[zona volcánica —exterior de la cueva—]
El peso de una decisión
El calor del volcán seguía extendiéndose por el paisaje como una respiración constante de la tierra misma. Aun lejos de la entrada de la cueva, el aire conservaba ese olor metálico y denso a azufre, ceniza y roca fundida que se pegaba a la garganta al inhalar. El suelo negro estaba cubierto de grietas incandescentes que brillaban en tonos rojizos bajo la luz anaranjada del atardecer, como si el mundo entero aún no hubiera terminado de enfriarse después del encuentro que acababan de vivir.
Aoi permanecía de rodillas sobre aquella superficie abrasadora, sosteniendo entre sus brazos el huevo que momentos antes había sido el gigantesco dragón de fuego. El objeto tenía el tamaño de una pelota grande, pero su peso era muy superior al que sugería su apariencia. La superficie rojiza y oscura emitía un calor constante que atravesaba la armadura ligera de Aoi, obligándola a sujetarlo con cuidado, como si temiera que pudiera romperse o desaparecer si aflojaba la presión.
No hablaba.
No levantaba la cabeza.
Sus pensamientos aún estaban atrapados dentro de la cueva, en el momento en que aquella criatura imposible la había llamado madre con una voz cargada de siglos de espera.
Fen permanecía sentado a su lado, vigilante, con las orejas erguidas y el cuerpo tenso, como si todavía percibiera un peligro que el resto no podía ver. Puddle se mantenía pegado a la pierna de Aoi, vibrando suavemente, mientras Lyn describía círculos cortos en el aire sobre ellos, inquieta por una razón que ni siquiera el vínculo podía explicar del todo.
El silencio duró unos segundos más de lo necesario.
Hasta que Hina estalló.
—¿En qué estabas pensando, Aoi?
Su voz no fue un simple reclamo. Fue una explosión contenida que llevaba minutos acumulándose. El eco rebotó contra las paredes rocosas cercanas y se perdió en la distancia, mezclándose con el murmullo lejano del volcán.
Aoi se encogió apenas, pero no respondió.
Kaede no levantó la voz, pero su expresión era incluso más severa que la de su hermana mayor. Sus ojos estaban fijos en Aoi con una mezcla de preocupación y frustración que rara vez mostraba.
—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? —preguntó con calma, aunque el tono dejaba claro que no era una pregunta retórica.
Aoi bajó la mirada hacia el huevo.
—…lo sé —murmuró finalmente.
Hina comenzó a caminar de un lado a otro sobre la roca oscura, incapaz de quedarse quieta.
—No, Aoi, no lo sabes —replicó—. Acabas de convertirte en el objetivo principal de todo el servidor. No de un grupo, no de un gremio… de todos los jugadores. Literalmente aceptaste ser el jefe final del juego.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire unos segundos, pesadas, reales.
Aoi no tenía respuesta para eso.
Porque era verdad.
Kaede se agachó frente a él con un suspiro más largo de lo habitual.
—Entiendo por qué aceptaste —dijo con un tono más suave—. De verdad lo entiendo. Ese dragón… no era un NPC cualquiera. Había algo en él que no podía ignorarse.
Aoi levantó la vista apenas.
—Esperó quinientos años —respondió en voz baja—. No podía decirle que no después de eso.
La sinceridad de aquella respuesta hizo que Hina dejara de caminar.
Por un momento ninguna de las dos hermanas habló.
El viento caliente sopló otra vez desde el volcán, moviendo ligeramente la falda de la armadura de Aoi y haciendo que las placas metálicas tintinearan con un sonido tenue.
—Eres imposible… —murmuró Hina al final, aunque ya no había enojo en su voz, solo resignación.
Kaede observó el huevo con atención antes de continuar.
—Al menos tenemos una ventaja —dijo—. El anuncio global no mostró tu rostro ni tu nombre. Solo el título.
Aoi parpadeó.
—¿Entonces… nadie sabe que soy yo?
—Por ahora no —respondió Kaede—. Pero eso puede cambiar en cualquier momento si alguien logra inspeccionar tus estadísticas.
Hina asintió con gravedad.
—Desde ahora tienes que ser extremadamente cuidadosa. Nada de mostrar paneles delante de otros jugadores. Nada de aceptar inspecciones. Y si alguien tiene habilidades de análisis avanzado… podría descubrirlo igual.
Aoi apretó ligeramente el huevo contra su pecho, sintiendo el calor atravesar la armadura.
La palabra objetivo volvió a resonar en su mente.
Objetivo de todos.
—…lo siento —susurró.
Hina negó con la cabeza.
—No te disculpes —dijo—. Solo… piensa un poco más antes de aceptar cosas legendarias la próxima vez.
Kaede dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Aunque conociéndote… probablemente volverías a hacerlo.
Aoi no pudo evitar soltar una risa breve, nerviosa.
—…tal vez.
Fen apoyó el hocico contra su brazo en ese momento, como si quisiera tranquilizarlo. Puddle vibró con más fuerza y Lyn descendió hasta posarse en su hombro, emitiendo un pequeño chillido suave.
Aoi sintió el peso emocional del momento descender lentamente, reemplazado por algo más estable.
No estaba sola.
Nunca lo había estado, aunque hasta ahora no lo hubiera entendido del todo.
Abrió su interfaz con cuidado y observó el nuevo panel que había aparecido tras aceptar el título.
Madre de los Dragones.
Las palabras brillaban con una intensidad distinta al resto de la información del sistema, como si no pertenecieran del todo a las reglas normales del juego.
—Esto… ya no tiene vuelta atrás —murmuró.
Kaede asintió.
—No. Pero tampoco tienes que enfrentarlo sola.
Hina se agachó a su lado y apoyó una mano en su hombro.
—Somos tu grupo —dijo—. Así que ahora ese problema también es nuestro.
Aoi cerró los ojos un instante, dejando que el calor del huevo y la presencia de sus compañeros anclaran su mente en el presente.
Por primera vez desde el anuncio mundial, comprendió realmente lo que había ocurrido.