El jefe final que no quiere ser derrotado

Capítulo 16: después de la batalla

La mañana llegó con una rapidez cruel, como si el tiempo se hubiera acelerado solo para molestarlo.

Para Aoi, prácticamente no había existido. La noche se había desvanecido en parpadeos breves y sueños entrecortados, y el descanso había sido tan superficial que se sentía como si no hubiera dormido nada en absoluto.

El sonido agudo de la alarma vibrando sobre la mesa de noche apenas logró abrirse paso entre la pesada niebla de sueño que todavía lo mantenía atrapado. Su mano salió perezosamente por debajo de la sábana, tanteando el aire a ciegas en busca del teléfono… pero sus reflejos estaban tan lentos que, en lugar de encontrarlo, su cuerpo se inclinó demasiado hacia el borde.

Y al segundo siguiente—

¡PUM!

Su cabeza quedó colgando peligrosamente fuera de la cama, meciéndose un poco por el impulso, mientras el resto de su cuerpo todavía permanecía estirado sobre el colchón en una postura completamente incómoda y ridícula.

—…mmmgh… —un quejido apagado y ronco escapó de sus labios, tan bajo que apenas se escuchó a sí mismo.

Se quedó así unos segundos, completamente inmóvil, como si hubiera decidido quedarse en esa posición para siempre. Su cabello negro y algo largo caía hacia el suelo como una cortina desordenada, y sus lentes estaban torcidos, medio salidos de su rostro y medio apoyados contra la almohada, a punto de caer. Todo a su alrededor parecía girar lentamente, como si el mundo entero estuviera tan cansado como él.

La alarma seguía sonando, insistente y molesta.

—No quiero ir… —murmuró con voz arrastrada, casi inaudible, sin molestarse siquiera en abrir los ojos del todo.

Estiró el brazo otra vez, luchando contra su propia pesadez, y esta vez logró alcanzar el aparato con los dedos torpes, apagándolo de un golpe brusco y poco elegante. El silencio volvió a llenar la habitación, pero no trajo paz ni alivio… solo le recordó crudamente que ya estaba despierto y que no tenía excusas para quedarse ahí.

Y que tenía que levantarse.

—¿Por qué tenía que ser justo hoy…? —susurró al aire, como si el destino pudiera escucharlo y arreglar las cosas de inmediato.

Sin mucha ceremonia, se dejó caer completamente al suelo, aterrizando sobre su espalda con un golpe suave, y se quedó ahí mirando fijamente hacia el techo con los ojos entrecerrados y vidriosos.

Las ojeras oscuras bajo sus ojos eran profundas, marcadas e imposibles de ignorar; parecían dos manchas moradas que le daban una apariencia agotada y frágil.

Su mente volvió, inevitablemente, a lo ocurrido horas atrás.

La noche anterior seguía presente en su cabeza con una claridad dolorosa.

La batalla que había durado lo que pareció una eternidad.

El rugido ensordecedor del jefe final, capaz de hacer vibrar el suelo virtual bajo sus pies.

El momento crítico en el que todo parecía perdido y la caída final que casi los destruye.

Las órdenes. Las estrategias. Los movimientos milimétricos.

Y después… el estallido de las voces. Los gritos de victoria. Las risas y los aplausos de quienes habían visto todo a través de las pantallas.

Pero cuando todo eso se apagó y tuvo que desconectarse, solo quedó el silencio absoluto.

Y un vacío extraño que se instaló en su pecho, dejándolo agotado hasta el alma.

Aoi cerró los ojos con fuerza por un segundo, tratando de alejar los recuerdos.

—Solo cinco minutos más… —rogó en voz baja, sabiendo perfectamente que no tenía ni cinco segundos extra.

Con un suspiro largo, profundo y totalmente derrotado, se incorporó lentamente del suelo, arrastrando los pies pesadamente hasta llegar al baño. Cada movimiento le costaba un esfuerzo inmenso; sentía el cuerpo entumecido, los músculos tensos y doloridos, como si hubiera estado peleando de verdad durante horas en lugar de haberlo hecho a través de una pantalla. Era una sensación extraña, como si su cuerpo hubiera vivido la batalla tanto como su mente.

El agua fría que se echó en la cara apenas logró despejarlo un poco, sirviendo solo para quitarle la sensación de sueño pegajoso, pero sin devolverle ni una pizca de energía.

Cuando terminó y se quedó mirando su propio reflejo en el espejo, se quedó unos segundos observándose con desánimo.

Cabello revuelto y difícil de peinar.

Ojos cansados y sin brillo, ocultos detrás de unos lentes que le resbalaban un poco por la nariz.

Expresión apagada, sin vida, como si nada pudiera interesarle o emocionarlo.

Nada en ese chico de aspecto tranquilo y algo desaliñado daba la más mínima pista de que, apenas unas horas antes, había sido el centro de atención de todo un servidor de juego. Nada delataba que había tomado decisiones cruciales, guiado a cientos de personas y logrado lo que muchos consideraban imposible.

—…qué horror de cara tengo hoy… —murmuró para sí mismo, ajustándose los lentes con desgana.

Se vistió sin muchas ganas, poniéndose la misma ropa de siempre con movimientos mecánicos y automáticos, sin prestar atención a si estaba bien puesto o no. Tomó su bolso escolar del respaldo de la silla, se colgó los audífonos alrededor del cuello —aunque ni siquiera pensaba escuchar música, solo era una costumbre— y salió de la casa mientras soltaba un bostezo tan grande que casi se le rompen las mandíbulas.

El aire de la mañana era fresco y limpio al golpearle la cara.

Pero ni siquiera eso ayudó demasiado.

Aoi caminaba arrastrando los pies por la acera, con los ojos medio cerrados y la cabeza baja, bostezando cada pocos pasos como si fuera la única actividad que le quedaba energía para hacer. De vez en cuando murmuraba algo por lo bajo, quejándose de su propia suerte o culpando a todo lo que se le ocurriera por su estado actual.

—Tenía que ser justo hoy el día que tengo que venir…

—Debí haberme quedado despierto un poco menos… o un poco más… qué sé yo…

—Todo es culpa de ese jefe estúpido y sus ataques interminables…



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Editado: 01.10.2026

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