Jinjar apuñalaba repetidamente a una chica de su edad. Cada cuchillada le producía una sensación extraña de liberación, como si hubiera descubierto un hobby oculto que no sabía que le agradaría hasta probarlo por primera vez. Su primera víctima al convertirse en Nard se le había escapado, y tuvo que rematarla con un disparo. Desde entonces, cuanto más afilada y brutal era la matanza, mejor.
Arrastró el cuerpo por los túneles hasta la zona de incineración. Asqueada por tener que lavarse por tercera vez en el día, arrojó el cadáver a las llamas. El calor iluminaba su cabello carmesí y reflejaba el mismo color en sus labios, mientras la piel de Tori Ovan se consumía entre el fuego. Todo en perfecta sincronía cromática, como una obra macabra que solo ella apreciaba.
Salió de allí con la elegancia habitual, pero se detuvo al encontrar a Alfonnse esperándola afuera.
—Qué coincidencia… —dijo el hombre con calma.
Aunque Jinjar sabía que la había estado esperando deliberadamente.
Se quedaron mirándose durante unos segundos hasta que Jinjar se cansó y siguió caminando.
—Por cierto…
—¿Qué quieres? —dijo ella, con voz seca, deteniéndose de nuevo.
—Tengo una idea sobre cómo separar el componente que nos estaba dando problemas —respondió él, con calma.
—¿No puedes esperar hasta la noche? —alzó una ceja, divertida—. No sabía que te importara tanto. Ni siquiera a mí me interesa si lo conseguimos o no.
—Fue una petición de El Har, ¿no?
—Esa es la única razón por la que sigo investigando.
Casi parecía que Alfonnse suspiraba.
—Está bien, luego me cuentas —dijo Alfonnse, alzando la mano a modo de despedida, en un gesto despreocupado.
Jinjar lo miró alejarse antes de proseguir su caminata hacia su próxima víctima.
Por otro lado, el tiempo se le acababa a Alfonnse. Tras acudir a la base de La Unidad para informar de lo descubierto, también les confesó su plan tiempo después: permitirles entrar y escanear el laboratorio con el Holocom de unos de los Nard y así tener el terreno más controlado cuando el Xperiment Zero estuviera en su poder.
Para eso necesitaba un HoloCom que tuviera acceso expreso al laboratorio.
La idea de robar uno que se encontraba literalmente alrededor de una muñeca, no era la más segura, pero debía intentarlo. Había conseguido un HoloCom de pega cortesía del gruñón señor X, fabricado exactamente igual que uno normal, pero incapaz de tener un perfil. No sabía cómo lo había conseguido ni qué procedimiento había seguido, pero le servía para lo que tenía pensado hacer.
Por eso necesitaba sustituir, como fuera, aquel HoloCom falso por uno funcional. ¿Cómo lograría hacerlo funcionar sin su dueño original, el señor X? Ese era otro misterio.
Hacerle creer a Jinjar que se habían encontrado por casualidad en los túneles había sido sencillo. Sin embargo, con ella no funcionó su plan: se mantenía alejada de él y de todo el mundo, y la excusa del componente solo servía como pretexto para justificar un acercamiento que aumentara sus posibilidades.
Así que cambió de objetivo.
Trevor fue uno de los primeros que conoció antes de descubrir que estaban experimentando con dementes para controlar y propagar la enfermedad a voluntad. Pero era demasiado engreído para siquiera acercarse a él. Solo pensaba en sí mismo y en cómo escalar posiciones pisando a los demás.
Aun así, decidió hacerle una visita.
Solía encontrarse en el palacio, perdiendo el tiempo y vagueando; pocas veces salía a cumplir sus cuotas de selección o eliminación, aunque siempre parecía darle tiempo suficiente.
Y, efectivamente, lo encontró allí, conversando con una chica Nard sobre… nada menos que El Har.
Se detuvo en mitad de una frase al percatarse de que Alfonnse estaba a su lado. Su mirada lo decía todo: no quería que estuviera allí.
En el laboratorio “cooperaban” porque compartían un objetivo común, pero fuera de ese espacio, no quería saber nada de él… ni de nadie.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Alfonnse con el tono más inocente que pudo fingir.
—Sí —respondió Trevor con una mirada que bastaba para querer borrarlo de la sala.
Alfonnse sostuvo le mirada unos segundos más. La chica Nard esperaba con los brazos cruzados, impaciente por retomar la conversación, y Trevor, terco como siempre, no añadió ni una palabra.
Era evidente: no iba a sacar nada de ahí. Así que, sin molestarse en despedirse, Alfonnse reanudó su camino como si nunca hubiese estado presente.
Le quedaba una última opción: Salinas. Ese muchacho de cabello largo que rara vez hablaba y cuyo comportamiento resultaba inquietante. No era alguien con quien quisiera tener trato… pero esta vez no tenía alternativa.
Lo buscó sin éxito durante el día; ni siquiera tenía una idea clara de por dónde empezar. Así que decidió esperar a la noche, cuando todos coincidieran en el laboratorio.
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—¿Y bien? ¿Qué era lo que has averiguado? —preguntó Jinjar, sin apartar la vista de las pantallas que monitoreaba.