Capítulo 24
La fotografía
El teléfono de Diana vibra sobre la mesa.
"No."
Es un mensaje de Iván, solo esa palabra, Diana levanta la vista hacia la barra y él ya ha dado dos pasos hacia ella entre la gente y Bruno camina a su lado con la cara de quien intenta frenar un tren con las manos.
Diana levanta la palma abierta por encima de las cabezas.
Iván se detiene.
Lo ve detenerse a diez metros con los hombros tensos bajo el traje y una luz violeta que le cruza la cara. No se acerca más. Tampoco vuelve a la barra. Se queda ahí, en mitad de la pista, inmóvil, mientras doscientas personas bailan a su alrededor sin tocarlo porque Bruno no deja que nadie lo toque.
Diana escribe con un dedo.
"Voy, no tardo diez minutos tu cuentas".
Y sigue a Carmen.
El baño de mujeres del Velvet es una caja de espejos iluminada con luz rosada. Hay un sofá de terciopelo, un cesto de caramelos y una señora mayor con uniforme negro que reparte toallitas de papel.
Carmen le pone un billete en la mano a la señora.
—Váyase a fumar Marisol.
—Yo no fumo, señorita.
—Pues empiece.
La señora se va y la puerta se cierra con un sonido neumático. Diana se queda junto a ella con la espalda casi tocando el picaporte. Hay luz, mucha luz, pero es un cuarto pequeño y sin ventanas, y su cuerpo lo sabe antes que su cabeza.
Carmen se mira en el espejo y se retoca el pintalabios con calma.
—Lo de Thiago no es lo que parece.
—Parece que le regalas relojes con el dinero de mi empresa.
—Thiago me entiende, es lo único en mi vida que es solo mío. —Guarda el pintalabios—. Y si le enseñas ese video a Sebastián voy a enseñarle a toda la ciudad esto.
Saca el teléfono, lo desbloquea y se lo tiende.
Diana lo toma.
La primera foto está algo oscura tomada con flash. Es un dormitorio, hay una cama con una colcha blanca bordada a mano con pájaros azules, en la pared de encima un cuadro pequeño, el puerto al amanecer pintado a los diecinueve años.
Es su cuarto en la mansión, es su cama, en la cama hay un hombre dormido boca abajo con la espalda desnuda y una mano colgando hacia el suelo. Diana conoce esa mano, la conoce mejor que la suya, ha sostenido esa mano en el cine, en hospitales y en la puerta del colegio.
En primer plano sonriendo a la cámara con el pelo despeinado y la sábana subida hasta el pecho está Carmen, la fecha aparece arriba, en letra pequeña. Es del año pasado.
Es la noche de su compromiso.
—Esa noche tú estabas abajo —dice Carmen en voz muy suave—. Recogiendo copas, habías insistido en lavar a mano las de cristal de tu abuela porque no te fiabas del servicio, te oíamos cantar en la cocina.
Diana pasa a la siguiente foto, otra noche, la misma cama, pasa otra, el coche de Sebastián, el asiento trasero, otra, la terraza de la piscina, otra, su propio cumpleaños, hay un pastel con velas al fondo y en primer plano la mano de Sebastián en la cintura de Carmen debajo de la mesa mientras Diana sopla las velas sin saber nada.
Hay treinta y siete fotos, Diana las cuenta y no sabe por qué, pero contarlas la ayuda a no gritar.
—¿Por qué me las enseñas ahora?
—Porque tú tienes tu video y yo tengo mis fotos. —Carmen se encoge de hombros—. Si tú hablas, yo hablo. Y entonces toda la ciudad sabrá que la gran heredera Scott tuvo a la amante de su prometido viviendo en su casa durante años, sirviéndole el desayuno. ¿Quién va a quedar peor Diana? ¿La que se divirtió o la tonta que no se dio cuenta?
—Te di una habitación. Te pagué la universidad.
—Me diste las sobras. —Por primera vez algo se rompe en la voz de Carmen—. Siempre fue así, tu casa, tu dinero, tu novio, tus cuadros, tus padres que te llamaban todos los domingos desde Suiza. Yo tenía que pedir permiso hasta para usar la piscina y tú encima me tenías lástima. Me tratabas con bondad. —Escupe la palabra—. ¿Sabes lo que es que te traten con bondad todos los días? Es peor que una bofetada.
Diana la mira. Ve a una mujer de veintidós años con un vestido pagado por otro, en un baño rosado, temblando de rabia por algo que Diana nunca le hizo. Al fin entiende que no hay nada que pueda decirle que Carmen quiera oír.
—Todos lo sabían —añade Carmen recuperando la sonrisa—. Las criadas, mi amiga de las uñas, media gente de esa fiesta donde servías canapés te miraban y se reían. Y tu marido millonario también lo sabía, pregúntale, seguro que lo sabía antes que tú, todo el mundo lo sabía antes que tú.
Diana le devuelve el teléfono, se mira un momento en el espejo por encima del hombro de Carmen. La peluca negra, los lentes falsos, el pintalabios oscuro, una desconocida, es mejor así, y la desconocida no va a llorar aquí.
—Esa colcha la bordó mi madre —dice—. Le llevó un año entero cuando estaba en el hospital. Cada pájaro es una semana.
Carmen frunce el ceño. No entiende.
—Espero que al menos la lavaras.
Abre la puerta y antes de salir, se gira.
—Tú guardaste esas fotos un año entero para humillarme. Yo voy a usar mi video una sola vez y después no voy a volver a pensar en ti.
Sale y la puerta se cierra detrás de ella con el mismo sonido neumático, aguanta toda la pista, aguanta las luces violetas, la música que retumba en el pecho y el portero que le sonríe, aguanta la acera fría, el coche y el cinturón de seguridad.
A las tres cuadras se quita la peluca y la lanza al asiento trasero.
A las cuatro se rompe.
No llora como en el sótano, con miedo. Llora como no ha llorado nunca, con la boca abierta, con la frente contra la ventanilla y con unos sollozos que le salen de un lugar tan profundo que no sabía que existía. Llora por la colcha y por las copas de la abuela. Por el cumpleaños. Por la chica que cantaba en la cocina mientras arriba se reían de ella.
Iván conduce y no dice nada. Cuando ella busca a tientas un pañuelo él ya tiene uno en la mano.