Odio los números.
No porque sean difíciles.
No porque me vaya mal en matemáticas.
Los odio porque siempre encuentran la forma de arruinarlo todo.
Estoy sentada en una mesa de la biblioteca.
Rodeada de hojas.
Anotaciones.
Cálculos.
Y una calculadora que claramente fue enviada a este mundo para hacerme sufrir.
Vuelvo a revisar la lista.
Transporte.
Hospedaje.
Alimentación.
Material.
Todo sigue costando exactamente lo mismo que hace una hora.
Qué grosería.
Porque honestamente esperaba que los números decidieran cooperar un poco.
No lo hicieron.
Suspiro.
Y vuelvo a borrar una cifra.
Después escribo otra.
Y otra más.
Intentando encontrar una solución que no existe.
Porque mientras más cuentas hago...
Más claro queda algo.
No puedo hacerlo sola.
Mi garganta se aprieta.
Porque odio admitirlo.
Odio necesitar ayuda.
Y odio todavía más que mis padres tuvieran razón en algo.
No porque el proyecto sea imposible.
Sino porque el dinero sí lo es.
Mi celular vibra.
Número desconocido.
Mi corazón se acelera inmediatamente.
Porque ya sé quién es.
O al menos quién podría ser.
Contesto.
—¿Hola?
—¿Jaylin Evanson?
—Sí.
—Buenos días. Llamamos de la producción de Corazones de Invierno.
Mi respiración se detiene.
Literalmente.
Se detiene.
—Sí.
—Estamos contactando a los participantes seleccionados para confirmar disponibilidad para la siguiente fase del proyecto.
Mis dedos se aferran al celular.
—Necesitamos saber si continúa interesada en participar.
Interesada.
Qué palabra tan cruel.
Porque claro que estoy interesada.
Claro que quiero hacerlo.
Claro que llevo soñando con esto desde que era una niña.
Pero querer algo y poder hacerlo no siempre son la misma cosa.
—Sí.
La respuesta sale automáticamente.
—Sí, sigo interesada.
Hay una pequeña pausa.
—Perfecto.
Empiezan a explicarme fechas.
Horarios.
Ensayos.
Reuniones.
Grabaciones.
Yo escucho.
O al menos intento escuchar.
Porque mi cabeza sigue atrapada en una sola pregunta.
¿Cómo voy a hacerlo?
—Le enviaremos toda la información actualizada por correo.
—Gracias.
—Felicitaciones nuevamente.
La llamada termina.
Y durante unos segundos me quedo mirando la pantalla apagada.
Porque debería estar feliz.
Debería estar celebrando.
Debería estar saltando por toda la biblioteca.
Bueno.
Quizás no por toda la biblioteca.
Probablemente me expulsarían.
Pero debería estar feliz.
Sin embargo...
No lo estoy.
Porque el problema sigue ahí.
Esperándome.
Abro nuevamente la hoja de gastos.
Y los números vuelven a golpearme.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Hasta que siento que no puedo respirar correctamente.
Porque conseguí el papel.
Porque hice todo bien.
Porque por una vez algo salió como quería.
Y aun así podría perderlo.
Mis ojos empiezan a arder.
No.
Aquí no.
No voy a llorar en medio de la biblioteca.
Tomo aire.
Intento concentrarme.
Fracaso.
Completamente.
Y entonces una bandeja aparece frente a mí.
—Hola, Uniqua.
Cierro los ojos.
No.
—¿No qué?
Pregunta Cristopher.
—Por favor no.
—Eso no parece un saludo.
—Porque no lo era.
Él se sienta frente a mí.
Y durante unos segundos parece dispuesto a seguir molestándome.
Hasta que me observa mejor.
Y su expresión cambia.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Jaylin.
—Nada.
—Tus ojos están rojos.
Maldición.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Tal vez tengo alergia.
—En los dos ojos al mismo tiempo.
—Sí.
—Qué conveniente.
Lo odio.
Porque siempre se da cuenta.
Siempre.
Miro la mesa.
Las hojas.
La calculadora.
Todo aquello que ya no quiero ver.
Y de repente estoy cansada de fingir.
Muy cansada.
—Me llamaron.
—¿La producción?
Asiento.
—¿Y?
—Quieren que confirme las fechas.
Una sonrisa aparece en su rostro.
—Eso es bueno.
—Sí.
Mi voz se rompe.
Y la sonrisa desaparece inmediatamente.
Porque ahora entiende.
—Ah.
—Sí.
Silencio.
—Tengo miedo.
Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
Porque estoy cansada.
Porque llevo días cargando esto sola.
Porque por primera vez necesito decirlo en voz alta.
—¿De qué?
Pregunta suavemente.
Trago saliva.
—De perderlo.
Mi mirada permanece fija en la mesa.
—De perderlo antes siquiera de empezar.
El silencio vuelve.
Pero esta vez no se siente incómodo.
Solo triste.
—Jaylin.
Levanto la vista.
—No vas a rendirte.
Parpadeo.
—¿Cómo lo sabes?
Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.
—Porque te conozco.
Lo observo durante unos segundos.
Y por alguna razón...
Eso hace que mis ojos vuelvan a llenarse de lágrimas.
—A veces creo que me conoces demasiado.
—Es uno de mis muchos talentos.
Una pequeña risa se me escapa.
Y él sonríe.
Como si esa hubiera sido su misión todo el tiempo.
Hacerme reír.
Aunque sea un poco.
Nos quedamos allí durante varios minutos.
Hablando de cualquier cosa.
De todo.
Y de nada.
Hasta que finalmente la campana anuncia el final del almuerzo.
Los estudiantes comienzan a levantarse.
Las sillas se mueven.
Las conversaciones regresan.
La biblioteca vuelve a llenarse de ruido.
Yo guardo mis hojas lentamente.
Editado: 29.09.2026