El Teniente había estado vigilando junto a Elya. No se arrepentía de las palabras que había pronunciado, ni de la decisión que había tomado. Tal vez se había precipitado al comentarle sus planes a futuro, pero nunca era tarde para estar un paso por delante, para controlar cada maldito detalle de las mil opciones que podían hacerse realidad. Sobre todo, aquel día. Sobre todo, aquel plan tan arriesgado.
Tenían que esperar a que Nora y Leo regresaran con el Xperiment Zero del despacho de El Har. Si todo salía bien, en unos minutos lo tendrían. Si, por el contrario, todo salía mal… bueno, también había contemplado esa posibilidad.
Pero no esperaba sentir esa presión en el ambiente tan pronto. Esa sensación de tener que estar a la defensiva, con un arma en la mano. Miró al chico de reojo. Este no parecía haberse percatado aún. Se notaba que todavía le faltaba mucho por aprender. ¿Habría cometido un error al confiarle todo lo que Nohr y él habían construido? No estaría solo, eso era cierto, pero aun así…
No tuvo más tiempo para pensar en ello. Esa presión iba creciendo lentamente y, si no se daba prisa, sería demasiado tarde.
—Elya —su voz sonó más ronca de lo que esperaba—. Ve con Leo y Nora.
El chico lo miró con duda en los ojos, cuestionando sus propias capacidades.
—Si eso quiere decir que no estoy capacitado para sust…
—¡Elya! —ahora con un tono de urgencia—. ¡Ahora! Es una orden.
Elya apretó la mandíbula, ya fuera por no estar de acuerdo con la decisión o por la autoridad del Teniente, que le calaba hasta los huesos. Aun así, obedeció.
Cuando desapareció por la puerta, el Teniente pudo respirar un poco más tranquilo, pero no lo suficiente como para bajar la guardia.
Doblando la esquina, una figura alta y esbelta caminaba con paso firme y tranquilidad inquietante. Sus ojos azules podían confundirse con el cielo, pero en realidad eran hielo puro, abrasador al contacto. Su cabello blanco, peinado hacia atrás, no se movía ni un milímetro al andar. El traje rojo carmesí que vestía representaba el máximo poder de todo CoNexus.
El Har.
El Teniente frunció el ceño y mantuvo una guardia relajada pero alerta, sin apartar los ojos de él.
—Tengo que admitir que no esperaba que me notases —dijo El Har, sin un ápice de expresión en el rostro.
—¿Y a qué se debe que no se esté preparando para la ceremonia, Har? —replicó el Teniente, usando el nombre con un deje medio burlón, como saludo.
Pero El Har se detuvo a dos metros del Teniente y clavó la mirada en la puerta a su izquierda, por la que segundos antes había pasado Elya. Como por arte de magia, la puerta se bloqueó con un leve chasquido casi imperceptible. El Teniente lo notó y entrecerró aún más los ojos. El Har volvió a mirarle.
—No esperaba que la ya tan mencionada La Unidad estuviera liderada por… ti —dijo con desdén, alargando el “ti” y evitando la pregunta anterior.
—Cada uno tiene sus secretos. Por lo visto, tú tienes muchos —respondió el Teniente.
Que le tuteasen resultaba tan inesperado para El Har que abrió ligeramente más los ojos.
—Es por el bien de CoNexus.
—Eliminas gente a tu antojo.
—Solo a quienes se descarrilan de la perfección que les he dado.
El Teniente chasqueó la lengua con desprecio.
—Los humanos no somos perfectos. Ni tampoco una sociedad dirigida por ellos.
El Har respiró más fuerte, un leve temblor de irritación cruzándole el rostro.
—¿Te proyectas en tus palabras, Aleksei?
Escuchar ese nombre, y más aún en boca de El Har, le provocó un escalofrío.
—Sí. No soy perfecto. Ni tú tampoco.
El Har dio un paso hacia delante. Luego otro. El sonido de sus botas resonó en el suelo, firme, calculado.
—Como comprenderás, no he venido hasta aquí para hablar contigo —su voz sonaba suave, pero cada palabra era un filo—. Y mucho menos para permitir que me insultes… a mí y a todos mis antepasados.
El Teniente iba a protestar, pero en un parpadeo El Har ya no estaba frente a él. En el siguiente, lo tenía a su lado, una daga brillando a centímetros de su costado. Aleksei se defendió con las suyas, el metal chocando con un estruendo seco, las venas de sus brazos marcándose por el esfuerzo ante la fuerza del Divino.
—Osas vestir de negro, pero tu poder no se asemeja ni a una mota de basura —rechinó los dientes El Har.
—¿Aún crees que el color dicta el poder?
Retrocedió justo a tiempo para esquivar una patada que cortó el aire con tal presión que le secó los ojos.
—Son las palabras y las acciones las que hacen fuerte a una persona —replicó.
Pero El Har ya no escuchaba. Se lanzó contra él con una elegancia mortal, cada movimiento tan fluido como impredecible.
Cada golpe, cada estocada, era una danza precisa y letal. El Teniente apenas podía seguirle el ritmo; su cuerpo reaccionaba por instinto, bloqueando, girando, desviando las cuchillas con el filo de las suyas.