Rechazada por el dragón. La sangre que buscaban los dragones

CAPÍTULO 31. LA ARMERÍA

Por primera vez en los últimos días, la fortaleza de la Casa Rion se sumió en un silencio inusual, como si las propias paredes de piedra, agotadas por los gritos de alarma, el entrechocar de las armas y el olor de la sangre, se hubieran permitido al fin un breve descanso. Para Iris, sin embargo, aquella tranquilidad se convirtió en una verdadera prueba, porque permanecer acostada mientras al otro lado de la ventana la vida continuaba en plena actividad le resultaba casi insoportable.

Rose le había repetido varias veces que necesitaba descansar; Turen estuvo de acuerdo con ella e incluso Alex, que conocía perfectamente el carácter de su hermana, le pidió que pasara al menos aquel día sin buscar nuevas aventuras. Iris tenía la sincera intención de seguir el consejo, o al menos la tuvo durante los primeros diez minutos, porque después comenzó a aburrirse.

Durante un rato intentó leer el grueso libro que había encontrado sobre la mesa de noche, pero, después de la tercera página, terminó perdiéndose entre los nombres de ciertos señores de la Antigüedad y lo cerró con la expresión de quien consideraba al propio libro culpable de su insoportable aburrimiento. Después se acercó a la ventana y permaneció allí el tiempo justo para convencerse de que contemplar el patio interior era mucho menos interesante que recorrerlo en persona, por lo que se puso una capa ligera sin el menor remordimiento y salió a hurtadillas de la habitación.

—Solo daré un pequeño paseo —le comunicó en voz baja al pasillo vacío.

Su conciencia intentó recordarle que no era una buena idea, pero Iris decidió con generosidad no hacerle caso. Al principio, todo salió sorprendentemente bien: los guardias inclinaban la cabeza con respeto, las sirvientas le sonreían y nadie trató de obligarla a regresar.

Hasta la propia fortaleza fue perdiendo poco a poco su aspecto sombrío. Bajo la luz del día parecía completamente distinta de aquella construcción que Iris había visto por primera vez entre el dolor y la fiebre después del ataque; la piedra gris adquiría un cálido tono de miel, por las altas ventanas entraba tanto sol que las largas galerías parecían cubiertas por una bruma dorada y, en el patio interior, unos jóvenes guerreros se entrenaban mientras el sonido de las espadas al chocar se extendía bajo las bóvedas.

Iris se detuvo junto a la balaustrada para observar un duelo.

—Qué hermoso...

Uno de los combatientes consiguió arrancar la espada de las manos de su adversario con un movimiento hábil.

—Aunque, si he de ser sincera —murmuró para sí—, yo ya habría golpeado accidentalmente a alguien en la cabeza con la empuñadura.

La idea le pareció tan verosímil que soltó una risa queda y continuó caminando, permitiendo que la curiosidad guiara sus pasos por los interminables corredores de la fortaleza. Fue precisamente aquella curiosidad la que provocó la siguiente catástrofe.

Una de las pesadas puertas de roble había quedado entreabierta y desde el interior llegaba un olor a aceite, acero y madera antigua. Iris se detuvo frente a ella.

—No...

Dirigió una mirada elocuente hacia la puerta.

—No vamos a entrar ahí.

La puerta continuó en silencio.

—Definitivamente no entraremos.

Iris dio otro paso.

—De ninguna manera vamos a...

Unos segundos después, la puerta se cerró suavemente a su espalda y, ante ella, apareció una armería enorme.

Los rayos del sol atravesaban las estrechas ventanas y se extendían sobre las hileras interminables de espadas, lanzas, alabardas, arcos y pesadas armaduras, haciendo parecer que todo el salón estaba inundado por una luz fría y plateada. De las paredes colgaban los estandartes de la Casa Rion y, junto al muro del fondo, se alineaban unos soportes para armas que parecían más obras de arte que simples lugares de almacenamiento.

Iris avanzó lentamente entre ellos, contemplando con sincera admiración el delicado trabajo de los herreros.

—Aquí hay armas suficientes para equipar a un pequeño ejército...

Su mirada se detuvo en una enorme espada de dos manos, y la joven se quedó inmóvil ante ella.

—Esto sí que es...

La hoja era casi tan alta como ella, la empuñadura oscura estaba envuelta en cuero negro y la guarda recordaba las alas extendidas de un dragón. El arma era tan hermosa que resistirse a tocarla resultaba imposible.

—¿De verdad puede ser tan pesada?

Iris rodeó con cuidado la empuñadura con ambas manos y tiró de ella. Para su sorpresa, la espada se deslizó con facilidad fuera del soporte y una expresión triunfal apareció en su rostro.

—Oh... Y decían que...

No alcanzó a terminar la frase, porque, en cuanto la hoja abandonó por completo sus sujeciones, su propio peso la arrastró hacia abajo. La empuñadura giró bruscamente entre sus manos e Iris intentó sujetarla por instinto, pero perdió el equilibrio y golpeó con el hombro el soporte contiguo, que se inclinó de forma peligrosa contra el siguiente. Un instante después, el silencio de la fortaleza quedó destrozado por un estrépito de metal tan ensordecedor que probablemente llegó hasta la muralla exterior.




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