En los cielos

Capítulo 27: Leonard Van Dekker

Leonard —Leo para los amigos— había nacido con una mente prodigiosa. En otra época lo habrían llamado “superdotado”. Sus padres, Sebastián e Iris, creían que aquel don se debía al favor de El Har hacia su familia y soñaban con que, algún día, su hijo sería seleccionado.

El pequeño Leo siempre había estado mentalmente más adelantado que sus compañeros en la Escuela. De hecho, cuando comenzó la Escuela Intermedia, debería haber avanzado a la Superior, pero nunca lo hicieron. Decían que adelantarlo sería una burla al sistema preestablecido por El Har. Porque sí: él también había determinado el período de tiempo de cada Escuela según su edad, asegurándose de que todos los alumnos tuvieran las mismas oportunidades.

Altruista, le llamaban.

Pero a medida que crecía, sus compañeros dejaron de ser tan amables como antes. Los adultos, en cambio, lo idolatraban como si fuera una creación del mismísimo Divino. Con el tiempo, Leo aprendió a despreciar por igual ambas miradas: la envidia y la adoración.

Año 524 DLS (diez años antes)

—¿Entonces por qué hemos estudiado la antigüedad de la civilización humana si en la Escuela de Maestría nos especializaremos en ámbitos de la modernidad? —preguntó Leo.

La profesora Keeper estuvo a punto de quedarse con la boca abierta ante la osadía, pero se contuvo, apretando la mandíbula.

A su alrededor, los compañeros soltaron risitas ahogadas.

—Leo… querido… —comenzó a decir la profesora, alisándose la ropa blanca que se ceñía a su figura. Aunque ya rondaba los cincuenta, apenas aparentaba treinta y pocos—. ¿Estás seguro de querer poner en duda la sabia decisión del Divino al elegir los temas de cada Escuela?

—En realidad, si solo una persona decide y los demás obedecen, no son seguidores… son esclavos.

Leo ya veía a sus padres a lo lejos cuando lo expulsaron del aula por tercera vez esa semana.

En la Escuela de Convivencia le habían enseñado a valorar lo que uno tenía, a expresar lo que le gustaba y lo que no, a tener decisión propia. Entonces, ¿por qué en la realidad nadie aplicaba esos principios tan básicos?

Iris, su madre, estaba otra vez decaída, aunque no lloraba. En CoNexus nadie lo hacía; no existía nada lo suficientemente triste, horrible o doloroso como para provocar lágrimas. Ni siquiera cuando un familiar era eliminado de forma natural.

Cuando llegó hasta sus padres, no lo saludaron. Ni siquiera lo miraron a la cara, ni le preguntaron que había sucedido.

Es cosa de la edad, había dicho su padre.

La adolescencia sigue siendo descontrolada e impredecible, había añadido su madre.

Decidíos, pensaba siempre Leo cada vez que lo idolatraban y, al segundo, lo trataban como a un niño confundido por la pubertad.

La profesora Keeper hacía lo mismo. Era su mejor alumno: el que más respondía correctamente, el que parecía haber estado allí mucho antes que todos los demás. Pero bastaba con que se desviara de la conversación habitual, con que se atreviera a preguntar el porqué de las cosas que nadie quería escuchar, para que las miradas cambiaran.

Aquel día acompañó a sus padres al Markt para comprar los ingredientes de la cena. Nada más entrar, les descontaron un NCT a cada uno, pero no pareció importarles: pertenecían a la zona de los setecientos NCT.

—¿Quieres carne para cenar? —le preguntó su padre, por primera vez desde que habían salido de la Escuela.

—Vale.

La carne se consumía con moderación, pues las granjas eran pequeñas y controlaban la población animal para que no se desbordaran.

A Elya siempre le había parecido un símil con la vida humana, aunque jamás se le habría ocurrido pronunciar esos pensamientos en voz alta.

Compraron algunas cosas más y se dirigieron a casa. Justo cuando estaban a punto de entrar, una voz familiar los detuvo en seco.

—Leo —saludó un chico de pelo castaño y piel clara. Tenía el cabello rapado casi al cero, ahora dejándose crecer poco a poco—. Sebastián, Iris —asintió también a los padres de Leo—. Vaya, qué temprano por aquí… No me digáis que…

Hubo un silencio.

—Efectivamente, Wesk —confirmó Iris—. Lo echaron de nuevo.

Wesk, el mejor y único amigo de Leo, sonrió. No era una sonrisa burlona ni forzada, sino completamente sincera.

—¿Nos vemos mañana?

—Sí.

Aunque ambos asistían a clases distintas y con horarios diferentes, mantenían la tradición de reunirse en casa de Wesk —vivía en frente suya— una vez por semana. Hablaban, veían la TeleHom o incluso salían a dar un paseo. Era el único momento en el que Leo se sentía realmente libre, y siempre esperaba con ansias que llegara ese día.

Pero ahora le tocaba ayudar con la cena… y, de paso, rogar para que no le dieran la chapa de siempre sobre agradecer a El Har por la vida perfecta que tenían.

Para su sorpresa, no lo hicieron. Solo hablaron de cosas normales y repetitivas, las mismas de siempre.

Al día siguiente tenía apenas una hora de clase. Fue sin ganas, decidido a mantener la boca cerrada para no volver a ser expulsado. Y, por primera vez en la semana, consiguió salir a la hora que correspondía.




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