Capítulo 29
La primera noche
Diana llega hasta la mitad del pasillo y se da la vuelta.
Vuelve a su cuarto, s sienta en la cama, se levanta.
Es absurdo, ha ganado quince millones, ha revocado un poder delante de once accionistas y ha salido de un sótano a oscuras. Pero no es capaz de recorrer seis metros de pasillo.
Iván le enseñó a pensar como un balance así que lo intenta.
A favor: el ascensor entre el piso doce y el diecinueve, el pulgar de él quitándole pintura de la mejilla, la noche de la cocina cuando estuvo a punto de no soltarle la mano.
En contra: un hombre que mandó romper costillas y que cuando le preguntó si habría matado por ella dijo que sí sin pestañear. Y un matrimonio con fecha de caducidad.
Luego de deliberar unos segundos se decidió.
A favor. Da igual.
Se cambia el pijama de rayas azules por una camiseta blanca, se ve en el espejo y parece que se esfuerza demasiado, vuelve al de rayas, se pinta los labios y se los limpia con el dorso de la mano.
—Eres ridícula —le dice al espejo.
El espejo no lo discute.
Ensaya una frase. "¿Tienes un momento?" Como si fuera a venderle un seguro, "quiero dormir contigo," se tapa la cara con la almohada y grita dentro de ella. En silencio decide no ensayar nada.
Son las once y cincuenta y seis, Diana sale al pasillo y esta vez no cuenta los pasos, se planta delante de la puerta de la izquierda y llama una sola vez como hace él.
La puerta tarda en abrirse.
Cuando se abre Iván está al otro lado con el pelo empapado, una toalla blanca alrededor del cuello y unos pantalones de pijama grises nada más. Tiene la piel todavía húmeda con gotas que le resbalan por el pecho y los lentes en la mano como si los hubiera agarrado a toda prisa al oír el golpe.
Diana se olvida de todo lo que pensaba decir.
Él se pone los lentes, se le empañan al instante, se e los quita y se los vuelve a poner. Siguen empañados.
—Acabo de salir de la ducha —dice innecesariamente.
—Ya veo. —Diana tiene la cara ardiendo—. Lo veo todo, bastante.
Iván agarra una camiseta del respaldo de una silla junto a la puerta y se la pone de un tirón.
—¿Pasa algo? ¿La luz?
Diana niega con la cabeza y mira el reloj de la mesita detrás de él, son las once y cincuenta y ocho.
—En dos minutos se cumplen cuatro meses —dice.
—Lo sé.
Iván se quita los lentes por última vez, y los deja sobre la cómoda, sin ellos tiene la mira sin ninguna defensa.
—Diana. ¿Qué haces aquí?
Ella respira por la nariz, cuenta hasta cuatro.
—Vengo a quedarme. —Le tiembla la voz—. Esta noche. Si tú quieres.
Iván no se mueve, tiene una mano apoyada en el marco como alguien que se sujeta para no avanzar.
—No es gratitud —dice ella antes de que él pueda preguntar—. No es el vino, no he bebido nada, ni agua, bueno agua sí, agua sí he bebido. —Se tapa la cara con las manos—. Dios mío.
Por primera vez en toda la conversación, algo se mueve en la boca de Iván, algo que se parece a una sonrisa.
—Diana.
—¿Qué?
—Mírame.
Ella baja las manos y él la mira con una intensidad que la deja sin aire.
—No sé hacer esto a medias —dice él muy bajo—. Si entras no voy a saber fingir que no pasó. No voy a poder verte cruzar el pasillo mañana sin contar los pasos.
—Ya los cuentas.
—Los voy a contar peor—Hace una pausa mientras respira profundamente—Dímelo otra vez para que lo oiga.
—Quiero quedarme.
Iván cierra los ojos un instante.
En la mesita el teléfono vibra con una alarma. En la pantalla iluminada se lee una sola palabra.
"Cuatro."
Son las doce en punto.
Diana mira la alarma y luego lo mira a él.
—¿Pusiste una alarma?
—Puse una alarma —admite sin ninguna vergüenza.
Diana se ríe, es una risa nerviosa, temblorosa, que se le escapa sin permiso y en medio de la risa Iván se aparta del marco de la puerta le toma la cara entre las manos y la besa.
No empieza despacio, empieza como algo que se rompe, la boca de él sobre la de ella con una urgencia que Diana no le ha visto nunca, como si todas las veces que se detuvo primero se le vinieran encima de golpe, ella le agarra la camiseta con los dos puños, él la hace retroceder hasta dentro de la habitación sin dejar de besarla y cuando la espalda de Diana choca contra la puerta la cierra con el peso de los dos.
Diana oye el clic. Por primera vez en su vida una puerta cerrada no le da miedo.
Iván le hunde las manos en el pelo, le besa la mandíbula, el cuello, el punto exacto bajo la oreja que la hace jadear y se queda ahí con la respiración rota contra su piel.
—Llevo tanto tiempo… —empieza él.
Ella no lo deja terminar, le saca la camiseta por la cabeza con unos dedos que no le obedecen del todo, la tira al suelo y le apoya las dos palmas abiertas sobre el pecho, siente su corazón golpearle la mano como un animal atrapado igual que el suyo.
Llegan a la cama sin saber cómo, junto a ella hay una lámpara encendida con la luz baja. Caen, él se sostiene sobre los brazos para no aplastarla, la mira desde arriba y Diana mira de reojo la lámpara. Él sigue su mirada.
—La luz se queda —dice.
No lo pregunta pero el lo sabe, siempre lo sabe.
Le desabrocha el primer botón del pijama, el segundo, le pide permiso con los ojos antes de cada uno y ella se lo da con la boca besándolo impaciente hasta que él tiene que reírse contra sus labios, una risa ronca y breve que Diana siente en todo el cuerpo.
Y entonces en el tercer botón Iván se detiene.
Se queda quieto encima de ella con los dedos en el ojal y la mandíbula tensa. Diana abre los ojos.
—¿Qué pasa?
—Tengo que decirte algo antes. —Traga saliva—. Te prometí decirte las cosas antes.
—Iván si es otra empresa fantasma, te juro que…
—No tengo experiencia.
—¿Qué?
—Ninguna. —Lo dice con la misma voz con la que lee un informe pero tiene las orejas rojas—. Nunca he estado con nadie. Sé que tú… que con él… seis años. No espero que… —Se aclara la garganta—. Si lo hago mal dímelo. Aprendo rápido.