Día 1 del 1er Nexo del año 535 DLS
Kaia y Aksel se habían mezclado con la multitud.
Eran uno más de ellos.
Pero, al mismo tiempo, no lo eran.
Su misión era clara: observar.
Sin embargo, no era tarea sencilla. Los recuerdos de su última vez en el Tándem eran demasiado vívidos, como si hubiera ocurrido apenas ayer. Cada rostro, cada gesto y cada sombra seguían grabados en su memoria, recordándoles lo que estaba en juego.
Nunca antes en su vida Aksel había sentido miedo; hasta ese momento, cuando temió por su hermana. Aquel sentimiento tan precario que creía que se había convertido en un completo demente. Aún recordaba correr a contracorriente entre aquella multitud indiferente, personas que no se giraban ni un instante para ver lo que sucedía, porque aparentemente mirar a El Har y a Los Hansa era más importante que la vida de alguien.
Se recordaba solo en las calles de la zona de ocio, con el corazón latiendo con fuerza, no solo por el esfuerzo de correr, sino por la preocupación de que algo le hubiera sucedido a su hermana. Los mensajes de Kaia fueron un breve respiro, pero incluso sabiendo que podría ser una trampa, no se detuvo. Si existía alguna posibilidad de encontrarla y salir indemne de dondequiera que estuviera, haría todo lo que estuviera en su mano.
Kaia estaba con su madre sustituta aquel día, de camino al palacio, cuando un Nard se acercó y la seleccionó. Intentó aparentar cordura, incluso alegría, siguiendo el ejemplo de su madre, pero todo era un teatro. No quería ir con aquel hombre.
Trató de zafarse, prometiendo que lo acompañaría después del Tándem, pero el Nard solo respondió:
—Las selecciones no se pueden aplazar.
No tuvo otra opción que seguirle, mientras miraba hacia atrás, viendo cómo su madre se alejaba, y más adelante, el imponente palacio Taivaassa. Deseó que su hermano pudiera sentir su mirada y correr hacia ella. Pero nadie lo hizo.
Aquel Nard hablaba, incluso coqueteaba, pero Kaia se mantuvo en silencio. Hasta que, de repente, un grito surgió desde lo más profundo de su garganta al recibir el primer golpe de aquel hombre. Nunca antes la habían lastimado.
En CoNexus no había lugar para la violencia ni la guerra; las disputas eran simples desacuerdos, resolviéndose en algún Éter o Terra mientras, con una copa o una buena comida, se veían las noticias en el TeleHom sobre El Har, El Salvador, El Divino.
Kaia no quería pensar en todo aquello, pero su cuerpo se encogió y se abrazó a sí misma al recordar los gritos que había soltado con cada golpe. El sabor metálico de la sangre en su lengua, en su rostro. El dolor físico entrelazado con el emocional. La visión borrosa, el aire que quemaba en cada bocanada. Sentía cómo su vida se apagaba.
Creía haber superado todo aquello, pero en realidad solo lo había enterrado tan hondo que, al volver a ese lugar, salió a la superficie como la suciedad que permanece oculta hasta que el agua la revela.
Sintió una mano firme posarse en su hombro y volvió a la realidad. Su hermano la observaba con preocupación, sabiendo perfectamente qué sombras se agitaban en su mente.
Kaia se irguió de nuevo y frunció el ceño. Era verdad. Ya no era aquella chica de diecinueve años que no sabía pelear y que se había quedado hecha un ovillo mientras aquel Oscuro de mierda la pateaba sin piedad.
Todo gracias a Aksel. Cuando ya lo había perdido todo, cuando solo esperaba el golpe final, lo había visto aparecer. Había ido allí por ella, corriendo todos los riesgos posibles.
Durante un tiempo creyó que aquella visión no era más que una alucinación causada por la pérdida de sangre y los golpes. Pero no. Poco después, sus párpados comenzaron a cerrarse por la fatiga. Luchó contra ello, queriendo mantenerse despierta, pero lo último que vio fue a su hermano recibiendo los golpes en su lugar. Y, en vez de gritar, simplemente se desmayó.
—Estoy bien —susurró—. Estoy bien.
Aksel iba a insistir, pero sabía que no era el momento. Además, conocía a su hermana: ahora era dura de pelar… y con un carácter aún más fuerte que antes. Decidió guardar la charla para más tarde.
Las puertas dobles de la entrada principal del palacio comenzaron a abrirse, y por un instante todo el mundo pareció dejar de respirar: tanto los ciudadanos del Distrito como los Gard que “vigilaban” el patio, inmóviles hasta que la celebración terminara.
Pero no tardaron en comenzar a vitorear e incluso llorar al ver la figura acercarse.
La presencia de El Har parecía haber arrancado el oxígeno de la isla entera, o al menos eso percibían los hermanos, los únicos que no habían celebrado la presencia del Divino. Los Hansa permanecían a ambos lados, como siempre, con la mirada seria y el rostro sereno.
El rojo intenso de las ropas del Divino destacaba entre el blanco del palacio, visible incluso desde el otro extremo del recinto. Lo mismo ocurría con el naranja de Los Hansa, que resaltaba con autoridad y solemnidad.
El Har comenzó a hablar.
—Bienvenidos al humilde palacio de Taivaassa, pueblo aéreo de CoNexus. Feliz año 535. Espero que este nuevo año podamos seleccionar a muchas más personas para formar parte de los Nard o los Gard. Estoy seguro de que muchos de los que estáis aquí serán elegidos durante este año —hizo una breve pausa antes de continuar con el comunicado especial—. Me alegra anunciar, en el día de hoy, a las dos familias seleccionadas al azar para el intercambio de NCT.