Sentimientos

CAPITULO 29-Andrew Allen

Hay pocas cosas más sospechosas que un mensaje de tu abuelo.

Especialmente cuando el mensaje solo dice:

"Los espero mañana a las 4:00 p.m. en la oficina principal."

Nada más.

Sin explicaciones.

Sin contexto.

Sin pistas.

Y eso nunca significa nada bueno.

Por eso, cuando llego al edificio de Allen Corporation al día siguiente, ya estoy preparándome mentalmente para lo peor.

Quizás una conferencia sobre responsabilidad.

Quizás otra charla sobre legado familiar.

Quizás una presentación de tres horas sobre liderazgo empresarial.

Honestamente, cualquiera de las tres suena terrible.

Salgo del ascensor.

Camino por el pasillo.

Y entonces me detengo.

Porque no estoy solo.

—¿Qué haces aquí?

Cristopher levanta la vista de su celular.

—Podría preguntarte lo mismo.

Frunzo el ceño.

—¿También te llamó?

—Lamentablemente.

Nos observamos durante unos segundos.

Y entonces escuchamos otra voz.

—Esto ya parece una trampa.

Zacarías aparece al final del pasillo.

Perfecto.

Ahora definitivamente es una trampa.

—¿También te citaron?

Pregunta Cristopher.

—Sí.

—Genial.

—Nada de esto es genial.

Nos quedamos en silencio.

Los tres frente a la oficina de nuestro abuelo.

Los tres igual de confundidos.

Los tres intentando averiguar qué está pasando.

Y entonces una idea aparece en mi cabeza.

Una idea horrible.

—Esperen.

Los dos me miran.

—¿Ustedes enviaron la solicitud?

Silencio.

Cristopher parpadea.

Zacarías también.

Y de repente lo entienden.

—No.

Dice Cristopher.

—No puede ser.

Añade Zacarías.

—Lo hicieron.

—Tú también.

Señala Cristopher.

—TÚ TAMBIÉN.

Ahora somos tres idiotas mirándonos.

Porque durante años evitamos esas prácticas.

Durante años.

Y de repente...

Los tres nos inscribimos al mismo tiempo.

—No puedo creerlo.

Dice Zacarías.

—Pensé que tenían más dignidad.

—Lo mismo digo.

Responde Cristopher.

—¿Y tú?

Le pregunto.

—¿Yo qué?

—¿Por qué te inscribiste?

—Porque sí.

—Mentira.

—¿Y tú?

—Porque sí.

—Mentira.

Zacarías nos señala.

—Los odio a ambos.

—Mutuo.

—Definitivamente mutuo.

La puerta de la oficina se abre.

Y una asistente nos hace una seña.

—El señor Allen los recibirá ahora.

Excelente.

Hora de nuestro funeral.

Entramos.

Nuestro abuelo está sentado detrás de su enorme escritorio.

Exactamente igual que siempre.

Imponente.

Elegante.

Y ligeramente aterrador.

—Siéntense.

Obedecemos.

Porque incluso después de tantos años...

Nadie discute con él.

Nos observa durante unos segundos.

Y luego sonríe.

Una sonrisa pequeña.

Pero suficiente para sorprendernos.

—Debo admitir que no esperaba esto.

Ninguno responde.

Porque no sabemos si eso es bueno o malo.

—Durante años pensé que tendría que perseguirlos para que mostraran interés en la empresa.

Cristopher baja la mirada.

Zacarías estudia una planta decorativa.

Yo observo una pared.

Cualquier cosa menos al abuelo.

—Y sin embargo...

Continúa.

—Los tres enviaron su solicitud.

Silencio.

—Los tres.

Como si todavía no pudiera creerlo.

Honestamente...

Nosotros tampoco.

—Felicidades.

Parpadeo.

¿Felicidades?

—Han sido aceptados.

Ah.

Eso.

—Las prácticas comenzarán el próximo mes.

Nuestro abuelo se inclina ligeramente hacia adelante.

—Será exigente.

Por supuesto.

—Será difícil.

Obviamente.

—Y tendrán más responsabilidades de las que imaginan.

Perfecto.

Exactamente lo que nadie quería escuchar.

—Pero estoy orgulloso de ustedes.

Y entonces el ambiente cambia.

Porque esa frase pesa.

Mucho.

—Por fin están empezando a comprender lo que significa pertenecer a esta familia.

Mi estómago se aprieta.

Porque no.

No es eso.

No es la empresa.

No es el apellido.

No es el legado.

Pero no digo nada.

Ninguno lo hace.

—Su futuro empieza ahora.

Asentimos.

Porque es más fácil.

Mucho más fácil.

La reunión termina poco después.

Salimos de la oficina.

Y por unos segundos ninguno habla.

Solo caminamos hacia los ascensores.

En silencio.

Hasta que Zacarías suspira.

—Me siento culpable.

Cristopher y yo lo miramos.

—¿Por qué?

Pregunto.

—Porque acaba de decir que está orgulloso.

—Sí.

—Y técnicamente le estamos mintiendo.

Silencio.

Porque tiene razón.

Completamente.

—Un poco.

Admite Cristopher.

—Mucho.

Corrige Zacarías.

—Mucho.

Llegamos al ascensor.

Las puertas se abren.

Entramos.

Y mientras descendemos, una pregunta aparece inevitablemente.

—¿Por qué lo hicieron?

Pregunto.

Los dos me miran.

—¿Qué?

Dice Cristopher.

—Las prácticas.

Silencio.

—No lo sé.

Responde.

Mentira.

Lo conozco demasiado bien.

Zacarías tampoco habla.

Y esa también es una respuesta.

Porque normalmente jamás se queda callado.

Jamás.

Las puertas del ascensor se abren.

Salimos.

Y seguimos caminando.

—Bueno.

Dice finalmente Zacarías.

—¿Qué?

—Si vamos a sufrir...

Cristopher suspira.

—Ya empezó.

—Déjame terminar.

—Difícil.

—Como decía...

Si vamos a sufrir...

Nos señala.

—Al menos sufriremos juntos.

Durante un segundo nadie responde.

Y después...

Me río.




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