Por Última Vez.
Elizabeth.
El encierro me tiene completamente loca. No porque odie estar en casa, amo estar en casa, lo prefiero mil veces. Y aunque mi habitación es el escenario donde toda mi tormenta comenzó, ahora es completamente distinta.
Pinte las paredes de un color opuesto al que tenía en ese momento, por idea de mi madre cambiamos todos mis muebles, e incluso la cama. Todo.
Lo único que recuerdo es que un día me preguntó si quería remodelar mi habitación y me llevo a una mueblería a escoger toda mi habitación desde cero. Y un día llegué y el color de las paredes era distinto. Un color que recuerdo me preguntó si me gustaría.
La cosa es que odio estar en casa cuando mi familia está aquí.
No tengo más remedio que estar encerrada en mi habitación para que nadie me moleste, prefiero centrarme en las tareas pendientes que tengo. Estar sentada frente a mi escritorio es un dolor de espalda insoportable, y hago de todo menos concentrarme en mis tareas.
No he podido dormir mucho al pensar en las amenazas de Dave, en como tuvo el atrevimiento de aparecer en mi casa.
No sé en que momento le permití llegar a esto. No sé en que momento baje tanto la guardia.
Lo único que quiero es que no le haga daño a nadie.
Deje el bolígrafo de un lado, reposando la espalda en mi silla, fijando la vista en la puerta de mi closet abierta.
Ahí, sobre un gancho, sigue la chaqueta de Cameron. Esa qué me puso el día que me sacó del club de Dan. Sin querer me había hecho la noche más ligera al sacarme de ahí.
No se la he devuelto, planeaba hacerlo desde hace mucho, pero mantenerla me gusta mantenerla conmigo.
De alguna manera me hace pensar que es lo único que tengo de el.
Y hablando de molestar, mi madre aparece en la puerta de mi habitación. A diferencia de siempre, su ropa es más holgada, más cómoda, y no va tan maquillada como todos los días, así ha sido desde que el médico le ordenó descansar.
—La cena esta lista—se plantó en la puerta abierta.
—Aun es temprano.
—Debo dormir temprano, mañana reanudo labores.
No dije nada.
Creí que se iría ante mi negativa de hablar con ella, no fue así.
—Elizabeth, sé que últimamente las cosas no han sido fácil—comenzó, adentrándose en mi habitación—. Quizá he sido un poco dura contigo, pero es por tu bien.
Nada.
No obtuvo respuesta por mi parte. No tengo ganas de pelear, ni de responder me duele la cabeza horrible para eso.
—Escucha, quizá el castigo que te impuse no fue el mejor, así que no habrá más castigo—continuó—. Sé que has estado al pendiente de mi desde que salí del hospital, y te lo agradezco, hija. Y quizá Leonardo no se ha comportado de la mejor manera.
—¿Apoco?—no evite soltarlo con sarcasmo.
—Elizabeth, sea lo que sea es tu hermano—si tono de regaño no pasó desapercibido—. Ya hable con el sobre lo que pasó en el hospital, ya le dije que no es tu culpa.
—¿Te vas a mudar con él?
—No, se lo dije a él. Mi vida esta aquí, con tu padre, y somos responsables de ti.
—Supongo que no le gustó mucho que le dijeras eso.
—Leo solo se preocupa por mi salud igual que tu, igual que Mitchell.
Asentí.
—Si ya es todo lo que querías decirme…
Dio unos paso hacia dentro.
—En realidad quería hablar contigo de algo—me interrumpió.
—¿De que más?—la miré—. No hay nada que más que hablar.
—De ese chico, Dave, el que vino el otro día.
Sentí cómo el aire se volvía pesado en la habitación, como si las paredes se cerraran de golpe en cuanto el nombre de Dave salió de los labios de mi madre. Mis dedos, que hasta hace un segundo sostenían con calma el borde de mi sudadera, se cerraron en puños tan apretados que las uñas se enterraron en mis palmas, un dolor sordo que apenas registré.
—Algo en él no me da buena espina, y preferiría que te alejaras de él.
—No somos amigos, nunca lo hemos sido.
—Aun así prefiero que mantengas la distancia con él.
Es lo que he querido hace desde que lo conocí.
—Aja—musite volviendo la vista a mi cuaderno.
—Y sobre tu castigo… solo intenta no meterte en problemas otra vez ¿Vale?
—No prometo nada.
Asintió. Salió de mi habitación, no sin antes recordarme de bajar a cenar.
Bajé las escaleras tras de ella intentando que mis pasos no delataran el cansancio que me pesaba en los hombros, el reloj apenas marcaba las siete, y aunque era temprano, yo sentía que el día ya me había consumido por completo.
Al entrar, la escena era la imagen misma de la normalidad. Mitchell y Natalie conversaban en voz baja mientras ayudaban a los niños con las servilletas.
Me senté en silencio, el aroma del estofado llenando el aire.
En otro momento, me habría parecido delicioso, pero ahora mi estómago se cerraba con solo verlo.
Cada vez que cerraba los ojos, los mensajes de Dave volvían a aparecer como destellos de luz blanca en mi mente, y la falta de sueño me hacía sentir que el mundo se movía un segundo más lento que yo.
Me serví una porción minúscula, casi simbólica.
—Tía Dee, ¿por qué tu plato está casi vacío? —preguntó Asher. —¿No tienes hambre?
Sentí las miradas de toda la mesa en mí. El tenedor me pesaba una tonelada.
—Es que… comí algo antes de venir de la oficina—mentí, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Además, si como mucho ahora, no podré jugar con ustedes más tarde.
—Pero mamá dice que hay que comer para ser fuertes —insistió Asher, señalando sus propios músculos inexistentes—. Si no comes, estarás siempre cansada. Te ves muy despeinada de los ojos.
Despeinada de los ojos.
Inconscientemente solté una risita d ante su frase.
Natalie soltó una pequeña risa nerviosa y acarició el cabello de su hijo.
—Asher, cariño, deja que la tía Dee coma tranquila.