Las afueras de la ciudad se extendían en una amplia zona de transición, donde los senderos de piedra dejaban paso a la hierba grisácea y a la tierra pisada. Era un lugar extrañamente tranquilo, casi pacífico. Apenas unos cuantos jugadores transitaban por los caminos secundarios, dirigiéndose hacia las zonas de caza o regresando de ellas, y el ruido constante, vibrante y caótico del centro urbano llegaba hasta aquí amortiguado, como un murmullo lejano y suave.
Teóricamente, era el sitio perfecto para detenerse un momento, respirar aire fresco y relajarse lejos de las miradas ajenas.
O al menos, eso debería haber sido.
Pero en medio de un pequeño claro rodeado de arbustos de hojas oscuras… la paz se había roto por completo.
—¡¡NO ES JUSTOOOOO!!
El grito desesperado de Aoi retumbó entre los árboles. Acto seguido, se dejó caer de espaldas contra el césped con una fuerza dramática, estirando los brazos y las piernas hacia arriba como una estrella de mar enfadada, para inmediatamente después comenzar a moverlos de forma totalmente descontrolada, pataleando y golpeando el aire como si quisiera pelear contra el mismo cielo gris del segundo piso.
—¡¡Yo solo quería hacer cosas normales!! —se quejó con los ojos muy abiertos y brillantes por la indignación, gesticulando exageradamente con las manos—. ¡Solo quería vender los materiales, comprar lo que necesitaba y marcharme tranquilo! ¡Eso era todo! ¡TODO!
Dio una patada al aire con mucha energía.—¡Cinco minutos! —levantó un dedo, frunciendo el ceño con fuerza—. ¡Les habría bastado con darme cinco miserables minutos de tranquilidad absoluta! ¿Era mucho pedir? ¿VERDAD QUE NO?
Otro manotazo furioso contra la hierba.—¡Pero nooooo! ¡Claro que no! Porque en el momento en que puse un pie fuera del gremio, todos tenían que detenerse, señalarme y quedarse mirando como si yo fuera algún tipo de monstruo raro o una estatua de museo… ¡¡ESO ES INVASIÓN DE PRIVACIDAD!!
Desde lo alto de una rama de un árbol cercano, Lyn observaba toda la escena con la cabeza ladeada, sus ojos redondos brillando con una mezcla de curiosidad y diversión.
A pocos pasos, Fern permanecía sentado sobre sus cuartillas, inmenso, negro y majestuoso, con una expresión de absoluta calma y paciencia, como quien observa una tormenta desde un lugar seguro.
Y a unos metros de distancia, Puddle rebotaba suavemente arriba y abajo, deteniéndose de vez en cuando para inclinar su cuerpo gelatinoso hacia un lado u otro, siguiendo los movimientos de su dueño con total atención.
Los tres parecían estar conectados por un mismo pensamiento, una idea que flotaba en el aire: “Otra vez empezó. Y va para largo.”
—¡¡Y luego los susurros!! —continuó Aoi, ahora rodando sobre un costado y golpeando el suelo con el puño cerrado, con una cara de sufrimiento que parecía sacada de una tragedia—. ¿Escucharon lo que decían? ¿Verdad que sí? "¡Miren, es ella!", "¡Es la domadora misteriosa!", "¡La heroína que venció al jefe del primer piso en modo difícil!"… —se detuvo, se puso de rodillas y señaló al vacío con cara de ofendido—. ¡¿Misteriosa yo?! ¡¿En qué soy misteriosa?! ¡Si voy vestida normal, camino normal y no hago nada extraño! ¡Solo quiero comprar pociones, comer y vivir mi vida en paz! ¡¿Es tan difícil de entender?!
Fern soltó un resoplido profundo, mezcla de aburrimiento y diversión, y sacudió levemente la cabeza.
Aoi se incorporó de golpe, quedando sentado con las piernas cruzadas y los brazos en jarras, mirando al lobo con ojos entrecerrados y una sospecha enorme.
—¿Acabas de burlarte de mí, Fern? —acusó señalándolo con un dedo—. ¿Lo hiciste? ¡Te vi resoplar! ¡Ese fue un resoplido de burla, lo reconozco perfectamente!
El gran lobo giró la cabeza lentamente hacia el lado opuesto, fingiendo un interés repentino y absoluto por unas rocas que había a lo lejos.
—¡Demasiado tarde para fingir que no pasa nada! —exclamó Aoi, poniéndose de pie de un salto y señalándolo con más energía—. ¡Te escuché claramente! ¡Estás riéndote de mi desgracia!
—Kyiii… —emitió Lyn con un chillido suave, como intentando calmarlo o quizás simplemente apoyar a Fern.
—¡Y tú tampoco te salvas, señorita! —le gritó Aoi al ave, apuntándola ahora con ambas manos—. ¡Te conozco! Estás ahí arriba pensando "qué lindo cuando se enfada", ¡lo veo en tus ojos! ¡Dejen de tratarme como si fuera un niño pequeño que hace berrinches! ¡Estoy sufriendo por causas ajenas!
Puddle rebotó dos veces en el aire, alto y feliz.
—¡Y tú, Puddle! ¡Tú eres el peor de todos! —se quejó Aoi, acercándose al slime con las mejillas infladas por el enfado—. ¡Te divierte demasiado mi sufrimiento! ¡Deja de rebotar así, parece que estés aplaudiendo en silencio!
El slime azul volvió a rebotar, esta vez más alto que antes.
—¡¿Por qué siento que nadie me toma en serio mis problemas existenciales?! —se dejó caer de nuevo al suelo, esta vez sentado y apoyando la barbilla en las rodillas, mirando a sus compañeros con una expresión de pura tristeza y abandono—. Soy un aventurero atormentado por la fama injusta… deberían tenerme lástima y consolarme…
Hubo un silencio breve.
Los tres continuaron observándolo. Sin moverse. Sin intervenir. Sin hacer el menor gesto de consuelo. Simplemente se quedaron allí, mirándolo fijamente, con esa calma impasible que solo ellos sabían tener. Era como si estuvieran contemplando un fenómeno natural inevitable, como ver llover o cómo caen las hojas de los árboles.
Aoi comenzó a sentirse cada vez más incómodo bajo esa mirada fija. Frunció el ceño, arqueó las cejas y abrió los ojos más y más.
—…¿Por qué me miran así? —preguntó con voz lenta y desconfiada—. ¿Por qué me miran todos con esa cara?
Fern inclinó ligeramente la cabeza hacia un lado.
Lyn hizo exactamente el mismo movimiento al mismo tiempo.
Incluso Puddle inclinó todo su cuerpo gelatinoso, copiando el gesto de los otros dos.