Día 9 del 2ndo Éter.
Tras todo el revuelo causado por la demencia de Aisha, los padres de Sera se marcharon a ocuparse de sus asuntos de espías veteranos. Los demás permanecieron en silencio, quizá rumiando algún plan para destruir el legado de El Har desde dentro.
Alfonnse se había ofrecido voluntario para investigar qué se ocultaba en aquel laboratorio que habían descubierto, pero todos sabían que era una misión demasiado peligrosa como para garantizar su regreso con vida.
Nora apenas lo conocía, pero era evidente que él deseaba hacer las cosas bien. Quería redimirse por su pasado como Nard.
Nora se sentó en el suelo junto a los demás. Estaban agotados, y necesitaban descansar para lo que se avecinaba. Especialmente ella, con aquella herida en el hombro que le seguía punzando con cada movimiento.
Repasó mentalmente todo lo ocurrido, hasta que, sin quererlo, comenzó a reproducir una por una las eliminaciones que había llevado a cabo con sus propias manos.
En aquel Oscuro que eliminó con su propia arma.
Aunque algunas balas se habían incrustado en costados, piernas o brazos, el desenlace era inevitable: sus vidas terminarían apagándose tarde o temprano. Así que sí, ella también cargaba con la responsabilidad de haberlas extinguido.
No sabía exactamente cómo sentirse. ¿Asqueada? ¿Empoderada? ¿Resolutiva?
Lo cierto era que, gracias a ello, seguía con vida. Fue en defensa propia, lo sabía… y, sin embargo, no podía evitar sentirse culpable. Aquellas personas, aunque obedecieran órdenes y les hubieran inculcado una forma de pensar distinta, seguían siendo humanos.
Como ella.
Los demás se habían reunido alrededor de Aisha, curiosos por entender cómo funcionaba la demencia y cómo se sentía vivirla. Nora, aunque no participaba, no pudo evitar escuchar desde su rincón.
—O sea, ¿eliminas gente mientras estás en una especie de trance? —resumió Aksel.
Su hermana, sin dudarlo, le dio un manotazo en la nuca por su falta de tacto.
—Más bien diría que lo que veo es… una realidad alterada —respondió Aisha con una media sonrisa que se parecía más a una mueca.
—Entonces, ¿no sabes que has entrado en la demencia hasta que sales de ella? —preguntó Elya, interesado.
Aisha asintió.
Nora la observó en silencio. Hasta antes de entrar a los túneles, ni siquiera sabía que aquella chica existía.
Se notaba que Aisha estaba haciendo un gran esfuerzo por contar esa parte de sí misma que durante tanto tiempo había tratado de ocultar. Pero también era evidente que, poco a poco, empezaba a sentirse más segura. Más dueña de su historia.
Ahora que todos comprendían en qué consistía la demencia, la temían más que nunca. Nadie imaginó que aquella enfermedad pudiera someterte hasta el punto de convertirte en una amenaza para cualquiera que se cruzara en tu camino, sin excepción. Y aunque ya conocían su naturaleza, no podían asegurar que afectara a todos de la misma forma ni que siguiera idénticos procesos en cada caso.
—Y tu ordenación como Gard fue a lo grande —continuó el hermano de Kaia, ahora esquivando el segundo manotazo de ella.
Antes de que pudiera añadir algo más, la General Emilie y el Comandante Leo se acercaron junto a ellos. El Teniente, en cambio, no había vuelto a aparecer desde su enfrentamiento con Aisha. Probablemente seguía dándole vueltas a lo sucedido… o ya estaba sumido de nuevo en sus estrategias.
—Siento aguaros la fiesta, pero debo recordaros que tuvimos un traidor entre nosotros —comenzó Emilie, cruzándose de brazos.
La tensión se apoderó del ambiente. Habían logrado evadir la realidad por unos minutos… pero eso no cambiaba lo que había pasado.
—Tenemos que encontrar cualquier prueba que nos revele las verdaderas intenciones de Sera —añadió Leo—. Tal vez siempre estuvo delante de nosotros, y simplemente no lo vimos.
—Nora, tú llegaste a hacerte muy amiga de ella —continuó Emilie, mirándola con seriedad—. Creo que serías la más indicada para esta tarea.
—Claro. Ayudaré en lo que pueda —respondió, con un leve asentimiento.
—Perfecto. Pero no te esfuerces demasiado con ese hombro.
Dicho esto, Nora se incorporó con cuidado. Aún no tenía claro por dónde empezar. Lo más probable era que, si Sera había planeado algo, lo hubiera hecho fuera de la base… o con ayuda externa.
Pensar en ella de esa forma solo intensificaba el sentimiento de traición. Le costaba aceptar que pudiera haberles hecho algo así. No le cabía en la cabeza.
—Te acompaño —dijo Aisha de pronto.
Nora no sabía por qué se ofrecía a ayudar, pero le pareció bien. Agradeció su presencia en silencio.
—¿Dónde crees que podríamos empezar? —preguntó Aisha, mientras el resto del grupo se dispersaba entre habitaciones, entrenamientos y otras tareas.
—No creo que Sera escondiera algo en su habitación… ¿o sí?
—Vamos a averiguarlo.
Entraron en la habitación con una sensación de melancolía. Todo estaba exactamente como Sera lo había dejado, como si el espacio mismo esperara a que su dueña regresara.