguen fijos a la enorme bestia voladora que sube, baja y abre fuego una y otra vez antes de volver a subir. Alaric maneja a su dragón de forma metódica, asegurándose de arrasar con cada metro de terreno y poco a poco va acercándose a la casa principal. Su plan es quemarnos vivos.

—¡Tenemos que abandonar la casa! —grito al tiempo que corro fuera de la habitación.

Fred y Nancy se encuentran en el rellano mirando a sus padres bajar. Ambos hermanos se giran al ver que me acerco corriendo.

—¡Bajen! ¡Bajen!

Aunque desconcertados y confundidos, Fred y Nancy hacen lo que les digo. Los tres nos precipitamos escaleras abajo tan aprisa que llegamos a la planta baja casi al mismo tiempo que sus padres.

—¡Mi señor, un dragón está quemando los campos! —aúlla el mayordomo en cuanto tiene a su patrón enfrente.

—No puede ser, pero… —El señor Logan mira a todas partes, le es imposible aceptar la noción de que un dragón está atacando sus tierras. Dudo que alguna vez haya pasado algo así en Encenard. La gente de Dranberg viene a comerciar, ambos reinos son aliados desde antes de que yo naciera, esta ciudad jamás ha visto un ataque de dragón.

—¡Es Alaric y viene hacia acá! —grito empujando a Nancy y a Fred de la espalda para llevarlos hacia la salida—. Debemos salir cuanto antes.

—Oh, mis hijos —se lamenta la señora Logan y, a pesar de su evidente turbación, es la primera en actuar. Toma a Nancy del brazo y se echa a correr hacia la puerta.

Fred me toma a mí para precipitarnos detrás de ellas. Mientras corremos, el señor Logan va gritando para alertar al resto de los sirvientes.

El intenso calor de los trigales ardiendo nos golpea en cuanto salimos. El aire a nuestro alrededor es sofocante y no solo por las altas temperaturas sino por los gritos de horror de los trabajadores de la finca que huyen despavoridos en todas direcciones.

A pesar de que es casi la medianoche, todo es perfectamente visible gracias a las intensas llamas que devoran los terrenos que nos rodean.

El dragón de Alaric sigue subiendo y bajando, cada vez más cerca.

A nuestro grupo conformado por los Logan y la servidumbre de la casa, se le unen algunos trabajadores que se percatan de nuestra presencia.

—¿Están todos bien? —pregunta Fred en tanto que pasa sus frenéticos ojos por quienes van llegando.

En respuesta obtiene unos cuantos “sí” temblorosos. Los trabajadores se abrazan, algunos lloran y gimen de miedo.

—¿Dónde nos resguardaremos? ¡Estamos rodeados! —pregunta la señora Logan mirando a uno y otro lado.

La propiedad se extiende por hectáreas, de las cuales más de la mitad ya están engullidas por las llamas.

—Voy a desmayarme… —chilla Nancy aferrándose al brazo de su madre.

—Vamos allá, a esa zona arbolada, así él no nos verá desde el cielo —propone Fred apuntando hacia un vergel de árboles frutales a varios metros de la casa.

Nos echamos a correr a toda prisa. Fred aprieta mi mano con fuerza para asegurarse de que no me rezague.

La distancia parece crecer conforme corremos, el vergel se aleja entre más tratamos de acercarnos. Sé que es solo una ilusión óptica, pero la angustia que me causa es real. A nuestras espaldas escucho las alas del dragón romper el viento y su furioso rugido cada que se prepara para escupir fuego.

El sudor me cae a raudales por la frente y el cuello, y me pega el cabello a la piel. Lo llevo suelto, como a Fred le gusta cuando estamos en privado, y voy en ropa de dormir al igual que todos los demás. Cuando la supervivencia está de por medio, no hay tiempo para ocuparse de atuendos y convenciones.

Llegamos al vergel, cada quien se va dispersando en grupitos debajo de los distintos árboles frutales. Me quedo con Fred y los Logan debajo de un manzano. Todos jadean exhaustos, con los rostros brillantes por el sudor.

—Oh, mi casa —llora la señora Logan, sus ojos siguen de cerca el trayecto de Alaric hacia la casa principal.




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