La conciencia regresó lentamente, como si alguien apartara de ella, capa tras capa, el pesado velo que separaba el sueño de la realidad. Iris no abrió los ojos de inmediato y permaneció inmóvil durante unos instantes, escuchando aquel silencio desconocido que solo interrumpían el suave crepitar de los leños en la chimenea y las ráfagas de viento que, de vez en cuando, golpeaban los postigos. Le dolía todo el cuerpo, como si una decena de caballos hubiera pasado sobre ella, y cada vez que respiraba una punzada sorda bajo las costillas le devolvía los últimos recuerdos anteriores al momento en que la oscuridad terminó por engullirla.
Se incorporó con cautela sobre los codos y entonces reparó en las vendas blancas y limpias que le cubrían el hombro, el costado y el antebrazo, impregnadas de un intenso aroma a hierbas medicinales. Alguien había lavado y curado sus heridas; alguien debía de haber permanecido varias horas a su lado, cambiando las compresas e impidiendo que muriera desangrada, pero aquella idea no la tranquilizó. Por el contrario, el corazón se le encogió cuando la memoria le devolvió los rostros de los hombres armados que los habían rodeado a ella y a Alex después de caer en aquel mundo desconocido, y una sola pregunta desplazó a todas las demás.
¿Dónde estaba Alex?
Iris apartó la manta de golpe, contuvo un gemido y, apretando los dientes, apoyó lentamente los pies sobre el frío suelo de madera. La cabeza comenzó a darle vueltas y unas manchas oscuras le nublaron la vista, pero se obligó a levantarse mientras se sostenía del borde de la cama. Si Alex seguía con vida, tenía que encontrarlo y, si lo habían capturado, no podía quedarse allí tendida mientras unos desconocidos decidían su destino.
La habitación no se parecía en absoluto a una mazmorra, aunque cada uno de sus detalles le resultaba ajeno. Los muebles pesados y bien trabajados, los tapices bordados que adornaban las paredes y el fuego vivo de la chimenea hablaban de la riqueza de los dueños de aquella fortaleza, pero precisamente por eso despertaban todavía más recelo en ella, pues las personas capaces de permitirse una residencia semejante rara vez eran testigos fortuitos de las desgracias ajenas y, por lo tanto, seguramente sabían mucho más de lo que estaban dispuestas a contar.
Procurando no hacer ruido, Iris llegó hasta la puerta y la entreabrió con cuidado. La fortaleza se hallaba sumida en la noche; apenas unas cuantas lámparas de aceite iluminaban el angosto corredor, proyectando sobre los muros sombras largas y vacilantes, mientras desde algún lugar del piso inferior llegaban voces apagadas, risas ocasionales y el tintineo de la vajilla, como si para los habitantes de aquel sitio ese día no hubiera sido diferente de cualquier otro.
Iris respiró hondo al comprender que estaban cenando y que, por tanto, todos se encontraban reunidos en el mismo lugar. Solo tenía que encontrar a Alex.
Avanzó con cautela por el corredor, apoyándose en la pared porque la debilidad aumentaba a cada minuto. El dolor del costado se estaba convirtiendo en una pulsación ardiente y cada vez le costaba más respirar, pero continuó adelante, decidida a ignorar las protestas de su propio cuerpo. La escalera le pareció interminable y cada tramo exigió unas fuerzas que ya casi no poseía; sin embargo, cuanto más nítidas se volvían las voces, más crecía su certeza de que solo debía resistir un poco más para poder ver a su hermano.
Ya alcanzaba a distinguir algunas palabras, aunque el sentido de la conversación todavía se le escapaba, cuando sintió que algo se desgarraba de pronto en su interior. No era dolor ni miedo, sino una sensación por completo diferente, tan inesperada que apenas tuvo tiempo de reconocerla antes de que el aire comenzara a temblar a su alrededor como el horizonte bajo el calor del verano. El espacio se onduló, los muros del corredor perdieron sus contornos y, durante un brevísimo instante, el suelo desapareció bajo sus pies. Iris intentó aferrarse a la barandilla por instinto, pero sus dedos solo encontraron el vacío y, al momento siguiente, el mundo entero pareció plegarse sobre sí mismo.
Ni siquiera alcanzó a gritar.
Cuando su visión volvió a aclararse, la escalera había desaparecido y ella se encontraba en medio de un amplio salón. Alrededor de una larga mesa, iluminada por decenas de velas, permanecían sentadas las personas que apenas un segundo antes terminaban tranquilamente una cena tardía, y ninguna de ellas consiguió pronunciar una sola palabra. Todos mostraban la misma expresión de desconcierto, porque la joven no había entrado en la estancia, no había abierto ninguna puerta ni había bajado por las escaleras: sencillamente, había aparecido allí, a escasa distancia de un hombre alto y de cabello oscuro al que Iris reconoció de inmediato como aquel que la había librado de sus perseguidores en el bosque.
Sin permitirse pensar, tomó de la mesa el primer objeto que encontró, un pequeño cuchillo de postre con una hoja estrecha y plateada, y, reuniendo en aquel movimiento las últimas fuerzas que le quedaban, apoyó la punta entre los omóplatos del hombre. La estancia quedó tan silenciosa que pudo oírse el ruido de un leño consumido al desmoronarse en la chimenea.
—No se mueva... —La voz de Iris sonó ronca, casi como un susurro, pero contenía una determinación tan desesperada que nadie se atrevió a realizar el menor movimiento—. ¿Quiénes son ustedes?
El hombre levantó las manos lentamente para demostrar que no tenía intención de resistirse.
—Está a salvo.
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Editado: 21.09.2026