Capítulo 23
Jueves en el Velvet
El viernes por la tarde Diana pone una denuncia en la comisaría del distrito centro, huele a café recalentado y a papel de impresora, el agente que la atiende tiene un bigote y escribe con dos dedos despacio.
—¿Encerrada en un depósito?
—En el sótano de mi empresa, con llave y me cortaron la luz.
—¿Y por qué no salió?
—Porque estaba encerrada. Con llave. —Diana respira—. Es la parte importante de la palabra "encerrada".
Arciniega sentado a su lado con traje y zapatos de verdad esta vez, declara como testigo. Cuenta lo del carro, lo del baño y lo de las pantuflas, con tal lujo de detalles que el agente deja de teclear para escucharlo. Al final, el informe dice, "Privación ilegítima de libertad. Denunciado: Germán Olmedo, jefe de bodega de Aleta Tropical. Paradero: desconocido."
Germán no ha vuelto al puerto, su casa está cerrada, y su teléfono apagado.
Iván espera en el auto porque ella se lo pidió, cuando Diana sube le tiende un café sin preguntar.
—No lo busques —dice ella.
—No dije nada.
—Lo estás pensando. Tienes la cara de pensar en voz alta.
Iván mira por el parabrisas.
—Te encerró en la oscuridad y se fue a dormir.
—Y ahora tiene una denuncia con su nombre completo. Que lo encuentre la policía.
—La policía tarda.
—Entonces que tarde. —Diana se gira hacia él—. Iván me lo prometiste antes.
Él tarda en contestar. Cuando lo hace, aprieta el volante.
—Te lo diré antes —repite—. Pero no me pidas que me olvide de su cara.
La clase del sábado no es de contabilidad.
—Lección uno —dice Iván de pie en el salón con las manos a la espalda como un instructor militar—. No mires. Ve.
—¿Cuál es la diferencia?
—Mirar es lo que haces con los ojos. Ver es lo que haces con la cabeza. La gente que mira se nota. La gente que ve no.
—Muy profundo. ¿Puedes dar un ejemplo práctico?
—Teresa acaba de pasar por detrás de ti con una bandeja. ¿Qué llevaba?
—¡No miré!
—Exacto.
Diana resopla. Iván la sienta en el sofá y le da un ejercicio, describir la habitación con los ojos cerrados, ella describe el ventanal, la lámpara, el sillón y una mancha de pintura en la alfombra que nadie sabe cómo llegó ahí. Él asiente, después le pregunta de qué color es la corbata que lleva puesta.
—No llevas corbata.
—Correcto. ¿De qué color es la que llevaba ayer?
—¿Por qué iba a fijarme en tu corbata de ayer?
—Gris oscuro con una línea azul. —Se ajusta los lentes—. Tú te fijaste pero no lo guardaste.
Esa noche Diana descubre que es pésima pasando desapercibida, lo descubre en el supermercado de Las Palmas donde Iván le pide que siga a Ortega por los pasillos sin que ella lo note. Ortega la detecta en cuarenta segundos.
—Señora —dice girándose junto a los cereales—. La estoy viendo en el reflejo de la nevera de los yogures.
—¡No me escondí detrás de la nevera!
—Está escondida detrás de un hombre de un metro sesenta. Usted mide uno setenta y dos.
Kevin el repositor observa la escena desde lo alto de una escalera con una caja de leche en las manos.
—¿Ahora qué están pensando? —pregunta.
—Está aprendiendo a espiar —contesta Iván empujando su carrito vacío.
—Ah. —Kevin lo medita—. Va mal, ¿no?
—Muy mal.
El domingo por la noche llega un mensaje de Sebastián, es el primero desde la gala.
Me cuentan que me acusas de encerrarte en un sótano. Germán no trabaja para mí. Trabaja para Aleta Tropical que es tuya, si tus empleados te encierran, quizá el problema no soy yo.
Diana lo lee dos veces, hace un tiempo ese mensaje la habría hecho dudar de sí misma durante una semana. Ahora solo ve la orden de retirar documentación firmada por la vicepresidencia, la letra de Germán y la palabra licenciado al teléfono.
Escribe.
"Germán hablaba con un licenciado y tú tienes uno con bigote, nos vemos el 9."
Lo envía y apaga el teléfono para dormir ocho horas con la luz encendida.
El lunes Diana decide que el problema es su cara, Carmen la conoce desde hace siete años, conoce su pelo, su forma de caminar y la manera en que se muerde el labio cuando está nerviosa, en un club nocturno con luces de colores Carmen podría no reconocerla o podría reconocerla en un segundo y convertir la noche en un espectáculo.
Pero Teresa resuelve el problema el miércoles, llega al penthouse con una bolsa de plástico y una expresión de conspiradora.
—Es de mi sobrina —dice—. Hace teatro en el barrio, hizo de Cleopatra en primavera.
Dentro de la bolsa hay una peluca negra y lisa, cortada a la altura de la mandíbula con un flequillo recto que parece hecho con regla.
Diana se la pone delante del espejo del vestíbulo, le añade unos lentes de montura gruesa, sin graduación que venían en la misma bolsa, un pintalabios rojo oscuro, una chaqueta de cuero de Teresa de cuando tenía treinta años y según ella, "otra vida".
Iván sale del estudio y se queda inmóvil al final del pasillo.
—¿Qué tal? —pregunta Diana girando sobre sí misma.
Él tarda mucho en contestar.
—Pareces otra persona.
—¡Esa es la idea!
—Lo sé. —Se ajusta los lentes despacio—. No me gusta.
—¿Por qué no?
—Porque te estaba mirando y por un segundo no te encontré.
Lo dice muy serio sin ninguna intención de ser romántico, con la misma voz con que dice que un documento no cuadra. Diana se queda con la boca abierta, sin saber qué hacer con esa frase. Teresa detrás de ella se lleva una mano al pecho y suspira como en una telenovela.
El jueves 28 de noviembre a las once y media de la noche Diana entra en el Club Velvet.
Es un antiguo cine del centro reconvertido en discoteca con las paredes forradas de terciopelo morado, una barra de neón violeta y un techo tan alto que la música rebota contra él y vuelve multiplicada. Huele a perfume caro, a sudor y a algo dulce que Diana no quiere identificar. Hay demasiada gente. Hay demasiado ruido. Pero hay luz, mucha luz de colores, y eso le basta.