El segundo piso de Eternal Skies Online era un mundo aparte, radicalmente distinto al primero.
Atrás quedaron las inmensas llanuras verdes y los bosques serenos donde los monstruos eran débiles y fáciles de cazar. En el instante en que cruzaron la gran puerta dimensional que conectaba ambos niveles, la atmósfera cambió por completo. El cielo estaba perpetuamente cubierto por nubes grises y pesadas, y entre la bruma se alzaban estructuras gigantescas de piedra, ruinas imponentes que parecían ser los restos olvidados de una civilización desaparecida siglos atrás. Columnas rotas emergían de una niebla baja y espesa que cubría el suelo, y escalinatas inmensas y partidas conducían hacia templos derrumbados y edificios vacíos, donde el viento soplaba con un lamento constante y lejano.
Era un lugar mucho más silencioso.
Mucho más peligroso.
Y, sin duda alguna, infinitamente más difícil.
Reika y Reina avanzaban con paso tranquilo entre los vestigios de aquella antigua ciudad, recorriendo un sendero de piedra agrietada rodeado de pilares caídos y una vegetación oscura y retorcida que crecía entre las grietas. Ambas vestían su armadura habitual, con las armas listas y al alcance de la mano, preparadas para enfrentarse a cualquier criatura del segundo piso que osara aparecer.
Sin embargo, algo extraño ocurría:
en sus rostros brillaba una sonrisa increíblemente radiante.
No era esa expresión elegante, serena y controlada que solían mostrar ante enemigos o aliados.
No.
Esta era una sonrisa cargada de satisfacción absoluta.
De diversión pura y sin filtros.
Y la razón de todo eso caminaba justo detrás de ellas.
—¡Esto es completamente humillante…! —se quejó una voz teñida de vergüenza y sufrimiento.
Detrás de ambas chicas avanzaba Aoi.
O, para ser más exactos…
avanzaba la “nueva versión” de Aoi.
Porque sí.
Como castigo por haberles ocultado su verdadera identidad durante tanto tiempo, Reika y Reina habían decidido darle “una pequeña lección”.
Y para desgracia absoluta del pobre chico…
habían decidido que la ropa sería el arma perfecta.
Pero no cualquier ropa.
Habían elegido un traje de camarera.
Un uniforme impecable, de tonos negro y blanco, con detalles de encaje finamente elaborados, mangas ajustadas que marcaban sus brazos y una falda corta que le llegaba apenas un poco más arriba de las rodillas. Cada vez que daba un paso, la tela se movía, dejando al descubierto parte de sus muslos. El conjunto se completaba con un delantal blanco, dulce y delicado, y un lazo grande y elegante atado a la espalda, justo a la altura de la cintura.
Y lo peor de todo…
es que le quedaba absurdamente bien.
Demasiado bien.
Ese era precisamente el problema.
Aoi caminaba con la cara completamente roja, sujetando la falda con ambas manos y apretándola contra sus piernas con desesperación, intentando —en vano— evitar que el viento suave que recorría las ruinas la levantara y lo dejara en evidencia.
—¿Por qué tengo que llevar puesto esto? —protestó de nuevo, sintiendo cómo el calor le subía hasta las orejas—. ¡Esto no es un castigo normal! ¡Esto es abuso psicológico y tortura emocional!
Reina tuvo que llevarse una mano a la boca para contener una carcajada que amenazaba con escaparse.
—No exageres tanto, no es para tanto.
—¿Cómo que no es para tanto? —replicó él al instante, casi a punto de llorar de la vergüenza—. ¡Mírenme bien! ¡Parezco trabajador de una cafetería temática de las que salen en las historias!
Reika caminaba al frente con una calma inalterable, aunque la pequeña sonrisa divertida que se dibujaba en sus labios la delataba por completo.
—Es el precio por habernos ocultado algo tan importante durante semanas enteras.
—¡Pero ya me disculpé mil veces! —se defendió él.
—Y no fue suficiente —respondió ella con tranquilidad.
—¡Eso no es justo ni equitativo!
A su lado, Fern soltó un pequeño gruñido que sonaba extrañamente alegre, como si disfrutara inmensamente de la desgracia de su amo. Sobre sus cabezas, Lyn revoloteaba trazando círculos perezosos, emitiendo pequeños sonidos agudos que parecían risitas.
Y lo que terminó de hundirlo…
fue Puddle. El slime azul brillante iba rebotando felizmente alrededor de Aoi, una y otra vez, con una alegría traicionera, casi como si estuviera orgulloso de verlo vestido así.
—¡Hasta ustedes se están burlando de mí! —se quejó Aoi, mirando a sus propias mascotas con ojos de súplica.
Reina ya no pudo aguantar más y soltó una pequeña carcajada clara y alegre.
—No nos culpes… es que, sinceramente, te queda muy bien.
Aoi se detuvo en seco, paralizado.
—¿Cómo has dicho?
Reika asintió con total naturalidad, sin dudar ni un segundo.
—Tiene razón. Te queda muy bien.
—¡¿Tú también te pones de su lado?!
Ambas chicas se quedaron mirándolo unos segundos en silencio.
Y luego desviaron la mirada al mismo tiempo, fingiendo observar las ruinas, solo para ocultar las sonrisas que ya no podían contener.
Porque, siendo honestas…
la escena era demasiado fuerte para no disfrutarla.
El chico que había derrotado al jefe más difícil del primer piso.
El estratega brillante que había guiado a su equipo en batallas que todos creían imposibles.
Ahora caminaba detrás de ellas, vestido de camarera, con el rostro ardiendo de vergüenza, aferrado a su falda como si fuera su única salvación y quejándose como si el mundo entero se hubiera venido abajo.
Y, por algún motivo extraño, eso lo hacía ver todavía más adorable.
—No entiendo qué gana ustedes con esto… —murmuró Aoi, con la voz cargada de tristeza absoluta y derrota.
—Es sencillo: es divertido —respondió Reina con una sonrisa traviesa.
—¡Para nada es divertido! ¡Es una pesadilla!
—Para nosotras sí lo es —remató Reika con calma.