Solo habían pasado tres días desde que Regulus había abierto los ojos en el fondo del lago de lava, pero para el grupo parecía que había transcurrido mucho más tiempo. Fueron tres jornadas de entrenamiento intenso, recorriendo zonas profundas y peligrosas del Primer Piso, poniendo a prueba cada habilidad que habían aprendido.
Puddle perfeccionó sus ataques acuáticos: ahora el agua que lanzaba salía con mayor presión, más concentrada y con un alcance mucho mayor; incluso había logrado crear pequeñas nubes húmedas que cubrían amplias zonas. Regulus, por su parte, descubría cada día algo nuevo sobre su propio cuerpo: lo más divertido y peligroso era que podía escupir fuego sobre prácticamente cualquier cosa que le llamara la atención. En esos tres días había quemado una mochila vieja, chamuscado las copas de dos árboles y, en un descuido, había alcanzado la cola de Fern.
Afortunadamente, el enorme lobo tenía una resistencia natural al fuego casi absoluta. Sin embargo, la mirada que le dedicó al pequeño dragón después del incidente fue suficiente para que Regulus pasara los siguientes veinte minutos escondidos detrás del cuerpo gelatinoso de Puddle, asomando solo la punta de su hocico con expresión culpable.
A pesar de esos pequeños percances, el resultado era claro: ambos habían crecido. Puddle era más rápido y preciso; Regulus controlaba mejor su calor y su magia. El resto del equipo también había mejorado, coordinándose mejor en cada movimiento.
Y ahora, finalmente, había llegado el momento.
Frente a ellos se alzaba la entrada a las Ruinas Eternas, imponente y silenciosa como una montaña de piedra antigua. Dos puertas colosales, talladas con símbolos desgastados por siglos de tiempo, marcaban el límite entre el Segundo Piso y el dominio de Argos. Más allá de ese umbral no había caminos señalizados ni zonas seguras: solo un laberinto de pasillos interminables, cámaras oscuras y la presencia inamovible del gigante de piedra que custodiaba este nivel.
Aoi se detuvo unos pasos antes de cruzar el arco de entrada y observó la escena con calma. A su izquierda, Fern permanecía en silencio, sus músculos tensos bajo el pelaje negro, listo para moverse en cualquier momento. A la derecha, Lyn descansaba sobre una columna caída, limpiándose una pluma con el pico, aunque sus ojos dorados no perdían detalle de nada. Más cerca, Puddle rebotaba suavemente sobre la hierba, brillando con una luz azulada que indicaba que tenía toda su energía lista. Y entre los brazos de su avatar —una figura de cabello plateado que usaba dentro del juego— Regulus miraba todo con curiosidad infantil, moviendo la cola con impaciencia, sin saber aún la magnitud de lo que iban a enfrentar.
Detrás de ellos, a unos metros de distancia, estaban Kaede y Hina. Ya hacía varios días que se conocían bien, tanto dentro como fuera del juego; eran sus amigas más cercanas, y por eso habían insistido tanto en acompañarlo hasta allí.
—Todavía podemos ir contigo —repetía Hina, con preocupación en la voz—. Sería mucho más fácil si vamos todos juntos.
—Y mucho más seguro —añadía Kaede, cruzándose de brazos—. Argos no es un enemigo cualquiera; incluso grupos completos de jugadores experimentados suelen salir heridos o retirarse a medias.
—Lo sé perfectamente —respondió Aoi con suavidad, sin dejar de mirar las puertas de piedra.
—Entonces, ¿por qué insistes en hacerlo solo?
—Porque esta vez tengo que dar este paso por mí mismo —dijo con firmeza, pero sin dureza—. Ustedes son mis hermanas, me han ayudado desde el primer día y siempre estaré en deuda con eso. Pero si quiero seguir creciendo, si quiero conocer realmente hasta dónde puedo llegar, tengo que enfrentar esto con mis propias fuerzas.
Ambas suspiraron, sabiendo que su decisión ya estaba tomada. Lo conocían lo suficiente para saber que no cambiaría de opinión.
—Vale —dijo Kaede, acercándose para darle un leve golpecito en el hombro—. Entonces ve y demuestra de lo que eres capaz.
—Y si necesitas ayuda, solo tienes que llamar —agregó Hina con una sonrisa—. Aunque sea solo para gritar que te has metido en otro lío.
Aoi sonrió, agradecido, y con un gesto de despedida, se volvió hacia la entrada.
Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire fresco que soplaba entre las ruinas. No había nervios paralizantes, solo una sensación clara de propósito.
—Bueno —dijo en voz baja, para que todos lo escucharan—. Llegó la hora.
Fern respondió con un gruñido grave y firme, golpeando una vez el suelo con su pata delantera. Lyn extendió sus alas, lista para alzar el vuelo en cuanto fuera necesario. Puddle rebotó más alto de lo habitual, emitiendo un sonido alegre y lleno de energía. Y Regulus, levantando la cabeza desde los brazos de su dueño, soltó un pequeño rugido agudo pero decidido:
—¡Rrrr!
—Tomaré eso como una aprobación —sonrió Aoi.
Como si fuera una señal, todos respondieron al unísono:
—¡Pui! —gritó Puddle, brillando con más intensidad.
—¡Rrr! —repitió Regulus, moviendo las alas con fuerza.
Fern golpeó el suelo una vez más, y Lyn lanzó un chillido agudo que resonó entre las piedras.
Sí. Estaban listos. O al menos, tan listos como podían estar.
—Entonces vamos.
Con ese paso firme, Aoi caminó hacia adelante y cruzó el umbral de las puertas.
En el instante mismo en que sus pies pisaron el suelo de piedra más allá de la entrada, el sistema de todo el juego se activó. Primero apareció una notificación en su propia interfaz, pero en cuestión de segundos la misma información se desplegó en miles de pantallas en todo el servidor, apareciendo en ventanas flotantes, en tablones de anuncios y en las pantallas de transmisión pública.
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📢 EVENTO ESPECIAL ACTIVADO
🔹 Jugador detectado dentro del Dominio de Argos.