Día 9 del 2ndo éter al 14 del 4to éter
—¿Por qué? —preguntó Aisha, con un hilo de voz—. ¿Por qué se enamoraría de… él?
Nora la miró con cautela. Era evidente que la noticia de que Sera sentía algo por uno de Los Hansa —más allá de la adoración— le había afectado más de lo que quería admitir.
—¿Crees que por eso nos traicionó? ¿Por amor? —continuó.
Nora bajó la vista hacia el antiguo HoloCom de Sera, apagado y guardando quién sabe cuántos secretos más.
—No lo sé… —murmuró finalmente.
—Deberíamos irnos —interrumpió el Teniente.
—Por fin —se quejó el señor X, que llevaba un rato en los últimos escalones, todavía intentando procesar lo que acababa de pasar.
Comenzaron a subir, uno tras otro, pero Nora se detuvo de pronto. Se quedó quieta, la mirada perdida en algún punto invisible.
El señor X estaba a punto de decir algo, cuando ella habló antes, con voz baja:
—Había… algo más.
El Teniente y Aisha se detuvieron de golpe, clavando toda su atención en Nora.
—No sé si lo leí bien, pero… —hizo una breve pausa, como si dudara en pronunciarlo— Sir Hansa Rylis le había contado que existía un HoloCom especial. Uno sin ninguna limitación. Que podías hacer, literalmente, cualquier cosa con él. Lo llamaba Xperiment Zero.
El señor X pareció tensarse un poco, pero no dijo nada y el Teniente entrecerró los ojos, calibrando el peso de aquellas palabras.
—Y está… —Nora tragó saliva— en el despacho de El Divino.
Alzó la cabeza, mirándolos a ambos a los ojos.
—Es lo que estábamos buscando: un dispositivo sin reglas. Con él, el señor X podría hackearlo y transmitir a todo CoNexus.
—¿Perdona? —el señor X arqueó una ceja, alucinando por verse metido en aquel embrollo sin previo aviso.
—Pues —apretó los labios el Teniente— tendremos que hacerle una visita.
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Habían pasado más de dos meses desde que Alfonnse iniciara aquella investigación, y no había llegado ni una sola noticia suya. La ausencia, cada día más larga, inquietaba a todos.
En ese tiempo, no habían dejado de trazar y descartar planes para infiltrarse en el Palacio, en concreto en el despacho de El Har para conseguir el Xperiment Zero. Pero cuanto más lo intentaban, más irreal parecía la idea.
Tanto Los Hansa como El Har jugaban en otra liga: fuerza casi sobrehumana, mentes afiladas como cuchillas. Los títulos que llevaban parecían tallados a su medida.
—Todo ser vivo, por fuerte o inteligente que sea, sangra. Y si sangra, puede caer —había dicho Khalima con calma, como quien enuncia una ley natural.
—Yo creo que por sus venas corre flux… —murmuró Aksel—. Esos hombres no son humanos.
—Nada es imposible, chicos —dijo Emilie, cruzándose de brazos.
Nora no estaba tan segura. Por algo ese trío gobernaba CoNexus; por algo habían logrado que todos y cada uno de los habitantes de aquella isla les adorara. Y, fuera como fuera, ella sabía que nadie saldría ileso si se adentraban allí.
Por un momento, vio a Elya observándola con seriedad. Pero, cuando sus miradas se cruzaron, el chico le dedicó una leve sonrisa, casi imperceptible. Nora se la devolvió con la misma discreción.
No habían hablado mucho desde que decidieron no profundizar más en sus sentimientos, pero ambos sabían que, en las circunstancias en las que vivían, lo mejor era dejarlo a un lado. Quién sabe… tal vez, si lograban reproducir todas las pruebas de algún modo y derrocar al Palacio, podrían darse una oportunidad.
—Está bajando el ascensor —avisó Leo, lo que hizo que todos se movieran para recibir al recién llegado.
Cuando las puertas se abrieron, un suspiro colectivo llenó la sala.
—¡Alfonnse!
El Nard espía se había quitado la capucha y el cubrebocas. Su mirada, cansada, dejaba ver unas ojeras profundas, y en su rostro había algo distinto… como si hubiera envejecido años en apenas dos meses. Aun así, logró esbozar una sonrisa.
—No puedo quedarme mucho tiempo —dijo con voz lenta y grave—, pero intentaré contaros todo lo que he descubierto.
Cuando terminó de ponerlos al día, nadie habría imaginado que en aquel laboratorio estuvieran experimentando con dementes para hallar la clave que permitiera infectarlos a todos. Menos aún, que allí se ocultaran armas y armamento de la edad antigua. La única explicación era que las fabricasen en ese mismo lugar. Pero… ¿para qué, si no podían llevarlas a la superficie?
La Unidad también le informó a Alfonnse sobre el Xperiment Zero y la “ayuda” que, a regañadientes, les brindaría el señor X.
—Estas son las pruebas que necesitábamos —dijo Emilie, con el ceño fruncido—. Pero… ¿cómo vamos a demostrarlo? No se pueden tomar fotos o videos con los HoloCom con el perfil de nuestros espías. Les delatarían.
—Con el Xperiment Zero, sí —intervino Aisha, logrando que todas las miradas se volvieran hacia ella y que, en un instante, todos comprendieran lo que aquello significaba.