El camino hacia la zona del jefe del primer piso era mucho más silencioso de lo que cualquiera habría esperado.
No porque faltaran jugadores.
De hecho, era todo lo contrario.
Mientras más se acercaban a la región del Orc General, más personas aparecían en el camino. Algunos estaban en grupos pequeños, otros en escuadras completas, y muchos simplemente observaban desde lejos, como si quisieran memorizar el lugar antes de atreverse a entrar algún día.
La ruta avanzaba entre colinas de piedra oscura, árboles secos y restos de antiguas empalizadas destruidas. En algunos sectores todavía podían verse armas rotas clavadas en el suelo, trozos de armadura abandonados y manchas oscuras sobre la tierra.
Pruebas silenciosas de todos los grupos que habían intentado avanzar antes que ellos.
El grupo de Aoi caminaba junto por un sendero estrecho que descendía hacia una zona más baja del mapa.
Fen iba adelante, olfateando el aire.
Lyn volaba por encima de ellos, desapareciendo a ratos entre las nubes bajas para luego volver a aparecer.
Puddle rebotaba feliz alrededor de Aoi, ajeno por completo a la tensión.
Todos llevaban mejor equipo que una semana atrás.
Las armaduras habían cambiado.
Las armas también.
Incluso las bolsas que llevaban a los costados se veían más llenas.
Durante esos siete días habían farmeado todo lo posible.
Pociones de recuperación.
Pociones de energía.
Frascos de veneno.
Objetos de parálisis.
Bombas de humo.
Todo lo que pudiera servir en caso de emergencia.
No podían darse el lujo de improvisar.
No contra un jefe de piso.
Hina caminaba con las manos detrás de la cabeza, como si estuviera dando un paseo normal.
—Si todo sale mal —dijo de pronto—, al menos tendremos una muerte bastante épica.
Reina soltó una risa.
—Habla por ti. Yo no pienso morir.
—Eso dicen todos antes de morir —respondió Hina.
—Y aun así aquí sigo.
Kaede soltó un pequeño suspiro mientras revisaba una interfaz flotante.
—¿Podrían dejar de hablar de morir antes de llegar?
—Ay, qué aburrida eres —murmuró Reina.
Reika caminaba un poco más adelante, observando el camino sin dejar de mantenerse atenta al entorno.
—Prefiero aburrida a imprudente.
Reina sonrió de lado.
—Eso sonó como algo que diría una profesora.
—Y eso sonó como algo que diría alguien que necesita una profesora.
Hina soltó una carcajada tan fuerte que hasta Puddle vibró de emoción.
Reina miró a Reika con falsa ofensa.
—¿Escuchaste eso, Aoi? Me acaba de insultar.
Aoi, que caminaba unos pasos detrás junto a Fen, levantó un poco la vista.
—Creo que solo dijo la verdad.
Hubo un segundo de silencio.
Luego Hina comenzó a reír todavía más fuerte.
Incluso Kaede tuvo que cubrirse la boca para no sonreír demasiado.
Reina abrió un poco los ojos.
—¿Tú también?
Aoi apartó la mirada casi de inmediato, un poco avergonzada por haber respondido tan natural.
—Lo siento...
—No, no —dijo Reina—. Me sorprendió, eso es todo.
Reika observó a Aoi un momento antes de desviar de nuevo la mirada hacia el frente.
La tensión seguía ahí.
Todos podían sentirla.
No importaba cuánto bromearan o cuánto intentaran actuar como si fuera una misión más.
No lo era.
Era un jefe de piso.
Y eso significaba algo muy distinto.
Los jefes de piso no eran simplemente monstruos grandes.
Eran barreras.
Pruebas.
Muros que separaban una parte del mundo de la siguiente.
Y por eso mismo, cada vez que un grupo decidía enfrentarlos, todo el servidor lo sabía.
Kaede fue quien lo mencionó cuando la conversación bajó un poco.
—Por cierto... una vez que entremos al área del jefe, ya no habrá vuelta atrás.
Aoi levantó un poco la cabeza.
—¿Por la barrera?
Kaede asintió.
—Sí. Y porque el sistema anunciará que un grupo inició el combate contra el jefe del piso.
Hina soltó una pequeña risa nasal.
—Eso va a ser divertido.
Reina arqueó una ceja.
—¿Divertido?
—Todo el servidor viendo cómo nos va —respondió Hina—. Nada de presión.
Aoi se tensó apenas.
—¿Todo el servidor?
Kaede asintió con calma.
—Y no solo este servidor. Todos.
Aoi abrió un poco más los ojos.
—¿Todos?
—Es un sistema heredado de la beta —explicó Hina—. Cuando un grupo inicia una pelea contra un jefe de piso, aparece una transmisión global. Todos pueden verla desde las ciudades, los menús o las pantallas de los gremios.
Reina cruzó los brazos.
—Una especie de espectáculo.
—Exacto —dijo Hina—. Los desarrolladores querían que derrotar a un jefe de piso se sintiera importante.
Aoi bajó un poco la mirada.
Eso cambiaba mucho las cosas.
No era solo que fueran a pelear contra el Orc General.
Era que lo harían delante de todo el mundo.
Cada error.
Cada movimiento.
Cada caída.
Todo sería visto.
Reika notó el cambio en su expresión.
—¿Te pone nerviosa?
Aoi tardó un segundo en responder.
—Un poco...
Reina soltó una sonrisa de lado.
—Ya estamos aquí. Es tarde para ponerse nerviosa.
Kaede miró a Aoi con suavidad.
—No tienes que pensar en la gente que estará mirando.
—Solo piensa en el grupo —añadió Reika—. Lo demás no importa.
Aoi levantó un poco la vista hacia ellas.
No sabía si eso bastaba para quitarle la presión del pecho.
Probablemente no.
Pero ayudaba.
Porque, aunque miles de personas fueran a mirar esa pelea...
las únicas personas que realmente importaban ahí
eran las que caminaban a su lado.
El sendero descendió un poco más.
Y entonces el ambiente cambió.
El aire se volvió más pesado.
Más frío.
A lo lejos, entre árboles muertos y piedras enormes, comenzaban a levantarse las primeras estructuras derrumbadas del territorio del Orc General.