El trayecto en el sedán blindado había terminado, pero la verdadera prueba de fuego comenzaba al cruzar los umbrales de la mansión principal de los Vance. Era una estructura mastodóntica de mármol negro y ventanales blindados que dominaba la colina más alta del sector norte; un territorio donde cada pasillo respiraba la autoridad absoluta del clan.
Para Liam, cruzar esas puertas se sentía como entrar en la guarida de un depredador con grilletes de oro. A pesar de ser el ejecutor más temido del sindicato, el hombre cuyo nombre hacía temblar las rutas del este, en ese preciso instante los cimientos de la mansión le pesaban en los hombros. Cada guardia apostado en los pasillos, cada cámara oculta en las molduras del techo y cada rincón de ese laberinto de poder recordaban que estaba en terreno hostil.
Y lo peor de todo no era el entorno. Era la mujer que caminaba a su lado.
Victoria avanzaba con una naturalidad pasmosa. No había tensión en sus hombros, ni rastro de la cautela que él mismo se obligaba a mantener. Los pasillos de los Vance no eran un misterio para ella; era la casa donde había crecido, el tablero que conocía de memoria y donde cada recoveco guardaba un recuerdo o una ventaja estratégica.
Mientras Liam caminaba con los sentidos a flor de piel, midiendo las distancias y calculando rutas de escape por puro instinto de supervivencia, Victoria ajustaba el cuello de su abrigo con total parsimonia, disfrutando de la ironía de ver al temido Ghost completamente fuera de su elemento.
—Respira un poco, querido —susurró Victoria con una sonrisa divertida, deteniéndose un segundo junto a una gran escalinata de caoba mientras esperaba que los sirvientes terminaran de subir su equipaje—. Te vas a romper una vértebra de tanta tensión. Parece que temes que las estatuas cobren vida y te disparen.
Liam se detuvo de golpe, girándose para mirarla con los ojos oscuros destellando una advertencia muda.
—No subestimes el lugar, Victoria —respondió Liam con voz áspera, inclinándose ligeramente hacia ella para acortar la distancia, intentando recuperar algo de autoridad—. Aquí no mandan tus caprichos ni las reglas de prueba de la academia. Un paso en falso y nos devoran vivos.
Victoria no se inmutó. Al contrario, levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada con una suficiencia desarmante.
—Por supuesto que nos devoran vivos si demuestras debilidad —respondió ella, con un tono de voz suave, casi burlón—. La diferencia es que tú estás sudando frío porque este es mi terreno y no sabes hacia dónde mirar, mientras que yo me siento exactamente en casa.
Antes de que Liam pudiera replicar a su provocación con alguna amenaza letal, el eco de unas pisadas firmes y voces graves resonó al otro extremo del pasillo principal.
—Vienen por el ala oeste. Están revisando los registros de llegada de la cúpula —murmuró uno de los escoltas de los Vance que custodiaba la intersección, dándose la vuelta con prisa para advertirles.
El rostro de Liam se endureció al instante. Las normas del clan dictaban que debían presentarse formalmente ante los jefes de sección antes del mediodía, y ser interceptados en medio de un pasillo a la defensiva equivalía a mostrar vulnerabilidad ante los ojos de los superiores.
—Por aquí. Rápido —ordenó Liam con voz de mando, tomando a Victoria del brazo con firmeza para apartarla del pasillo principal.
Empujó una puerta lateral oculta tras un pesado tapiz, arrastrándola consigo hacia el interior antes de que las pisadas se acercaran demasiado. La puerta se cerró a sus espaldas con un chasquido sordo, sumergiéndolos de inmediato en un silencio absoluto.
El aire se cortaba con un cuchillo.
Cuando la puerta se cerró, Liam se dio cuenta demasiado tarde del lugar en el que habían terminado.
No era una habitación de invitados ni un estudio amplio; se trataba de un pequeño cuarto de suministros y archivo técnico de los Vance, un espacio tan diminuto y claustrofóbico que las estanterías metálicas casi rozaban sus hombros.
Para evitar hacer ruido y mantenerse completamente ocultos del pasillo, Liam había tenido que empujar a Victoria contra la pared opuesta, quedando atrapada entre su cuerpo y los estantes llenos de carpetas.
El espacio era tan reducido que la respiración de ambos se mezclaba en el aire frío de la alcoba.
Victoria no se movió. Al contrario, en lugar de mostrar el menor indicio de pánico o incomodidad por la encerrona, una chispa de travesura y triunfo brilló en sus oscuros ojos. Con una lentitud exasperante, levantó las manos para apoyar las palmas contra el pecho de Liam, justo sobre los latidos acelerados de su corazón.
—Vaya, Ghost... —susurró Victoria, con la voz apenas a un hálito de distancia de sus labios, disfrutando enormemente de la trampa en la que él mismo se había metido—. ¿Huyendo de los jefes o buscando una excusa para acorralarme a solas en un rincón oscuro?
Liam sintió que el mundo entero se reducía a ese metro cuadrado. El aroma a perfume caro de Victoria, el calor de sus manos presionando su pecho y la absoluta cercanía de su boca lo golpearon con más fuerza que cualquier emboscada en los muelles.
Intentó mantener su fachada de ejecutor implacable, pero la tensión en sus músculos ya no era por los guardias del pasillo, sino por el peligro latente de tenerla tan cerca.
—Cierra la boca, estratega —siseó Liam en un susurro áspero, intentando apartar la mirada para no caer en la tentación de perder el control, aunque sus manos seguían apoyadas en la pared junto a la cabeza de ella—. Si nos descubren aquí por culpa de tus jueguitos, te juro que...
—¿Que qué? —lo desafió Victoria, inclinando ligeramente el rostro hacia arriba, rozando casi por accidente la línea de su mandíbula con el aliento—. ¿Me vas a atar a los estantes esta vez? Porque francamente, Liam... empiezo a creer que te encantan las excusas para tenerme atada a ti.