La habitación estaba sumida en un silencio absoluto, de esos que parecen pesar en el aire, densos y tranquilos a la vez. Fuera, la noche cubría la ciudad como un manto oscuro; solo se alcanzaba a escuchar el zumbido constante y suave del ventilador en la esquina, mezclado con el ruido lejano, casi imperceptible, de algún automóvil que atravesaba las calles vacías a estas horas. La luz de la luna, pálida y lechosa, se filtraba por entre las cortinas entreabiertas, dibujando sombras alargadas y difusas sobre el suelo de madera y los muebles, iluminando apenas el espacio sin llegar a romper la penumbra.
Aoi permanecía acostado boca arriba sobre su cama, con los brazos relajados a los costados y la mirada fija en el techo, donde la oscuridad ocultaba las formas de siempre. Las luces estaban totalmente apagadas, y en esa soledad, por primera vez en lo que le pareció una eternidad, no había nada más que él.
Por primera vez en todo el día… no había monstruos acechando en la niebla.
No había otros jugadores corriendo, peleando o hablando sin cesar.
No había jefes colosales esperando ser derrotados en alguna torre olvidada.
No había reuniones urgentes del consejo estudiantil ni obligaciones que cumplir.
Ni tampoco dragones, ni huevos, ni destinos que cargar sobre los hombros.
Solo estaba él.Y sus pensamientos, que giraban y giraban en su cabeza como hojas arrastradas por el viento, sin encontrar dónde detenerse.
—...
Soltó un suspiro largo, profundo, de esos que parecen llevarse consigo todo el aire y la energía acumulada. Habían pasado apenas unas semanas desde que todo comenzó. Unas pocas semanas contadas con los dedos de una mano, y sin embargo, al mirar hacia atrás, le parecía que habían transcurrido meses, tal vez incluso años. Tiempo lleno de emociones, peligros y cambios tan grandes que sentía que había vivido una vida entera en ese breve lapso.
Giró lentamente la cabeza hacia un lado, hacia la oscuridad donde adivinaba la silueta de su mesa de estudio, y susurró con voz baja, cargada de una extraña mezcla de cansancio y asombro:
—¿Cómo terminé así…?
El silencio fue la única respuesta. Por supuesto. Ni siquiera él mismo conocía la contestación a esa pregunta. Todo había sucedido tan rápido, de forma tan natural y a la vez tan caótica, que no podía señalar el momento exacto en el que su vida dejó de ser sencilla.
Al principio, todo era solo un juego. Una simple distracción virtual, nada más. Algo para llenar las tardes vacías, algo que sus hermanas le habían insistido en probar. Algo para compartir con ellas, para salir un poco de la rutina monótona y gris que siempre había sido su vida. Solo quería eso: jugar un rato, divertirse y volver a su realidad sin consecuencias.
Y ahora… ahora todo era diferente. Todo había cambiado de raíz.
Ahora, dentro de ese mundo digital, era una chica. Una figura misteriosa y poderosa conocida por todos.
Era la Madre de los Dragones. Un título que no sonaba solo a leyenda, sino a algo mucho más grande, mucho más peligroso. Para todo el servidor, esa figura no era una aliada, ni una amiga, ni una simple jugadora experta. No. Para todos los demás, la Madre de los Dragones era, básicamente, el jefe final. La meta última, la amenaza suprema, la existencia que todos soñaban con encontrar y derrotar algún día. Nadie sabía quién era, qué jugador se escondía tras esa identidad, ni dónde encontrarla… pero todos coincidían en una cosa: era el objetivo definitivo.
Y él… él llevaba ese título sin quererlo.
Era la persona más buscada, la más temida y la más misteriosa de todas.
Era la responsable de haber vencido al primer jefe Berserker, una hazaña que pocos creían posible y que solo había aumentado las leyendas a su alrededor.
Era la domadora solitaria, la enigmática aventurera que recorría los mapas acompañada solo por criaturas extraordinarias.
Y posiblemente, sin quererlo ni buscarlo, se había convertido en la existencia que todos querían destruir algún día.
Solo dos personas en todo el mundo conocían la verdad.
Solo dos personas sabían que ese temido objetivo final, esa leyenda viviente, era simplemente él.
Hina.
Y Kaede.
Sus hermanas.
Las únicas que sabían todo. Las mismas que le habían dicho que todo sería divertido. Las únicas culpables, si es que alguien tenía la culpa, de todo este lío maravilloso y aterrador en el que se había metido.
—No debí escucharlas… —murmuró, con la voz apagada, recordando sus palabras de hace unas semanas, tan llenas de entusiasmo e inocencia.
—“Será divertido”, dijeron… —repitió con tono melancólico, mirando la oscuridad del techo.
—“Juguemos juntos, será una aventura”, dijeron…—“Nada malo puede pasar, es solo un juego”, dijeron…
Aoi apretó con fuerza la almohada que tenía al lado, como si así pudiera aferrarse a esa promesa que nunca se cumplió.
—Mentiras… —susurró suavemente. —Absolutas y hermosas mentiras…
Porque ahora, gracias a esas mentiras, tenía un lobo gigante que podía derrumbar muros con solo un aullido.
Tenía un ave legendaria, hermosa y orgullosa, que muchos darían todo por ver.Tenía un pequeño slime alquimista, extraño y brillante, capaz de crear cosas que nadie más entendía.Y tenía un huevo. Un huevo antiguo, cubierto de llamas, que pronto nacería y traería consigo un dragón de fuego.
Además, todo el servidor quería encontrarlo. No para hablar, ni para hacer equipo, sino para vencerlo. Porque para el resto, él no era Aoi, ni un chico normal, ni una compañera de aventuras… él era el monstruo final que debía ser derrotado para completar el juego.
Definitivamente, algo había salido mal. Muy mal. O tal vez, demasiado bien, aunque fuera difícil decirlo.
Pero entonces, entre esa melancolía y ese cansancio, una pequeña sonrisa tranquila y sincera apareció en sus labios.
Porque si era totalmente honesto consigo mismo… no estaba aburrido.