Me arrepentí de haberlo dicho en cuanto Zacarías comenzó a caminar a mi lado.
Podría hablar con la enfermera.
Había pronunciado esas palabras como si no significaran nada. Como si entrar en esa oficina fuera igual que pedir una venda o una pastilla para el dolor de cabeza.
Pero no era así.
La enfermera haría preguntas.
Preguntas que yo no quería responder.
Preguntas sobre el mareo, sobre lo que había comido, sobre cuántas veces me sentía débil.
Tal vez intentaría pesarme.
Tal vez llamaría a mi familia.
Tal vez miraría a Zacarías y confirmaría todo lo que él parecía pensar sobre mí.
—No tienes que caminar tan cerca —dije.
Zacarías se apartó inmediatamente.
—Está bien.
Eso me molestó.
No sabía por qué.
Habría sido más fácil si discutía conmigo. Si insistía. Si se comportaba como siempre y me daba una razón para enfadarme.
Pero caminaba en silencio, cumpliendo su promesa.
No iba a hablar por mí.
No iba a contar lo ocurrido en Educación Física.
No iba a obligarme a hacer nada.
Yo seguía sintiéndome atrapada.
—Solo voy para demostrarte que exageraste —advertí.
—Entendido.
—Y cuando la enfermera diga que no tengo nada, vas a dejar de vigilarme.
—No te vigilo.
Lo miré.
Zacarías suspiró.
—Voy a dejar de observarte mientras comes.
—Eso suena peor.
—No era mi intención.
Seguimos caminando.
La enfermería estaba al final del pasillo, junto a la oficina de coordinación. La puerta permanecía abierta.
Podía darme la vuelta.
Todavía estaba a tiempo.
Podía decir que me había arrepentido y regresar a casa.
Zacarías no me detendría.
Eso era lo peor.
La decisión seguía siendo mía.
Me detuve frente a la puerta.
—No quiero que entres.
Él asintió.
—Esperaré afuera.
Pensé que sentiría alivio.
No fue así.
—Pero no te vayas.
Zacarías me miró.
—No me iré.
Entré antes de que pudiera decir algo más.
La enfermera estaba ordenando unas cajas dentro de un armario. Al escucharme, se giró.
—Hola, Melody. ¿Qué ocurrió?
—Nada.
Su expresión cambió ligeramente.
—Entonces supongo que vienes a visitarme.
—Me mareé en Educación Física.
La enfermera cerró el armario.
—¿Cuándo?
—Hace unos días.
—¿Y recién vienes ahora?
Me encogí de hombros.
—No fue importante.
—Siéntate.
No me gustó el tono.
No era autoritario, pero tampoco dejaba mucho espacio para discutir.
Me senté sobre la camilla.
La enfermera tomó un aparato para medir la presión.
—Cuéntame qué sentiste.
—Cansancio.
—¿Dolor de cabeza?
—No.
—¿Visión borrosa?
Recordé el gimnasio alejándose.
Las voces mezclándose.
El suelo moviéndose.
—Un poco.
—¿Náuseas?
—No.
—¿Habías comido antes de la clase?
La pregunta llegó demasiado rápido.
—Sí.
La mentira salió con facilidad.
La enfermera colocó la banda alrededor de mi brazo.
—¿Qué comiste?
—No recuerdo.
Ella levantó la mirada.
—Fue hace pocos días.
—Tenía prisa.
La banda comenzó a apretarme el brazo.
Observé la pared.
Había un cartel con recomendaciones sobre alimentación y descanso.
Aparté la mirada.
—Tu presión está baja —dijo la enfermera.
—Siempre la tengo así.
—¿Quién te lo ha dicho?
No respondí.
Ella retiró la banda.
—Voy a tomarte el pulso.
Colocó dos dedos sobre mi muñeca.
Me incomodaba que alguien me tocara de esa forma.
Como si pudiera descubrir algo sin mi permiso.
—¿Has vuelto a marearte?
—No.
Era casi cierto.
Solo había tenido que apoyarme en una pared dos veces.
No había caído.
—¿Duermes bien?
—Sí.
—¿Cuántas horas?
—No sé.
—¿Seis? ¿Siete? ¿Ocho?
—Depende.
La enfermera soltó mi muñeca.
—Voy a hacerte algunas preguntas, Melody. Necesito que seas sincera.
Mi estómago se tensó.
—Estoy siendo sincera.
—¿Estás comiendo con normalidad?
—Sí.
—¿Desayunas?
—A veces.
—¿Almuerzas?
—Cuando tengo hambre.
—¿Y cenas?
—Sí.
No siempre.
Pero no necesitaba saberlo.
La enfermera se sentó frente a mí.
—¿Has perdido peso recientemente?
—No.
—¿Estás intentando bajar de peso?
Sentí calor en el rostro.
—No.
—¿Te preocupa subir de peso?
—A todo el mundo le preocupa.
—No a todo el mundo de la misma manera.
Bajé de la camilla.
—Ya le dije que estoy bien.
—Tu presión está baja y tuviste un episodio de mareo durante una actividad física. Sería recomendable una evaluación médica.
Las palabras eran casi idénticas a las de Zacarías.
—No necesito un médico.
—Eso no podemos saberlo sin una evaluación.
—Solo estaba cansada.
—El cansancio también puede tener una causa.
Tomé mi mochila.
—Entonces dormiré más.
—Melody.
Me detuve junto a la puerta.
—No estoy diciendo que tengas algo específico. Estoy diciendo que conviene descartar problemas.
—¿Va a llamar a mi familia?
La enfermera guardó silencio durante un instante.
—Primero quiero entender mejor la situación.
—Eso no responde.
—Si creo que tu salud está en riesgo, tendré que informar a un adulto responsable.
Apreté la correa de mi mochila.
Eso era exactamente lo que temía.
—No estoy en riesgo.
—Puede que tengas razón. Pero necesito más información.
Miré hacia el pasillo.
Zacarías estaba sentado en una banca, con los codos apoyados sobre las rodillas. No intentaba escuchar.
No miraba la puerta.
Aun así, sabía que estaba pendiente.
—No quiero que llame a nadie —dije.
Editado: 29.09.2026