Alianza de Cristal

Capítulo 35: Confesiones en el asiento trasero

El motor del sedán blindado de los Vance ronroneaba con una suavidad imperceptible mientras se deslizaba por la carretera que conducía al corazón del territorio de los clanes. En el asiento trasero, el contraste entre ambos mundos era palpable.

Victoria ocupaba el lado derecho, con las piernas cruzadas y una expresión de absoluta serenidad, disfrutando todavía del eco de su triunfo en la mansión de prueba. A su lado, con los brazos cruzados y la mandíbula tan tensa que parecía a punto de fracturarse, Liam miraba fijamente a través del cristal polarizado, maldiciendo mentalmente cada segundo del trayecto y deseando estar en cualquier otro lugar del planeta.

En el asiento delantero, separada por un panel de vidrio ahumado insonorizado que se había deslizado parcialmente, la madre de Victoria conducía con la misma elegancia fría con la que dominaba las juntas del consejo.

El silencio duró los primeros kilómetros, roto solo por el murmullo de los neumáticos sobre el asfalto mojado. Hasta que Victoria decidió que la tregua había durado demasiado.

—Fue una semana sumamente educativa, madre —comenzó Victoria, con un tono de voz deliberadamente casual, lo suficientemente alto como para atravesar el panel y llegar a oídos de la matriarca.

Liam giró la cabeza de golpe, clavando en ella una mirada de advertencia absoluta, susurrando entre dientes un "ni se te ocurra" que ella ignoró por completo.

La madre de Victoria ajustó el espejo retrovisor para capturar el reflejo de su hija, arqueando una ceja con curiosidad fría.

—¿Ah, sí? —respondió la matriarca—. Tenía entendido que la convivencia se limitaba a mantener las formas y asegurar las rutas, no a generar anécdotas dignas de informe.

—Oh, créeme, hubo mucho más que eso —prosiguió Victoria, inclinándose ligeramente hacia adelante, disfrutando del evidente pánico que comenzaba a crispar los hombros de Liam—. Empezando por los primeros días, cuando las familias exigieron ver pruebas públicas de nuestro compromiso y tuvimos que inventar aquella ridícula mentira de los anillos... ¿recuerdas, Liam? Dijimos por todo el internado que fue un estúpido reto de la escuela para acallar las sospechas del consejo.

En el asiento delantero, la matriarca soltó una exhalación corta, mezcla de juicio y diversión contenida.

—Una coartada bastante mediocre para dos herederos del sindicato, pero supongo que funcionó con los cachorros de la academia.

—Funcionó de maravilla —corroboró Victoria, cuya sonrisa se ensanchó al notar cómo Liam apretaba los puños con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron translúcidos—. Aunque lo verdaderamente interesante no ocurrió en el colegio, sino aquí, en la mansión.

Liam la fulminó con una mirada cargada de amenaza letal, pero Victoria ya no le temía a sus colmillos.

—¿Qué clase de incidentes domésticos, Victoria? —inquirió la madre, sin apartar los ojos de la autopista, pero prestando total atención.

Victoria dejó escapar una risita suave, melodiosa y letalmente calculadora.

—Digamos que el querido Ghost tiene métodos muy particulares para asegurarse de que su compañera de casa no intente escapar o investigar más de la cuenta. ¿Le contaste a mamá sobre la noche en que me ataste a la estructura de la cama, Liam? ¿O eso también formaba parte de tus rigurosos protocolos de seguridad?

El habitáculo del sedán pareció encogerse de golpe. El aire se volvió denso, cargado con el peso de una verdad que Liam se habría tragado mil veces antes de confesar en voz alta, y mucho menos frente a la matriarca.

Liam no contestó. No pudo.

Tenía los labios sellados con una línea tan fina que parecía una cicatriz, y la mirada fija en el paisaje borroso que desfilaba tras el cristal blindado. Su silencio, sin embargo, era una confesión a gritos. Su cerebro procesaba el hecho de que Victoria acababa de abrir las puertas de su intimidad más volátil frente al tribunal más implacable del sindicato.

En el asiento delantero, el perfil de la madre de Victoria se tensó. El espejo retrovisor volvió a capturar el brillo afilado de sus ojos, esta vez dirigidos directamente al muchacho. El silencio de Liam no hizo más que attizar la curiosidad de la mujer.

—¿Atada a la cama? —repitió la matriarca, con un tono de voz que oscilaba entre la fría incredulidad y un peligroso divertimento—. Explícate, Victoria. Exijo saber qué clase de métodos de interrogatorio o salvajismo se practican bajo tu techo antes de formalizar la boda con los Vance.

Victoria sonrió, saboreando el momento exacto en que tenía a ambos hombres —el ejecutor más temido del hampa y a su propia madre— exactamente donde quería.

—No fue un interrogatorio, madre —respondió Victoria con una calma exasperante, cruzando las piernas con elegancia—. Fue una medida desesperada de su parte. Verás, ese mismo día, Julián fue a buscarme a la salida de la academia. Hubo un pequeño intercambio de miradas y tensiones en los pasillos que, digamos, no le hizo ninguna gracia a nuestro querido Ghost.

La madre arqueó una ceja, ralentizando ligeramente la marcha del vehículo al acercarse a un peaje.

—¿Julián? ¿El heredero menor de los Rossi? Interesante. Y supongo que ambos se miraron a muerte.

—Exactamente —continuó Victoria, echando una rápida mirada lateral a Liam, quien seguía mudo, con la mandíbula al borde de la fractura—. El problema real vino por la noche. Liam decidió que iba a lanzarse solo a encarar a Julián para cortarle las alas de una vez por todas. Como yo no estaba dispuesta a dejar que arruinara la coartada —ni a perderme el espectáculo—, intenté detenerlo o ir con él. Y para evitar que lo siguiera o saliera a buscar problemas por mi cuenta... decidió atarme a la estructura de la cama.

Un silencio sepulcral se apoderó del auto.

La madre de Victoria soltó una carcajada seca, corta y cargada de un retorcido orgullo.

—¿Celos y sobreprotección disfrazados de táctica de seguridad? —comentó la matriarca, negando con la cabeza mientras volvía a acelerar el motor—. Vaya, muchacho. Parece que debajo de esa máscara de asesino implacable lo único que tienes es un pánico atroz a perder lo que consideras tuyo.




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