Capítulo 7
La esposa del penthouse
El juez Ramírez lleva treinta años casando gente y nunca ha visto una boda con menos público.
Tiene setenta años, bigote de morsa y un traje tan arrugado como su paciencia.
Preside desde detrás de una mesa de caoba en un salón privado en la azotea del hotel Imperial con vistas al puerto y una alfombra roja que alguien ha desenrollado con demasiado entusiasmo. En una esquina hay una mesa con un florero de lirios blancos. En otra, un reloj de pared que marca las 7:59.
Los testigos son dos: la señorita Ortega, con su tableta bajo el brazo, y el doctor Johnson, con el maletín.
—Su presencia no es obligatoria, doctor —murmura Diana, desde el fondo del salón.
—Pasaré la factura igual —dice él—. Y me quedo por curiosidad clínica.
Diana lleva un traje de lino color marfil que la boutique entregó a las nueve de la noche, empaquetado en papel de seda y con un par de zapatos a juego. No le preguntó a Ortega cómo sabía su talla. Ortega, por su parte, no se lo dijo. Cuando Diana se lo probó, le quedaba como si lo hubieran cosido sobre su cuerpo, se puso los pendientes de su madre, lo único suyo que llevaba encima, y descubrió que le daban una seguridad ridícula.
—Cuando quiera —dice el juez, mirando el reloj.
Iván está de pie junto a la mesa, con un traje gris perla y una flor blanca en la solapa que Diana jura no haber visto antes. Se ha afeitado. Tiene los lentes impecables, la cadena recta, las manos entrelazadas a la espalda.
Su rostro no cambia cuando la ve entrar. Pero sus manos detrás de la espalda se aprietan una contra otra.
Diana camina hasta él, sus tacones suenan sobre el mármol, uno, dos, tres. Y se detiene a su lado, y sin mirarlo, murmura.
—Sigo pensando que estoy loca.
—Es una opinión legítima.
—¿Hay algo que deba saber antes de firmar?
—Que le prometí no mentirle.
—Eso ya lo sé.
—Entonces no hay nada más.
El juez se aclara la garganta.
—Estamos aquí reunidos para unir en matrimonio a Iván Montenegro y Diana Scott. Si alguien tiene algo que objetar...
Nadie dice nada. Diana contiene el impulso absurdo de mirar a Johnson que levanta una ceja.
—Señor Montenegro. ¿Acepta por esposa a la señorita Diana Scott?
—Sí.
—¿Sin reservas?
—Sin reservas. Lo afirmo con pleno uso de mis facultades, sin ninguna coacción y con conocimiento de causa.
—No hace falta tanto —dice el juez.
—Prefiero que conste.
—Muy bien. —Ramírez parpadea y se vuelve hacia Diana—. Señorita Scott. ¿Acepta por esposo al señor Iván Montenegro?
Diana mira al frente. Tiene el estómago hecho un nudo, y la sensación tan absurda como persistente, de estar a punto de saltar de un acantilado.
Piensa en Sebastián, que esta mañana le ha mandado otro mensaje. En Carmen y su corazón rojo. En la bandeja de canapés, en los videos y en todo...
—Sí —dice.
Hay un instante en que nadie se mueve. A su lado Iván ha dejado de respirar, y ella lo nota porque el pecho, que normalmente sube y baja con una regularidad de reloj, se detiene un segundo.
—Y ya está —dice el juez, con la voz de quien ha terminado un trámite aduanero—. Firmen aquí, aquí y aquí.
Diana firma, la pluma le pesa en la mano, y su nombre sobre la línea punteada se ve extrañamente pequeño. Iván firma después, con una caligrafía tan elegante que a Diana se le queda grabada sin saber por qué.
Ortega y Johnson firman como testigos. El doctor, al hacerlo, le susurra a Diana:
—Felicidades. Si le sirve de consuelo, es la boda más rápida a la que he asistido.
—¿Y cuántas ha visto?
—Ninguna. Pero esta se lleva el récord.
El juez cierra la carpeta.
—Pueden besarse si lo desean.
Hay un silencio denso.
—No hace falta —dice Diana.
—Estamos de acuerdo —dice Iván.
—Hmm —murmura el juez, y recoge su maletín—. Qué pareja tan eficiente.
Al terminar la boda ambos se van juntos hasta la puerta del ascensor, Iván presiona el botón y esperan.
—Usted primero—Dice Iván cuando llega y le da espacio para que ella entre.
—Ya estamos casados —dice Diana en cuanto se cierran las puertas del ascensor—. Podemos tutearnos.
—Es razonable.
—Dilo.
—Podemos tutearnos.
—Bien, entonces ¿tengo que llamarte esposo?
—Prefiero Iván.
—Y yo Diana. —Hace una pausa—. Aunque tu manera de decirlo es extraña.
—¿Cómo?
—Como si la hubieras ensayado.
Iván no dice nada, pero algo se afloja en la comisura de su boca. No es una sonrisa. Pero es el borde de una.
—Diana —repite, despacio, y lo dice con tal cuidado que a ella se le acelera el pulso sin motivo.
Diana se mira la mano izquierda, desnuda.
—No hubo anillos —dice.
—Los hay. —Iván se toca el bolsillo interior de la chaqueta una sola vez, como quien comprueba que algo sigue ahí—. Están aquí.
—¿Y por qué no me lo diste delante del juez?
—Porque una alianza se pone por voluntad y hoy has firmado por necesidad.
—¿Desde cuándo los tienes?
—Desde antes. —Iván mira los números del ascensor—. ¿Teresa habrá hecho sopa?. Siempre hace sopa cuando hay una novedad.
Diana abre la boca para insistir y descubre que ha perdido la pregunta, como se pierde una moneda entre los cojines del sofá. Por un segundo de absoluta incongruencia piensa que eso es casi tierno. Luego recuerda que ese hombre la ha casado con prisas, con un formulario impreso hace tres semanas y un vestido de su talla.
El auto los espera en la puerta. Es negro y silencioso con un conductor que no pronuncia palabra. Recorren media ciudad en silencio, ella mirando por la ventanilla, y él con las manos sobre las rodillas. Cuando el vehículo se detiene frente a una torre de cristal y acero que parece rascar el cielo, Diana levanta la cabeza.
—¿Vives aquí?
—En el último piso.
—Es enorme.