Día 9 del 2ndo Éter al 9 del 4to Éter.
Aunque Alfonnse Stuart tenía una idea clara de por dónde empezar, eso no significaba que fuera sencillo.
Investigar aquel laboratorio iba a ser un auténtico quebradero de cabeza, sobre todo si debía fingir en todo momento sus verdaderas intenciones y ocultarlas, como siempre había hecho. Sin embargo, eso no era lo que más le inquietaba. Si de verdad existía un laboratorio secreto en las profundidades de los túneles subterráneos, no quería ni imaginar las cosas horribles que podrían estar ocurriendo allí abajo.
Era irónico que, habiendo querido dejar de ser un Nard en su día, ahora trabajara precisamente como uno: un espía para La Unidad, los enemigos naturales del palacio.
Alfonnse, como la mayoría de los Guardias del Distrito, no solía relacionarse con sus semejantes, y mucho menos forjar amistades. Pero tenía un talento particular: sabía conversar sobre temas mundanos que, en realidad, no eran más que una estrategia para obtener la información que buscaba.
Y eso fue lo que hizo durante un tiempo. Aunque no le sirvió de gran cosa. Nadie parecía dispuesto a hablar más de la cuenta con él, y mucho menos a ofrecerle información sobre cualquier asunto que escapara a una charla común, insípida y sin riesgo alguno.
Habían pasado semanas con la misma estrategia, pero, viendo que no daba frutos, decidió cambiarla por una más arriesgada: escuchar.
Ya fuera a escondidas o cuando la gente pasaba cerca, agudizaba el oído todo lo que podía.
—Los Hansa van a recibir a los nuevos seleccionados de hoy —escuchó decir a uno—. No creo que los veamos hasta bien entrada la noche.
—Han visto a El Har salir de su despacho hace unas semanas. Debe de haber hecho algo importante.
Aquel último comentario le hizo apretar los puños. Sabía que ese día había ido a darles una cálida bienvenida a los de La Unidad.
Suspiró para sus adentros. Todo el mundo no hablaba de otra cosa que de Los Hansa y de El Har…
—¡Eso es! —susurró para sí, mientras abandonaba su escondite.
Se frotó la barba de hacía una semana y, detrás de aquella mirada color miel, su mente barajaba miles de posibilidades.
Así que puso en marcha su maravillosa idea.
Comenzó a hablar como los demás Nard, a comportarse como ellos e incluso a pensar como ellos… como los viejos tiempos, aunque no quería dejarse llevar demasiado, pues no pensaba sucumbir al palacio de nuevo. Sabía que era más fuerte mentalmente que antes y que sería muy difícil que le sucediera tal cosa… pero no imposible.
Empezaba hablando con Oscuros que parecían más “normales”, dentro de lo que cabía. Después, iba escalando poco a poco, según lo que escuchaba sobre los altos mandos. Porque, aunque aquel mundo lo dirigía El Divino y los dos gemelos, la información seguía siendo un recurso demasiado valioso para desperdiciarlo.
No fue un camino recto, sino uno cubierto de enredaderas y espinas que lo herían al pasar. Cada Nard era una copia casi idéntica de los demás, y eso también se reflejaba en sus orgullosas y retorcidas mentes. Se creían intocables, inmortales, casi dioses. Y aun así, todos sabían que, por encima de ellos, Los Hansa y, sobre todo, El Har, eran inquebrantables.
—Por todos los Har, ¿habéis visto a los novatos que acaban de ser ordenados? —dijo uno de los que estaba intentando recabar información.
—Son nefastos, ¿verdad? —respondió Alfonnse con su sonrisa más sincera.
—Una falta de respeto para el Divino —añadió otro.
—Exacto. ¿Cómo pueden eliminar solo a cinco en un día? En mi primer día fui el único que eliminó a diez personas.
—¿No crees que haya menguado la población y por eso el cupo de eliminaciones es menor?
—¡Qué va! Los ineptos de los novatos no saben lo que es el poder… aún.
—Vamos que, si se encuentran a un demente, más les vale eliminarlo con la mirada —rió Alfonnse.
—Veo que sabes de lo que hablas —sonrió una nueva incorporación.
Alfonnse se fijó en el Nard que acababa de llegar. Tenía un porte ancho, el peinado perfectamente marcado con una raya en medio, dejando que su flequillo castaño cayera a ambos lados del rostro… al menos, lo poco que se podía distinguir bajo la capucha.
—No deberían tener problemas con ello —continuó, refiriéndose a los dementes—. La mayoría ni siquiera saben que lo son y simplemente se dejan seleccionar para su posterior eliminación, como dicta la norma.
Para entonces, los otros Oscuros ya se habían desperdigado sin previo aviso. No eran amigos, ni siquiera conocidos.
—Concuerdo contigo —respondió Alfonnse, sin saber muy bien hacia dónde se dirigía aquella conversación.
Comenzó a avanzar, pero antes de que pudiera dar más de unos pasos, el chico habló de nuevo.
—¿No querrías saber cómo funcionan?
Alfonnse se detuvo en seco y se giró lentamente.
—Los dementes… —el chico se miró la mano larga y perfecta, girándola para observarla desde todos los ángulos—. La última enfermedad del mundo… y es mental. La más difícil de descubrir: por qué sucede y cómo sucede.