Sentimientos

CAPITULO 33- Zacarías Allen

No podía dejar de pensar en la forma en que el cuerpo de Melody había perdido fuerza entre mis brazos.

Habían pasado varios días desde la clase de Educación Física, pero la escena seguía repitiéndose en mi cabeza.

Ella corriendo.

Su rostro perdiendo color.

Sus pasos volviéndose torpes.

Y después, ese instante en el que sus piernas dejaron de sostenerla.

Si yo no hubiera estado cerca, habría caído directamente al suelo.

Melody insistía en que solo había tropezado.

Yo sabía que mentía.

No porque fuera bueno descubriendo mentiras, sino porque había sentido todo su peso apoyarse sobre mí. Había escuchado su respiración irregular y visto cómo cerraba los ojos, intentando fingir que nada ocurría.

Desde entonces, cada vez que la veía, terminaba observando cosas que antes intentaba ignorar.

La forma en que movía la comida de un lado al otro del plato.

Cómo decía que había desayunado, aunque llegara a clases con el estómago haciendo ruido.

Cómo sus manos temblaban algunas veces cuando creía que nadie la miraba.

Yo la miraba.

Demasiado.

Y Melody ya estaba comenzando a notarlo.

—Zacarías.

Levanté la cabeza.

El encargado de las prácticas Allen estaba de pie frente a mi escritorio.

—¿Estás escuchando?

Miré el documento que tenía abierto.

No había leído una sola línea.

—Sí.

El hombre levantó una ceja.

—Entonces dime qué acabo de explicar.

Guardé silencio.

Algunos de los otros practicantes soltaron risas discretas.

—Lo siento —admití.

—Necesito que estés concentrado. Este programa no es una sala de estudio.

—No volverá a pasar.

El encargado me observó durante unos segundos antes de continuar con la explicación.

Bajé la mirada hacia mi cuaderno.

En una esquina había escrito varias cantidades.

El pago de las prácticas.

El costo aproximado de una consulta.

El transporte.

Los posibles exámenes.

Había buscado especialistas la noche anterior.

Nutricionistas.

Médicos.

Psicólogos.

No sabía exactamente a cuál necesitaba Melody.

Solo sabía que algo no estaba bien.

Algunos precios eran demasiado altos.

Otros parecían posibles si ahorraba durante varias semanas.

Cuando entré a las prácticas Allen, pensé que el dinero sería la parte más difícil.

Me equivoqué.

Conseguirlo requería tiempo.

Convencer a Melody parecía imposible.

Ella no aceptaría que yo pagara una consulta.

Probablemente tampoco aceptaría que necesitaba una.

Aun así, al terminar las prácticas, llamé a uno de los centros que había encontrado.

Salí al pasillo para que nadie escuchara.

Una mujer respondió después de varios tonos.

—Centro de atención integral, buenas tardes.

—Buenas tardes. Quería pedir información sobre una consulta.

—¿Para usted?

Miré hacia la ventana.

—Para una persona cercana.

—¿Qué tipo de atención necesita?

—No estoy seguro.

Hubo un breve silencio.

—Puede contarme qué sucede.

Me costó decirlo.

Sentía que estaba traicionando a Melody al hablar de ella con una desconocida, aunque no mencionara su nombre.

—Come muy poco —expliqué—. O eso creo. El otro día casi se desmayó durante Educación Física, pero dice que solo tropezó.

—¿Ha sido evaluada por un médico?

—No.

—¿Ella quiere recibir ayuda?

Esa era la pregunta que no sabía responder.

—Creo que no piensa que exista un problema.

—¿Es menor de edad?

—Sí.

La mujer hizo una pausa.

—Lo más recomendable es que primero tenga una evaluación médica. Un desmayo o un mareo pueden tener diferentes causas.

—¿Puedo llevarla yo?

—Necesitaría la autorización de un adulto responsable, dependiendo de la consulta. Pero lo más importante es que ella acepte asistir.

Apreté el teléfono.

—¿Y si no quiere?

—No puedes obligarla.

—Entonces, ¿qué se supone que debo hacer?

Mi voz sonó más desesperada de lo que pretendía.

La mujer respondió con calma.

—Puedes expresarle tu preocupación sin acusarla. Evita vigilar cada cosa que come o convertir la comida en una discusión constante. También puedes animarla a hablar con la enfermera o la orientadora de su escuela.

—Eso no parece suficiente.

—Quizá no lo sea, pero puede ser un primer paso.

Agradecí la información y terminé la llamada.

Me quedé mirando la pantalla apagada.

Había conseguido averiguar precios.

Había calculado cuánto tardaría en reunir el dinero.

Incluso había pensado en qué horario podríamos ir.

Pero nada de eso servía si Melody se negaba a escucharme.

La encontré al día siguiente en la cafetería.

Estaba sentada frente a una bandeja casi intacta.

Había un poco de arroz, verduras y una porción de carne.

Melody cortaba la comida en trozos pequeños, pero no se llevaba nada a la boca.

Me senté frente a ella.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Almorzar.

Miró mi bandeja.

—No tienes comida.

—Todavía no la compré.

—Entonces no estás almorzando.

—Estoy preparándome.

Melody volvió a mirar su plato.

—Ve a prepararte a otra mesa.

—¿Por qué?

—Porque me estás observando.

—No lo hago.

—Llevas cinco minutos mirando mi tenedor.

No sabía que había sido tan evidente.

—Solo estaba pensando.

—Piensa mirando otra cosa.

Fui a comprar comida y regresé.

Melody continuaba sin comer.

Intenté concentrarme en mi propio plato.

Duré menos de un minuto.

—Deberías comer algo.

Su mano se detuvo.

—No empieces.

—No he empezado nada.

—Llevas días haciendo esto.

—¿Haciendo qué?

—Vigilándome.

—No te vigilo.

Melody soltó el tenedor.

—Me miras cuando desayuno. Me miras durante el almuerzo. En clase cuentas cuántas veces tomo agua.




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