El jefe final que no quiere ser derrotado

Capítulo 29: una decisión universal

Mientras Aoi descansaba profundamente en el mundo real, y millones de jugadores llenaban cada rincón de los foros intentando desentrañar cada detalle de la batalla, en un rincón reservado y secreto del servidor se celebraba una reunión que casi nunca tenía lugar.

Una reunión de emergencia.

Una sala circular inmensa apareció en una instancia privada, a la que solo podían acceder quienes gobernaban el juego. Las paredes estaban cubiertas por estandartes antiguos, cada uno con el emblema de un gran gremio, todos juntos bajo un mismo techo. En el centro se extendía una larga mesa de piedra pulida, y uno a uno, los líderes fueron apareciendo envueltos en destellos de luz.

Nadie habló. No hacía falta. Todos sabían perfectamente por qué estaban allí.

Cuando el último asiento fue ocupado, el anciano que presidía la mesa —la voz más respetada de todos— rompió el silencio.

—Supongo que no hace falta explicar el motivo de esta convocatoria.

Nadie respondió con palabras: solo asintieron en silencio.

Un líder de armadura oscura soltó una risa baja.

—Creo que todo el mundo en este servidor sabe de qué hablamos.

Una mujer de cabello plateado cruzó los brazos, y pronunció la palabra que todos tenían en la mente:

—La Domadora.

Solo eso bastó para que la sala volviera a quedar en absoluto silencio.

Un hombre alto apoyó ambas manos sobre la piedra, mirando a cada uno de los presentes.

—Desde que este juego comenzó, existe un acuerdo tácito —dijo con voz firme—. Cuando surge un jugador excepcional, no nos peleamos por él. Nos reunimos aquí, y decidimos quién intentará acercarse. Así evitamos guerras, persecuciones y conflictos innecesarios. Siempre ha funcionado.

Hizo una pausa breve.

—Pero hoy... las reglas cambian.

Otro líder soltó una pequeña carcajada resignada.

—El problema es simple: esta vez, todos queremos reclutarla.

Nadie lo negó. Sería absurdo. Acababan de ver cómo una sola jugadora había descubierto una fase que nadie conocía, había vencido al Protocolo de Defensa Máxima y había conquistado el Segundo Piso de una forma que nadie habría imaginado. Cualquier gremio daría lo que fuera por tenerla entre sus filas.

Entonces un hombre con armadura azul levantó la mano.

—Antes de venir aquí, hablé con las cuatro que lucharon junto a ella contra el Guardián Berserker —dijo—. No me contaron mucho, pero hubo algo en lo que coincidieron las cuatro.

Abrió una ventana pequeña en el aire.

—La Domadora prefiere jugar sola. No busca un gremio. No le interesa el prestigio, ni las competiciones, ni los rangos. Solo quiere jugar a su manera, sin ataduras.

La sala quedó en silencio unos instantes.

—¿Están seguros? —preguntó alguien.

—Eso fue lo que dijeron —respondió él—. No quiere ser parte de una organización.

Varios líderes intercambiaron miradas, y poco a poco comenzaron a asentir.

—Tiene todo el sentido —dijo uno—. Con la forma en que piensa, con la libertad que necesita para crear estrategias... un gremio solo terminaría poniéndole límites.

El anciano asintió lentamente.

—Entonces... respetaremos su decisión.

Nadie objetó. Pero entonces la mujer de cabello plateado tomó la palabra de nuevo.

—Hay algo más —dijo—. Aunque ella no quiera pertenecer a un gremio... ya tiene uno.

Varias cejas se alzaron con sorpresa. Ella sonrió y añadió:

—No oficialmente. Pero sí en la práctica.

Sobre la mesa aparecieron cuatro retratos: Reina, Reika, Hina y Kaede.

—Las cuatro son jugadoras de confianza —explicó—. Estuvieron a su lado desde el principio, lucharon con ella en las batallas más duras y siguen acompañándola cada día. Intentar separarlas sería inútil, y además... nadie abandona a quienes le dieron la mano cuando nadie más sabía quién era.

Todos estuvieron de acuerdo. El ambiente se relajó un poco más.

Entonces el anciano tomó la palabra para cerrar el asunto.

—Tomemos una decisión definitiva —dijo, y todos levantaron la vista hacia él—. Ningún gremio intentará reclutarla. No habrá presiones, no habrá ofertas insistentes, no la perseguiremos. Si prefiere jugar libre, así será.

Hubo un leve murmullo de aprobación.

—Si algún día cambia de opinión —preguntó una voz—, ¿qué haremos?

—Entonces será ella quien dé el primer paso —respondió el anciano—. No nosotros.

Otro líder añadió con firmeza:

—Y si alguna vez necesita ayuda, aunque sea la cosa más pequeña... la tendrá. Sin importar a qué gremio pertenezca quien se la dé.

—Estoy de acuerdo.

—Yo también.

—Igualmente.

Las respuestas se repitieron por toda la sala, unánimes.

El anciano cerró la reunión con una frase que quedaría grabada en la historia del juego:

—Desde hoy, la Domadora será considerada una jugadora independiente. Nadie le exigirá nada. Pero si alguna vez necesita apoyo, todos los aquí presentes estaremos listos para dárselo.

El silencio volvió a llenar el espacio. Era algo sin precedentes: por primera vez, los gremios más poderosos habían renunciado voluntariamente a reclutar al jugador más prometedor que había existido. Pero todos entendían lo mismo: no querían convertir su juego en una carga. Querían que siguiera pensando, explorando y sorprendiendo al mundo tal como lo había hecho hasta ahora.

Porque sabían que, mientras esa chica pudiera seguir caminando libre... quizá algún día volvieran a ver algo que nadie creía posible.

Muy lejos de las ciudades, muy lejos de cualquier mapa que los jugadores pudieran consultar, existía un lugar al que nadie tenía acceso.

Una pequeña sala blanca, sin puertas ni ventanas, flotando en medio de la nada. En su centro había una inmensa mesa circular, pero no había sillas para personas: en cada asiento flotaba una pequeña criatura, cada una con la forma que los desarrolladores usaban para ocultar su identidad incluso entre ellos mismos.



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Editado: 01.10.2026

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