—Bosque del inicio un par de minutos después—
El ave descendió en círculos lentos antes de posarse sobre la rama más alta del claro.
Aoi levantó la vista de forma instintiva, siguiendo su movimiento hasta que las hojas lo ocultaron por completo.
—Lyn… —murmuró.
El nombre aún le resultaba extraño.
No como palabra, sino como concepto.
No era una mascota.
No era una herramienta.
Era… algo conectado a él.
Un suave destello apareció frente a sus ojos.
[Conexión activa con Lyn]
Aoi parpadeó.
—¿Eh?
Antes de que pudiera reaccionar, la sensación lo atravesó.
No fue mareo.
No fue dolor.
Fue… expansión.
De pronto, el mundo cambió.
El suelo desapareció bajo sus pies.
El bosque se volvió pequeño.
El cielo—
el cielo estaba demasiado cerca.
Aoi contuvo el aliento.
Veía.
Pero no desde donde estaba parado.
Veía desde arriba.
Las copas de los árboles se extendían bajo él como un mar verde, meciéndose suavemente con el viento. La luz del sol se filtraba entre las hojas, creando patrones dorados que se desplazaban lentamente.
—¿Q-qué…? —intentó decir.
Su voz no salió.
Porque esa boca no era suya.
Lyn batió las alas.
Y Aoi sintió el viento cortando a su alrededor.
—………
No necesitó moverse.
No necesitó pensar en “cómo”.
Bastó con desear mirar.
El ave giró.
El claro apareció abajo, pequeño, casi frágil. Vio a Hina y Kaede desde lo alto, dos figuras quietas observando su cuerpo inmóvil en el suelo.
Su cuerpo real.
Aoi sintió un estremecimiento.
—Estoy… viendo desde sus ojos… —pensó, con incredulidad.
Un nuevo panel se desplegó.
[Habilidad adquirida]
[Visión Vinculada — Lyn
Permite compartir sentidos visuales con la criatura vinculada.
Consumo bajo.
Duración: mientras exista conexión activa.]
—Esto es… —pensó—. Esto no es normal.
No como “no normal” en un videojuego.
Sino como algo que no debería sentirse tan natural.
Lyn planeó suavemente, ascendiendo más alto.
Aoi vio el mundo abrirse ante él.
El bosque.
Los senderos.
Pequeñas criaturas moviéndose entre la maleza.
Todo estaba ahí.
Claro.
Definido.
Vivo.
—Aoi.
La voz de Kaede llegó desde abajo, distante, como si viniera de otro mundo.
La conexión se rompió.
De golpe, el cielo desapareció.
Aoi cayó de rodillas, apoyando una mano en el suelo para no perder el equilibrio.
—¡Hey! —Hina se acercó de inmediato—. ¿Estás bien?
Aoi respiró hondo.
Una vez.
Dos.
—Sí… —respondió—. Creo que sí.
Levantó la mirada lentamente.
Lyn descendió y se posó sobre su hombro con total naturalidad, como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Aoi lo miró de reojo.
—Eso… fue increíble.
Kaede lo observaba con atención, más seria que antes.
—¿Qué viste? —preguntó.
Aoi dudó.
¿Cómo se explicaba algo así?
—El bosque —dijo al final—. Desde arriba. Como si… volara.
Hina abrió los ojos.
—¿En serio?
Aoi asintió.
—Cuando se formó el lazo… apareció una habilidad nueva.
Kaede frunció ligeramente el ceño.
—Eso no suele pasar tan rápido —murmuró.
Aoi no respondió.
Estaba demasiado concentrado en la sensación que aún recorría su cuerpo.
No poder.
No euforia.
Conexión.
Levantó la vista hacia Lyn una vez más.
—¿Tú también lo sientes? —pensó.
El ave ladeó la cabeza, como si entendiera.
Y entonces, por primera vez desde que entró al juego,
Aoi sonrió sin darse cuenta.
No era una sonrisa grande.
No era segura.
Pero era real.
—Mas tarde—
Muy por encima del bosque,
Lyn volvió a elevarse.
Y el mundo, silenciosamente,
comenzó a mirar a Aoi desde otra perspectiva.
El bosque se desplegaba como un mapa vivo bajo los ojos de Aoi.
No era una vista perfecta.
No había marcadores, ni indicadores brillantes.
Pero había algo mejor.
Movimiento.
Lyn planeaba a baja altura, describiendo círculos amplios mientras el viento le acomodaba las plumas. Desde arriba, Aoi distinguía sombras entre los arbustos, pequeños desplazamientos que delataban vida oculta.
—Tres… no —corrigió—, cuatro criaturas al noreste.
Su voz era tranquila. Sorprendentemente tranquila.
Hina levantó la vista desde el claro.
—¿Tipo?
Aoi cerró los ojos un instante, concentrándose.
El mundo volvió a elevarse.
Vio cuerpos pequeños, compactos, con colas cortas y colmillos apenas visibles cuando se movían entre la maleza.
—Bestias menores —respondió—. Nivel bajo. Se mueven en grupo.
Kaede asintió sin mirar atrás.
—Entonces vamos por ellas.
Aoi abrió los ojos.
Desde el suelo, la escena era completamente distinta.
Hina avanzó primero.
Su armadura clara reflejaba la luz del sol que se filtraba entre los árboles. Cada paso era firme, seguro, como si el terreno mismo se ajustara a su presencia. Cuando la primera criatura emergió del matorral, Hina no se detuvo.
Levantó el escudo.
—¡Adelante!
El impacto fue seco.
El golpe de la bestia rebotó contra la superficie reforzada sin hacerla retroceder ni un centímetro. Hina giró sobre su eje y, con un movimiento preciso, descargó su arma en un arco limpio.
No hubo exceso.
No hubo dramatismo.
Solo eficiencia.
La criatura cayó al suelo antes de poder reaccionar.
—Uno menos —dijo Hina, sin perder la postura.
Aoi observaba, atento, sin intervenir.
Kaede se movió a su lado como una sombra silenciosa.