El jefe final que no quiere ser derrotado

Capítulo 10: El primer paso hacia las alturas

—Academia Aokigahara, azotea — atardecer —

El día había terminado, pero la escuela todavía conservaba restos de su agitación.

En algunos pasillos aún se escuchaban pasos apresurados, voces apagadas y el sonido ocasional de una puerta cerrándose en la distancia. Sin embargo, conforme uno se alejaba de las aulas y subía los últimos tramos de escalera, todo ese ruido iba quedando atrás, como si perteneciera a otro lugar.

Reika empujó la puerta de la azotea y salió al exterior.

Una corriente de aire fresco la recibió de inmediato, moviéndole ligeramente el cabello. El cielo estaba teñido por los colores suaves del atardecer, y las rejas de seguridad proyectaban sombras largas sobre el suelo de cemento. Desde allí arriba, la ciudad parecía más lejana, más silenciosa.

Necesitaba ese momento.

Había sido un día agotador.

Las propuestas para nuevos clubes habían llenado buena parte de la tarde. La mayoría habían sido rechazadas casi de inmediato, algunas por falta de sentido, otras por no cumplir con los requisitos mínimos. Solo unas pocas habían conseguido avanzar, siempre con la aprobación final del director.

Incluso así, el cansancio no venía solo del trabajo.

Todo el día había estado envuelto en la misma conversación.

El evento global del juego.

Los estudiantes no hablaban de otra cosa.

Y por primera vez en mucho tiempo, incluso ella había sentido que la escuela se movía con una energía distinta, desordenada, más impulsiva de lo habitual.

Reika avanzó unos pasos, dispuesta a disfrutar por fin de unos minutos de calma.

Entonces se detuvo.

No estaba sola.

Cerca de la reja, de pie y con el cuerpo ligeramente inclinado hacia el paisaje exterior, había otra persona.

Aoi Mizuchi.

Llevaba el uniforme masculino de la academia como siempre. La ropa estaba bien puesta, sin detalles llamativos. El cabello oscuro le caía sobre la frente y parte del rostro, mientras los lentes ocultaban aún más su mirada. Con los hombros apenas encogidos y las manos quietas a los costados, parecía un chico que intentaba pasar desapercibido incluso cuando no había nadie alrededor.

Reika lo reconoció de inmediato, aunque tardó un segundo en decidir si debía irse y dejarlo solo o simplemente quedarse.

Fue Aoi quien notó su presencia primero.

Giró un poco la cabeza hacia la puerta, y apenas la vio, pareció tensarse con discreción.

—Presidenta… —dijo en voz baja.

Reika cerró la puerta detrás de sí con suavidad.

—No sabía que había alguien aquí.

Aoi apartó la vista casi enseguida.

—Perdón. Si quiere, me voy.

La respuesta fue tan inmediata que Reika lo miró con una leve sorpresa.

—No hace falta —dijo—. La azotea no me pertenece.

Aoi se quedó quieto unos segundos, como si no hubiera esperado esa respuesta.

—Ah… está bien.

Reika caminó hasta la baranda, dejando una distancia prudente entre ambos. No buscaba incomodarlo, y él tampoco parecía alguien que disfrutara demasiado de la compañía inesperada.

Durante unos instantes no hablaron.

El viento pasaba con suavidad entre los dos, moviendo apenas la tela del uniforme y trayendo consigo el aire frío del final de la tarde.

Desde abajo llegaban ecos muy apagados de la escuela: voces lejanas, una pelota rebotando en alguna cancha, el ruido metálico de una puerta cerrándose.

—Fue un día largo —dijo Reika al final, más para romper el silencio que por otra cosa.

Aoi tardó un poco en responder.

—Sí.

Su voz salió baja, pero clara.

Reika miró hacia el cielo.

—No pensé que todo se alteraría tanto por un solo evento.

Aoi ajustó ligeramente sus lentes.

—A veces pasa. Cuando algo emociona mucho a la gente…

No terminó la frase, pero no hacía falta.

Reika asintió.

—Sí. Supongo que sí.

Volvió la calma.

Aoi no parecía incómodo exactamente, pero sí cuidadoso. Como si eligiera cada palabra antes de decirla.

Reika lo observó de reojo un instante.

Hasta ahora, sus interacciones con él habían sido mínimas. Un cruce en el pasillo, alguna presencia silenciosa en reuniones escolares, poco más. Siempre había parecido alguien retraído, de esos estudiantes que se mueven por la escuela sin llamar la atención y que, por lo mismo, suelen quedar fuera de casi todo.

—¿Vienes seguido aquí? —preguntó ella.

Aoi parpadeó, como si no esperara otra pregunta.

—A veces.

—¿Cuando quieres estar solo?

Aoi bajó un poco más la mirada, aunque la pregunta no parecía haberle molestado.

—Sí.

Reika apoyó una mano en la baranda.

—Te entiendo.

Eso hizo que Aoi levantara apenas la vista hacia ella.

No mucho.

Solo lo suficiente para mostrar cierta sorpresa.

—¿Usted también? —preguntó.

—A veces —respondió Reika—. Hay días en los que hablar con demasiada gente cansa más de lo que debería.

Aoi la observó en silencio unos segundos antes de asentir.

—Sí… eso pasa.

El comentario era simple, pero había en él una sinceridad tan directa que hizo la escena un poco menos distante.

El viento volvió a soplar.

A lo lejos, el sol descendía lentamente, tiñendo los edificios y las ventanas de tonos anaranjados.

Reika dejó que ese silencio regresara sin prisas. No era uno incómodo. Más bien era de esos silencios tranquilos que no exigen llenarse de inmediato.

Fue Aoi quien habló esta vez.

—Presidenta…

Reika giró el rostro hacia él.

—¿Sí?

Aoi dudó apenas antes de continuar.

—Gracias por no decirme que me fuera.

La sinceridad de la frase la tomó un poco por sorpresa.

No por lo que decía, sino por la forma en que lo decía. Como si de verdad hubiera esperado que lo echaran solo por estar allí primero.

Reika lo miró un momento antes de responder.

—No tenía motivo para hacerlo.



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Editado: 01.10.2026

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