El bullicio en torno a la caravana Remedios de Kyouka era mayor de lo que Aoi había anticipado. El espacio, amplio y cubierto por la lona oscura que servía de techo, estaba lleno de vida: jugadores de todas las clases y niveles entraban y salían en un flujo constante, sus voces mezclándose con el sonido de monedas al chocar y el tintineo suave de los frascos de vidrio. Un aroma profundo y dulce, una mezcla de hierbas secas, resinas antiguas y polvos mágicos, flotaba en el aire, impregnando cada rincón.
Algunos venían apresurados, buscando pociones curativas o antídotos urgentes antes de adentrarse en las zonas peligrosas del Segundo Piso. Otros llegaban cargados de materiales recolectados, esperando obtener un precio justo por su esfuerzo. Y había quienes simplemente se acercaban para pedir un consejo, pues todos sabían que aquí, más que mercancía, se encontraba sabiduría. Quedaba claro que Kyouka, la Boticaria Errante, no era solo una comerciante más; era una institución en este nivel, respetada y buscada por igual.
Aoi avanzó despacio, dejando que sus ojos recorrieran los estantes y anaqueles que cubrían las paredes del carro. Había frascos de todos los tamaños, alineados con una precisión impecable, conteniendo líquidos de colores brillantes que parecían tener vida propia. Montones de hierbas raras, cristales que brillaban con luz propia, pergaminos sellados con lacre antiguo y polvos extraídos de las criaturas más singulares del juego. Incluso vio ingredientes que, a pesar de todo lo que había recorrido y aprendido, jamás había visto en persona, cosas que solo se mencionaban en leyendas o libros antiguos.
—Increíble... —murmuró bajito, maravillado ante tanta variedad y orden.
—Vaya.
La voz llegó suave, clara y melodiosa desde el otro lado del mostrador, cortando el ruido ambiente como una brisa fresca.
—Así que realmente viniste. Te tomaste tu tiempo, pero al final cumpliste.
Aoi levantó la vista de inmediato.
Allí estaba ella, recostada con elegancia sobre el borde de madera, observándolo con esa calma que parecía ser su sello distintivo. Su cabello blanco, brillante como la nieve recién caída, caía en una trenza larga y perfecta sobre su hombro, y detrás de su máscara negra, sus ojos dorados brillaban con un destello de diversión y astucia que hizo que un escalofrío leve recorriera la espalda de Aoi. Tenía la sensación de que esa mujer sabía mucho más de lo que decía, y eso siempre era inquietante.
—¿Eh? —fue lo único que logró decir, sintiendo que ya estaba en desventaja desde el primer segundo.
Kyouka sonrió con la mirada, se enderezó lentamente y apoyó un codo sobre el mostrador, entrelazando los dedos bajo su barbilla. Luego, con un movimiento lento y deliberado, comenzó a señalar.
Primero señaló hacia la derecha, donde Fern permanecía inmóvil, tan grande que parecía una sombra hecha realidad, con el pelaje negro erizado y los ojos rojos vigilando cada movimiento a su alrededor.
—Lobo gigante, de raza antigua, sumamente raro y extremadamente territorial —dijo ella con tono descriptivo, como si estuviera leyendo una ficha técnica—. Solo hay uno registrado en todo este servidor.
Luego levantó la mano y señaló hacia arriba, hacia el lomo de la bestia, donde Lyn estaba posada con las alas plegadas, el plumaje dorado y azul brillando bajo la luz, mirando a todos con esa altividad arrogante de quien sabe que es superior a cualquier cosa a su alcance.
—Ave legendaria, guardiana de los cielos, orgullosa hasta el punto de ser insoportable —continuó sin titubear—. Cualquier jugador mataría por tener una sola pluma de esa criatura.
Y finalmente, bajó la mano hasta su propio pecho, señalando hacia el pequeño ser brillante que descansaba felizmente en el hombro de Aoi.
—Y un slime... que no se parece a nada que haya visto en mis años de juego. No es común, no es tóxico, no es ácido... es simplemente... raro. Y muy inteligente, por lo que veo.
—Puiii —hizo Puddle, rebotando suavemente y brillando con más fuerza, orgulloso de haber sido mencionado.
Kyouka asintió con la cabeza, satisfecha con su propio análisis.
—Sí. Definitivamente eres tú. No hay dos personas en todo este mundo que caminen con un equipo así.
Aoi sintió el deseo repentino de desaparecer en el suelo o de que se lo tragara la tierra. Bajó la mirada, resignado.
—... Supongo que no es tan difícil reconocerme, ¿verdad?
—¿Difícil? —la comerciante soltó una risa suave, clara y divertida—. Querida, es imposible NO reconocerte.
Señaló nuevamente hacia Fern, y el lobo levantó una oreja, atento, como si entendiera perfectamente de qué hablaban.
—La mitad de la ciudad no habla de otra cosa que no sea ese lobo. Dicen que es más grande que algunas casas y que su sola presencia congela la sangre —explicó con naturalidad.
Luego su mirada se posó en Lyn, que infló el pecho y abrió un poco las alas, aceptando los elogios como si fueran tributos que se le debían.
—Y la otra mitad está obsesionada con esa ave. Dicen que verla volar es casi un milagro y que quien la tenga de aliada tiene la victoria asegurada.
Finalmente, miró al pequeño slime que ahora le hacía gestos con sus pequeños tentáculos brillantes.
—Y en cuanto a esto... nadie entiende qué es, qué hace o de dónde salió. Solo saben que brilla, que salta y que te sigue a todos lados. —Ella inclinó la cabeza, confundida pero divertida—. Ni siquiera sé si eso te ayuda a pasar desapercibida o si empeora todo lo demás.
—Pui —respondió Puddle, con total inocencia.
Aoi se cubrió el rostro con una mano, sintiendo el peso de la realidad.
—Necesito cambiar de apariencia. Urgentemente. Cambiar de ropa, de peinado, de todo...
—Llegas tarde para eso —Kyouka negó con la cabeza, disfrutando visiblemente de la situación—. Ya eres famosa. Tu imagen, tu silueta y tu compañía son tan conocidas que incluso si te pones una armadura completa y te cubres la cabeza, solo verlos a ellos llegar será suficiente para decir: "Ah, ya está aquí la domadora".