Al principio no percibió nada fuera de lo común. Sintió la carrera pesada de varios caballos, el olor de la sangre fresca absorbida por el suelo húmedo y el rastro apenas perceptible que habían dejado el miedo, la angustia y el dolor humano, pero todo aquello formaba parte de las huellas inevitables de cualquier enfrentamiento. Sin embargo, cuanto más se adentraba Rose en la memoria de aquel lugar, con mayor claridad comprendía que allí había ocurrido algo que la tierra nunca había conocido hasta entonces.
La corriente de los recuerdos se interrumpía de pronto, como si una mano invisible hubiera arrancado un fragmento entero del curso natural del tiempo, y después continuaba, aunque ya no lo hacía de la misma manera. La ruptura era tan sutil como antinatural y, al percibirla, Rose frunció lentamente el ceño sin abrir los ojos.
Solo una vez se había encontrado con algo semejante y había ocurrido tanto tiempo atrás que ella misma se había convencido de que los recuerdos de aquellos días ya no conservaban ninguna nitidez. Al espacio no le gusta que lo perturben; puede estirarse, contraerse e incluso someterse a la voluntad de quien posee el poder suficiente, pero jamás olvida un contacto. Aun después de muchos años, sigue guardando la huella de aquel que lo obligó a quebrantar sus propias leyes, y era precisamente ese rastro el que ahora emergía lentamente a través de la memoria de la tierra, volviéndose más claro a cada instante.
Rose inhaló con mayor profundidad el aire frío de la noche y trató de conservar la calma, aunque el corazón ya le latía de una manera diferente. No conseguía explicarse por qué aquella sensación le provocaba una inquietud tan intensa, pero alguna parte antigua y casi olvidada de su ser ya había reconocido el poder al que su mente todavía intentaba ponerle un nombre.
No era simplemente magia y Rose conocía demasiado bien la magia humana para confundirla con algo distinto. La fuerza que permanecía en aquel lugar llevaba impresa la huella de la sangre, una sangre antigua que existía en el mundo mucho antes del nacimiento de los primeros emperadores, de la fundación de las Grandes Casas e incluso de que los hombres comenzaran a dividir la tierra en reinos.
Los dedos de Rose temblaron apenas perceptiblemente cuando la certeza terminó por abrirse paso en su interior. Era imposible confundir aquella fuerza con cualquier otra, porque una vez ya había tenido la oportunidad de tocarla y su memoria, a la que no podía engañar, la reconoció sin vacilar después de tantas décadas: aquella era la sangre de Turen.
Rose abrió los ojos lentamente, pero permaneció arrodillada durante unos instantes más, ajena tanto al viento penetrante como al frío de la tierra bajo su mano. Todo aquello que se había esforzado tanto por abandonar en el pasado acababa de dejar de ser un recuerdo para convertirse de nuevo en parte del presente y, junto con ello, regresó un miedo que creía muerto desde hacía mucho tiempo, al igual que las personas de aquella época.
Hasta esa noche, Rose había estado convencida de que Turen jamás rompería su juramento ni permitiría que su sangre volviera a intervenir en el destino de ese mundo. Él comprendía demasiado bien el precio que los cuatro linajes habían pagado por la decisión del dios Siney de separarlos para siempre y, por lo tanto, debería haber hecho todo lo posible para que la antigua maldición no se convirtiera en nada más que un fragmento de la historia olvidada. Sin embargo, la mera existencia de la muchacha que dormía en ese momento bajo el techo de los Rion destruía aquella certeza y, cuanto más pensaba Rose en ello, con mayor claridad comprendía que no podía tratarse de una casualidad.
Si Turen había sacado a su hija del refugio, significaba que había sucedido algo tan grave que incluso él se había visto obligado a romper un silencio de varias décadas. Pero aquella conclusión dio origen a otra mucho más aterradora, porque Rose sabía demasiado bien que la sangre de Turen nunca aparecía en un lugar donde no estuviera destinada a cambiar el destino de los descendientes de Tufan.
Se puso de pie lentamente y contempló durante largo rato la oscuridad tras la cual se ocultaba la fortaleza, donde dormía la joven que todavía ignoraba la amenaza que representaba su sola presencia. Si Turen realmente la había llevado a ese mundo, tenía que conocer las consecuencias de su decisión y, si las conocía, debía llevársela antes de que fuera demasiado tarde.
Rose levantó la mirada hacia el cielo oscuro y pronunció, en un murmullo casi inaudible, unas palabras dirigidas no al viento ni a la noche, sino al único ser capaz de escucharlas a cualquier distancia:
—Turen... llévate tu sangre.
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Editado: 21.09.2026