En los cielos

Capítulo 28: La búsqueda del engaño

Día 1 del 1er Nexo del año 535 DLS

Elya, Nora y Leo buscaban una salida alternativa, pero todas las puertas metálicas parecían selladas y el eco de sus pasos resonaba entre las paredes del palacio, mezclándose con los ruidos cada vez más cercanos de los Oscuros. Cada enfrentamiento les dejaba más exhaustos; la pelea con Los Hansa les había drenado casi toda su energía, y ahora tenían que resistir ante los Nard que les perseguían.

Todo esto, teniendo en cuenta que iban contrarreloj, y con la esperanza de que Los Hansa no los estuvieran buscando para saldar cuentas pendientes. Lo más probable era que ya estuvieran preparando su salida junto con El Har en el Tándem… pero, a esas alturas, cualquier cosa podía suceder.

—Entonces, ¿el Xperiment Zero no estaba en el despacho de El Har? —preguntó Elya, recuperando el aliento tras eliminar a unos cuantos.

—No me quiero fiar de las palabras del Sir Hansa Rylis… pero, al parecer, eso es lo que me dijo —respondió Nora mientras registraba el uniforme de un cadáver en busca de balas, tragándose una mueca de desagrado.

Encontró una de las armas, la descargó y recargó la suya propia, sin decir palabra.

Desde su última discusión, ambos habían estado de morros, limitándose a hablar solo lo justo y necesario.

—Tenemos que avisar a los demás cuanto antes —dijo Leo entre dientes.

Todo indicaba, sin embargo, que las salidas estaban cerradas y custodiadas por el enemigo. Sin comunicación con los espías —y, por tanto, con La Unidad— el HoloCom no era más que un adorno inútil; un pisapapeles, si aún existieran los papeles físicos.

A no ser que no usaran los suyos propios, sino…

—Tenemos que usar el HoloCom de los Nard para salir —concluyó Nora.

—¿Y cómo pretendes…? —empezó a preguntar Elya, pero Leo le interrumpió evitando un nuevo enfrentamiento entre los dos.

—Tiene razón —dijo—. El método que usó Aisha cuando nos encerraron podría servir.

Elya, tras un segundo de pensarlo, dijo:

—Vamos a dejar a todos moribundos entonces.

Pero no era tan fácil como sonaba. O les eliminaban de golpe o les herían tan poco que no les dejaban inconscientes.

Había que dejarlos en un punto intermedio…

Nora distinguió a uno de los Nard que aún se movía débilmente en el suelo. Sin dudarlo, se abalanzó sobre él y lo arrastró hasta la salida más próxima. En cualquier momento llegarían más refuerzos, así que debían actuar con rapidez.

Estaba a punto de alcanzar la puerta más cercana cuando el grito de advertencia de Elya le heló la sangre. Nora no sabía qué ocurría, pero por instinto usó el cuerpo del Nard como escudo. Un segundo después, un disparo retumbó en el pasillo y el cuerpo en sus brazos se estremeció violentamente. Había cerrado los ojos por reflejo, y al abrirlos vio cómo la sangre comenzaba a empapar la túnica del soldado caído.

—Desgraciado —escupió Elya con furia.

Nora se asomó y vio a otro de los Oscuros derribados con la pistola todavía humeante en la mano. Al parecer se había hecho el eliminado, y al comprender lo que pretendían, había querido disparar a Nora para impedir que usaran su HoloCom y escaparan, pero en su lugar eliminó a su propio compañero moribundo.

Leo ya se acercaba cuando el Oscuro se incorporó ligeramente, apuntando de nuevo con el arma.

—Un paso más —gruñó, mientras un hilo de sangre le resbalaba por la comisura de los labios—, y os frío el cerebro.

Los tres se quedaron inmóviles, observándolo con cautela entre los cuerpos esparcidos. No parecía tener fuerzas para mantenerse en pie, pero sabían que no estaba fanfarroneando. Tendrían que idear una estrategia, y rápido.

El Nard mantenía el arma en alto, con la mirada fija en ellos. Ninguno se atrevía a moverse: cualquier gesto en falso bastaría para que disparara.

El silencio era tenso, quebradizo… hasta que, a lo lejos, comenzaron a oírse pasos y voces acercándose. Refuerzos. En cuestión de segundos estarían rodeados, y con aquel Nard apuntándoles, no tenían escapatoria posible.

Los ojos de Nora iban de Leo a Elya y de nuevo al arma, calculando a quién estaba apuntando. En ese momento, en Leo.

Pero el Nard debió notar la urgencia en su mirada, porque, sin previo aviso, el Oscuro cambió el ángulo del arma. Su muñeca giró apenas unos centímetros, lo justo para alinear el cañón con Elya.

Y apretó el gatillo.

—¡Noooo! —gritó Nora, desgarrándose la garganta.

Pero no se escuchó ningún disparo.

Hubo un segundo de confusión, un instante en el que todos comprendieron lo que había ocurrido.

Sin darles tiempo a moverse, Leo sacó su arma con rapidez. Su bala impactó en el Nard en el instante preciso en que este apretaba el gatillo; el espasmo resultante desvió la trayectoria del disparo enemigo, que pasó silbando lejos de Elya. Sin embargo, la ventaja duró poco: una nueva oleada de refuerzos empezaba a rodearlos.

Nora, harta de aquel lugar, comenzó a disparar, intentando dar a las piernas de cada atacante, mientras Leo, con la misma estrategia, apuntaba a los hombros. Elya aprovechó para deslizarse y arrastrar por la fuerza a los caídos, algunos aun forcejeando, otros demasiado doloridos para protestar.




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