La esposa que el Ceo no devolvió

Mil doscientos once

Capítulo 13

Mil doscientos once

El viernes a las seis de la mañana, Diana entra en un supermercado con una libreta en la mano.

Es un Supermercados Montenegro del barrio Las Palmas, inmenso y frío, que huele a pan recién horneado y a desinfectante de limón. Iván camina medio paso detrás de ella, de traje oscuro, empujando un carrito vacío que Diana le ha puesto en las manos al entrar.

—No necesito un carrito.

—Sin carrito pareces un inspector. Nadie se pone nervioso con un hombre que empuja un carrito.

—Soy el dueño.

—Por eso.

Iván empuja el carrito con la dignidad ofendida como quien conduce una carroza fúnebre.

Diana no ha dormido. La quincena de Scott cuesta, redondeando, un millón ochocientos mil euros. La cuenta operativa tiene cero. A las tres de la madrugada recordó una frase de su padre escrita en tinta verde.

"El mejor cliente de Aleta Tropical es Montenegro. Cuidarlo como a un hijo".

Montenegro compra camarón. Scott pesca camarón. Y Scott no tiene dinero.

—Voy a hablar con tu directora de compras —le dijo en el desayuno.

—Como cualquier proveedor —respondió él—. Yo no voy a estar en la sala.

Por eso está ahí a las seis, antes de pedirle nada a nadie, quiere ver qué compra Montenegro.

La nevera de los mariscos está medio vacía. En el estante del camarón hay un cartel rojo.

"AGOTADO. DISCULPE LAS MOLESTIAS".

Un muchacho que repone yogures le explica, sin que ella tenga que insistir, que el camarón llega tarde, llega poco y a veces llega "feo".

—Dice jumbo y viene como para sopa, señora. La gente se queja conmigo, como si yo lo pescara.

—¿Quién lo trae?

—Una distribuidora. Marlín. Tienen un pez pintado en el camión.

Diana subraya la palabra dos veces. No sabe por qué, pero le pica.

—Gracias. ¿Cómo te llamas?

—Kevin. —El muchacho mira a Iván, inmóvil junto al carrito vacío—. ¿Su esposo no compra nada?

—Está pensando.

—Lleva mucho rato pensando.

—Es su manera de comprar.

Ese mismo día Diana se reunió con el equipo de Montenegro, Leonor Ibarra tiene cincuenta y tantos años, el pelo gris recogido en un moño tirante y una oficina en el piso diecinueve de la torre Montenegro donde no hay ni una planta. Recibe a Diana de pie.

—Señora Montenegro.

—Scott para esta reunión. Vengo como proveedora.

Leonor levanta una ceja que ha visto llorar a muchos vendedores.

—Tiene veinte minutos.

Diana se sienta sin que la inviten. Lo aprendió el martes, quien espera permiso para sentarse ya perdió la mitad de la negociación.

—Sus supermercados no tienen camarón. Distribuidora Marlín entrega tarde, poco y pequeño con etiqueta de jumbo. Lo vi esta mañana en Las Palmas. Su repositor se llama Kevin y está harto.

—¿Fue a mirar mis neveras?

—Si a las seis. Su pan está muy bueno.

—Continúe.

—Marlín no tiene barcos. Ese camarón lo pesca Aleta Tropical. Le propongo cortar el intermediario, le vendo directo, más barato que Marlín, con entrega en tres días y calibre garantizado. A cambio, el cincuenta por ciento del primer pedido por adelantado, en cuarenta y ocho horas tendra tres contenedores que esperan en el frigorífico de Aleta desde hace dos semanas.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque pregunté.

No le dice a quién. No le dice que fue Ana que le preguntó a su sobrino, que es montacarguista en el puerto. La información no siempre llega en carpetas, eso le había enseñado Iván.

Leonor abre una carpeta, pasa tres páginas y se detiene en una tabla.

—Marlín me factura camarón jumbo desde febrero. A precio de jumbo. —Golpea la tabla con una uña corta y sin pintar—. Y mis tiendas reciben quejas desde febrero. Pensé que era mala suerte.

—No es mala suerte.

—No. Nunca lo es. —Leonor cierra la carpeta—. La mala suerte es lo que la gente perezosa llama a lo que no investiga.

Diana no respondió nada y Leonor le pregunta mientras analiza cada detalle de su reacción.

—¿Por qué no se lo pide a su marido?

—Porque entonces sería un favor. Y los favores se pagan de maneras que no aparecen en ninguna factura. Prefiero deberle un pedido que deberle a él.

Algo se mueve en la cara de Leonor, como un sastre que encuentra una tela mejor de lo esperado.

—Ocho por ciento por debajo de Marlín. Adelanto contra inspección. Si un contenedor no cumple, se cancela todo.

—Seis. Y el mes que viene le entrego cuatro contenedores en lugar de tres.

—¿Tiene cuatro?

—Los voy a tener.

—Siete. —Leonor saca una pluma—. Necesito la firma de alguien con facultades para vender, y usted no las tiene. Traiga la de su padre antes del lunes. La inspección es el lunes a las ocho.

Luego en el ascensor, Diana no puede dejar de sonreír. Hasta que se acuerda.

—Iván. ¿Tú sabías lo de Marlín?

Las puertas se cierran. Él tarda en contestar.

—Sabía que Marlín existía. Que no tenía barcos. Y que comparte dirección y teléfono con otras dos empresas de Scott, constituidas en febrero. Calle Industrial 44.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde antes de conocerte en persona.

—¿Y no dijiste nada?

—No me lo preguntaste. —Se ajusta los lentes—. Quería saber si lo verías tú. Lo viste a las seis de la mañana, preguntándole a un muchacho que repone yogures. Yo tardé tres meses y necesité dos auditores.

Diana no sabe si enojarse o sentirse halagada. Hace las dos cosas a la vez.

—No vuelvas a hacerlo. Dejarme encontrar algo que ya tu sabías.

Iván la mira de una manera que no termina de ser una disculpa.

—Querías destruirlo con tu mano. Entonces tengo que dejar de prestarte la mía.

El teléfono de él vibra. Iván mira la pantalla y una sombra breve le cruza la cara. Es un mensaje con una foto, un barco blanco, inmenso, en medio de un mar sin orillas, y una mujer rubia con un sombrero enorme saludando a la cámara.




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