La tarde cayó suavemente sobre la casa, pero Aoi no lograba quedarse quieto. Mientras Hina y Kaede guardaban ropa y preparaban mochilas para la excursión del fin de semana, él solo podía pensar en una cosa: volver a verlos. Había esperado todo el día ese instante, y ahora que por fin tenía la notificación en su mano, no quería perder ni un segundo más.
—Solo entraré un momento —murmuró para sí mismo, ajustándose el visor con cuidado—. Solo quiero saludarlos.
La pantalla se iluminó con suavidad.
Conectando al servidor...
Bienvenido de nuevo.
Una luz cálida lo envolvió, y en un parpadeo, abrió los ojos dentro del juego.
Seguía en la amplia plaza del Segundo Piso, justo donde había terminado la batalla contra Argos. Pero el lugar ya no era ruinas ni silencio: había puestos de comerciantes con telas de colores, jugadores que caminaban en grupos, NPC que atendían sus puestos y el murmullo constante de una zona que volvía a la vida.
Y apenas apareció, alguien señaló hacia él con el dedo.
—¡Es ella! ¡La Domadora!
En un abrir y cerrar de ojos, decenas de personas giraron y comenzaron a acercarse rápido.
—¡¿De verdad lograste derrotar al Protocolo de Defensa Máxima?!
—¡¿Cómo se te ocurrió usar el agua y las abejas así?!
—¡¿Es cierto que rechazaste las invitaciones de todos los gremios grandes?!
—¡¿Podrías firmarme mi guía?!
—¡¿Cuál será tu próximo objetivo?! ¿Irás al Tercer Piso?
Aoi dio un paso atrás, confundido y abrumado. En menos de un minuto ya estaba rodeado por completo: levantaban cristales de grabación, cámaras, manos pidiendo atención, y las preguntas se mezclaban en un ruido ensordecedor. Un hombre con el brazalete de Prensa Oficial del Servidor se abrió paso entre la gente.
—¡Solo tres preguntas! ¡¿Qué te hizo pensar que esa estrategia funcionaría?!
—¡¿Planeas liderar un grupo de exploración?! —gritó otro desde el lado opuesto.
Aoi abrió la boca para responder, pero no supo qué decir. Se sentía pequeño, rodeado de tantas miradas esperando algo de él. Por primera vez en todo el tiempo que llevaba jugando, pensó sinceramente: Prefiero enfrentarme otra vez a Argos... esto es mucho más difícil.
—P-por favor... déjenme pasar... —murmuró, retrocediendo otro paso.
Pero entonces, el ruido se detuvo.
No porque la gente dejara de hablar, sino porque todos empezaron a apartarse solos, como si una corriente invisible los empujara. Los jugadores retrocedían lentamente, algunos tragaban saliva, los periodistas bajaban las cámaras y nadie se atrevía a cruzar el espacio que se abría en el centro.
Aoi parpadeó, sin entender nada.
—¿Qué...?
Algo suave y cálido rozó su espalda. Luego, una cabeza enorme y pesada descansó con cuidado sobre su hombro. Sintió el calor de su aliento, el espesor de un pelaje que conocía de memoria, y el latido lento y fuerte de un corazón que siempre había estado junto al suyo.
No necesitó girarse. Ya lo sabía.
Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. Levantó la mano despacio, y sus dedos se hundieron entre aquel pelaje gris oscuro, tan familiar. Una sonrisa le apareció en los labios antes incluso de darse la vuelta.
—Fern... —susurró.
El enorme lobo soltó un gruñido grave y profundo, como si le respondiera con alivio, y frotó su hocico contra su cuello. Aoi no pudo aguantar más: se giró por completo y rodeó con ambos brazos el ancho cuello de la criatura, abrazándolo con todas sus fuerzas. No dijo nada más durante unos segundos, solo lo apretó contra sí, sintiendo que todo el peso del día desaparecía al fin.
—Me alegra tanto... me alegra tanto volver a verte —murmuró con la voz entrecortada, mientras las lágrimas caían suavemente sobre su pelaje—. Pensé que tardarían mucho más...
Fern no se movió. Solo apoyó su cabeza sobre la espalda de él, dejándose abrazar, como si también hubiera contado las horas para volver a estar así.
Entonces escuchó un aleteo ligero y rápido.
—¡Kiii!
Lyn descendió del cielo, aterrizando con gracia sobre el lomo de Fern. Inclinó su cabeza emplumada y comenzó a frotar suavemente su mejilla contra la de Aoi, una y otra vez, como si quisiera limpiarle las lágrimas con sus plumas suaves.
Aoi soltó una risa pequeña entre sollozos y le acarició el pico con el dedo.
—Tú también... gracias por esperarme.
Pero antes de que pudiera decir algo más, una sombra roja pasó volando a su lado.
—¡Rrrr!
—¿Eh?
¡PUM!
Un impacto suave pero lleno de energía lo hizo caer sentado en el suelo. Regulus se había lanzado directamente a sus brazos, moviendo la cola con tanta fuerza que parecía que se le rompería, y restregaba su cabeza contra el pecho de Aoi una y otra vez, como si hubiera pasado siglos sin verlo.
—¡Regulus! —Aoi lo abrazó inmediatamente, riendo de verdad—. ¡Tú también estás bien! Qué alivio...
El pequeño dragón rugió alegremente, sin dejar de abrazarlo con sus patitas delanteras.
Y entonces sintió algo blando y frío rebotar en su regazo.
—¡Pui!
Puddle también había llegado, saltando una, dos, tres veces hasta acomodarse justo en el centro, entre las manos de Aoi y el pecho de Regulus, reclamando su lugar en el abrazo.
—¿Tú también querías participar? —preguntó Aoi tomándolo con cuidado.
—¡Pui! —vibró el slime, brillando de felicidad.
Aoi miró a su alrededor: Fern sentado a su lado, vigilando con sus ojos sabios; Lyn apoyada en su hombro; Regulus enredado entre sus brazos; y Puddle descansando en sus manos. Todos juntos, otra vez.
—Bienvenidos a casa —susurró con una sonrisa llena de calma—. Los extrañé muchísimo.
Alrededor de ellos, la plaza seguía en silencio. Nadie se movía, nadie hablaba, nadie intentaba acercarse. Porque en ese momento todos entendieron lo que hasta entonces no habían comprendido: la Domadora no había vencido por gloria, ni por títulos, ni para ser famosa. Aquellas lágrimas, esa forma de abrazarlos como si fueran lo más preciado del mundo, dejaban claro que para ella no eran simples criaturas del juego. Eran su familia.