Se Busca Madre Para Mis hijos

Capítulo 1: La niñera número diecisiete

A las seis y cuarenta de la mañana, Percy Tipton ya llevaba despierto dos horas y cuarenta minutos, y sabía con absoluta certeza que ese iba a ser otro mal día.

No lo sabía por intuición. Lo sabía por estadística. En los últimos tres meses había tenido noventa y dos mañanas, y de esas noventa y dos, ochenta y nueve habían empezado con algún tipo de grito, de golpe o de olor sospechoso. Las otras tres habían sido domingos en los que los niños dormían hasta tarde, y aun así uno de ellos había aparecido a las ocho con la cabeza metida en un frasco de mermelada.

Estaba en su despacho, en el segundo piso de la mansión, con una taza de café que ya se había enfriado y una pantalla llena de números que no estaba leyendo. Frente a él, la ventana daba al jardín, donde el sol apenas empezaba a pintar de dorado los setos recortados con precisión milimétrica. Era un jardín hermoso. Tenía una fuente, un camino de piedra blanca y un roble centenario que su esposa había elegido el día que compraron la casa. Percy lo miraba cada mañana y trataba de no pensar en eso.

Fracasaba todos los días.

Se pasó la mano por el rostro. Tenía treinta y nueve años, la mandíbula cuadrada, los ojos oscuros y una expresión que, según su difunta madre, podía agriar la leche a tres metros de distancia. Su empresa, Tipton Logística, movía mercancías por medio continente, y los hombres que trabajaban para él lo describían con tres palabras: justo, serio, intimidante. Ninguno de ellos lo había visto sonreír en dos años. Nadie lo había visto, en realidad. Ni él mismo recordaba cómo se hacía.

Un estruendo sacudió el techo.

Percy levantó la vista. Por encima de su cabeza, en el cuarto de juegos, algo muy pesado acababa de caer, rodar y chocar contra algo todavía más pesado. Siguió un silencio de dos segundos. Después, el grito de Lucía:

—¡Leo, eso era mío!

Y después, el rugido. Un rugido largo, ronco, bastante bien ejecutado, que solo podía pertenecer a un niño de siete años convencido de ser un tiranosaurio.

Percy cerró los ojos y contó hasta cinco. Había leído en alguna parte que contar hasta diez ayudaba, pero él nunca tenía tiempo para diez.

La puerta del despacho se abrió sin que nadie llamara. Solo había una persona en el mundo que podía hacer eso sin recibir una mirada asesina, y ese era Alberto Ferrer, el mayordomo de la casa, administrador de todo lo administrable y, desde hacía tres meses, testigo involuntario de la mayor sucesión de renuncias de la historia doméstica.

Ferrer tenía sesenta y dos años, el cabello plateado peinado hacia atrás y una dignidad tan perfecta que ni siquiera la mancha de plastilina verde en su manga izquierda lograba arruinarla. Entró con las manos a la espalda y se detuvo frente al escritorio.

—Buenos días, señor.

—No lo son —respondió Percy sin mirarlo.

—Todavía no, señor. Pero hay posibilidades de que mejoren. Por ejemplo, hoy es martes, y los martes la señorita Greta solía mantenerse en pie hasta las diez.

—La señorita Greta renunció el jueves pasado.

—Cierto. Lo había olvidado. —Ferrer carraspeó—. Por eso mismo vengo a informarle de que la señorita Paulina, la niñera número diecisiete, está en el vestíbulo con su maleta.

Percy abrió los ojos muy despacio.

—¿Con su maleta?

—Con su maleta, su abrigo y una expresión que reconozco bien. Es la misma que tenían las anteriores dieciséis.

—Pero si llegó ayer a las cuatro de la tarde.

—Es un récord de permanencia, señor, si se lo toma como un consuelo. La señorita Paulina duró dieciséis horas. La señorita Greta duró cuatro días, pero entre nosotros, estoy convencido de que pasó dos de ellos escondida en la despensa.

Percy se levantó. Era un hombre alto, y cuando se levantaba con esa lentitud que los empleados de su empresa temían, el ambiente de cualquier habitación cambiaba de temperatura. Pero Ferrer llevaba demasiados años a su lado como para sentir otra cosa que cansancio compartido.

Bajaron las escaleras juntos. A mitad del camino, un dinosaurio de plástico verde, de unos cuarenta centímetros, cruzó volando por encima de la baranda y se estrelló contra la pared. Percy no se inmutó. Ferrer lo esquivó con una elegancia entrenada.

—Leo —dijo Percy, sin alzar la voz, hacia el piso de arriba—. Los dinosaurios no vuelan.

—¡Este sí! —contestó una vocecita—. ¡Es un pterodáctilo!

—Los pterodáctilos tampoco son dinosaurios —intervino otra voz, más aguda y más curiosa—. ¿Por qué no son dinosaurios? ¿Por qué eran reptiles voladores? ¿Y por qué los reptiles voladores no son dinosaurios? ¿Por qué...?

—Mateo —suspiró Percy.

—¿Por qué suspiras, papá?

Percy no respondió. Siguió bajando.

En el vestíbulo, bajo la lámpara de cristal que había costado más que una casa pequeña, esperaba una mujer de unos cincuenta años con el cabello despeinado, el abrigo mal abotonado y un maletín que apretaba contra el pecho como si fuera un escudo. Tenía ojeras. Una de sus mangas estaba cortada en tiras, con una precisión que parecía obra de un pequeño artista. Y en la frente, apenas visible bajo el flequillo, llevaba pintada con crayón una pequeña flor azul.

—Señorita Paulina —dijo Percy—. Entiendo que quiere hablar conmigo.

Ella lo miró. Luego miró a Ferrer. Luego miró la escalera, de donde venía ahora un coro de risas, un golpe sordo y una voz que gritaba "¡Bruno, suelta eso!".

Tragó saliva.

—Señor Tipton, yo trabajé veinte años con niños. Cuidé a los hijos de un senador. Cuidé a trillizos. Cuidé a un niño que mordía... —se detuvo, buscó aire—. Pero sus hijos...

—Siga.

—Anoche me encerraron en el baño. Dos veces. Esta madrugada encontré mis zapatos dentro de la pecera. Y cuando le dije a la niña mayor que era hora de dormir, me explicó que ella era una princesa y que las princesas no obedecen a sirvientas.

—Lucía no quiso decir eso —murmuró Percy, aunque sabía perfectamente que sí.




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