Después de separarse de Reina y dejarla ir hacia su salón de clases, Reika no se dirigió a su propia aula como era lo habitual. Algo en su cabeza le daba vueltas sin parar, una sensación extraña que no lograba explicar del todo, una mezcla de preocupación genuina y esa pequeña duda persistente que se había instalado en su mente desde hacía rato. Pensaba en el chico, en lo pálido que se veía, en lo agotado que estaba, y sobre todo en esa reacción tan intensa de gratitud que le había mostrado hace unos minutos. Sin darse cuenta, sus pasos la llevaron en dirección contraria a las aulas, avanzando decidida por los pasillos hasta llegar a la puerta con el cartel que indicaba la enfermería escolar.
Empujó la puerta suavemente y entró. El lugar era amplio, luminoso pero tranquilo, con un olor suave a desinfectante y hierbas relajantes que inmediatamente invitaba al reposo. Al fondo, de pie frente a un armario de medicamentos, estaba la enfermera: una mujer joven, de unos treinta y cinco años, pero con una apariencia tan fresca y una energía tan viva que parecía mucho menor. Tenía el cabello recogido en una coleta alta y se movía con agilidad y destreza, acomodando frascos y cajas con cuidado. Al escuchar el sonido de la puerta, se giró y al ver quién era, le dedicó una sonrisa amable y cálida.
—Buenos días, Reika —saludó con voz suave y alegre—. ¿Se te ofrece algo o te sientes mal?
Reika se acercó unos pasos, manteniendo su postura educada y serena de siempre, aunque por dentro la curiosidad y la preocupación seguían creciendo.
—Buenos días, señorita —respondió con cortesía—. No es para mí, gracias. Quería preguntarle si ha venido hace poco un alumno, un chico de cabello oscuro, que se sentía muy cansado y mal de salud.
La enfermera asintió con la cabeza de inmediato, señalando con un gesto de mano hacia el fondo de la habitación, donde varias camillas estaban dispuestas en fila, separadas entre sí por cortinas gruesas de color azul claro. Una de esas cortinas estaba completamente corrida, cerrada herméticamente para bloquear cualquier rayo de sol y mantener el ambiente en una penumbra reconfortante y silenciosa.
—Sí, claro que vino —dijo ella con voz tranquila—. Llegó hace apenas unos minutos, casi no podía ni caminar de lo dormido que estaba. Le dije que se acostara y se quedara todo el tiempo que necesitara. Todavía está ahí, descansando profundamente. No se ha movido nada desde que se acostó.
—Gracias, se lo agradezco mucho —respondió Reika con una leve inclinación de cabeza.
Sin perder tiempo, caminó directamente hacia la camilla indicada y deslizó la cortina con mucho cuidado para no hacer ruido ni perturbar el silencio. Al entrar en ese pequeño espacio cerrado, la luz disminuyó notablemente, creando una atmósfera suave y acogedora. Allí, sobre el colchón limpio y cómodo, estaba él.
Aoi dormía de lado, con el cuerpo ligeramente encogido en una postura relajada y totalmente entregada al sueño profundo que al fin había logrado alcanzar. Sus lentes ya no estaban sobre su nariz; habían sido retirados y descansaban con cuidado sobre una pequeña mesa auxiliar de madera, justo al lado de la cabecera. Su cabello oscuro y algo largo se había desordenado aún más al dormir, cayendo en mechones sueltos y rebeldes sobre su frente, sus mejillas y sus ojos, cubriendo gran parte de su rostro como una cortina natural.
Reika se quedó de pie un instante mirándolo, sintiendo cómo esa mezcla de sentimientos volvía a apoderarse de ella. Se acercó despacio y tomó asiento en la silla que había junto a la camilla, observándolo con atención, con el ceño levemente fruncido por la preocupación. Lo había visto hacía un rato, sí, pero entre el cabello que le tapaba la cara y los lentes siempre puestos, nunca había podido ver bien su rostro, especialmente la zona debajo de los ojos. Y ahora, al recordar lo que ella y Reina habían hablado antes, sentía una necesidad casi urgente de ver si esas terribles ojeras que imaginaba eran tan profundas como sospechaba.
—Tiene que estar terriblemente cansado… —murmuró para sí misma en voz muy baja.
Con mucho cuidado, extendió lentamente su mano derecha hacia él, moviéndose con la máxima delicadeza posible para no despertarlo. Sus dedos rozaron suavemente los mechones de cabello oscuro que caían sobre su rostro, y con un movimiento lento y suave, los apartó hacia un lado, apartándolos de su frente y sus mejillas para finalmente poder ver su cara completamente descubierta.
Y en ese preciso instante… el mundo de Reika se apagó por completo.
Fue como si de repente todo a su alrededor dejara de existir. El sonido de la respiración tranquila de Aoi, el murmullo lejano de la enfermera, la luz suave que entraba por las ventanas… todo desapareció de golpe, dejándola en un silencio absoluto y aturdidor. Sus ojos se abrieron mucho más de lo habitual, fijos en el rostro del chico que tenía delante, y su mente quedó en blanco, incapaz de procesar lo que estaba viendo.
Allí, frente a ella, con los ojos cerrados y una expresión tranquila y relajada, estaba el chico que parecía un desastre, el que se quedaba dormido en clase y lloraba de gratitud por una ayuda pequeña… pero al ver su rostro despejado, sin el cabello que lo ocultaba, la realidad la golpeó con la fuerza de un rayo.
Porque, sin querer, sin buscarlo, acababa de descubrir la verdad más grande y sorprendente de todas.
Esos rasgos suaves, la forma de sus cejas, la línea de su mandíbula, la forma en que sus pestañas caían sobre sus mejillas… todo, absolutamente todo en él, se parecía de manera asombrosa, increíble y casi imposible, a la misma chica con la que habían luchado codo a codo durante horas la noche anterior. A la líder misteriosa, fuerte, decidida y brillante que había guiado a todo el equipo hacia la victoria más importante en la historia del juego. A la persona con la que llevaban hablando y compartiendo estrategias durante dos semanas enteras, a la que admiraban profundamente y de la que tanto se preguntaban quién era en la vida real.