La esposa que el Ceo no devolvió

Clases de media noche

Capítulo 11

Clases de medianoche

A las seis y cuarenta de la mañana Teresa encuentra a la señora Montenegro dormida sobre el Código de Comercio.

Está sentada en el suelo del salón, con la espalda contra el sofá, en el centro de un círculo de papeles que parece un ritual. Hay notas adhesivas amarillas en la mesa, rosadas en la alfombra y verdes pegadas en la lámpara de pie, por motivos que Teresa prefiere no investigar. En la mejilla de Diana, impresa al revés, se lee la palabra quórum.

—Señora —susurra Teresa—. ¿Le traigo un café?

Diana abre un ojo.

—¿Qué es una mayoría cualificada?

—¿Perdón?

—Nada. —Se despega una nota verde del codo—. Sí. Café. Mucho.

La noche anterior Iván le dijo que durmiera. Y ella obedeció. Durante once minutos, a la medianoche ya estaba en el salón con la tableta y tres resaltadores. A las dos entendió la diferencia entre una asamblea ordinaria y una extraordinaria. A las cuatro lloró un poco con un artículo sobre representación de acciones, no por el artículo, sino porque a esa hora todo da pena.

Cuando Iván sale de su habitación a las siete en punto se detiene al final del pasillo.

El ventanal ha desaparecido bajo un mural de notas unidas con flechas de rotulador. Arriba, en letras grandes.

"¿QUIÉN MANDA EN SCOTT?"

—Has convertido la ventana en una investigación criminal.

—Es un organigrama.

—Hay una flecha que dice "serpiente".

—Es Hernán Soto. Estornuda cuando miente. —Diana bebe el café de un trago—. El lunes Sebastián dijo que la empresa estaba "en consolidación" y Soto estornudó. Dijo que los proveedores nuevos eran "más competitivos" y estornudó otra vez. Tres veces en diez minutos. Nadie tiene tanta alergia.

Iván saca una libreta pequeña del bolsillo interior de la chaqueta y anota algo.

—¿Lo vas a usar?

—Las mejores pruebas nunca están en los documentos. Están en la gente.

Al poco tiempo Teresa les avisa que la comida está lista y se van a comer dejando atrás las notas en el cristal.

—Las reglas son estas —dice él en el desayuno—. De día tú lees y yo trabajo. A las once de la noche te pregunto lo que leíste.

—¿Y si quiero preguntarte algo a mediodía?

—Me escribes.

—¿Y contestas?

—Cuando puedo.

—Oliver dice que eso no es contestar, es hacer una donación.

Iván levanta la vista del periódico.

—¿Cuándo hablaste con Oliver?

—Nunca. Te lo oí decir por teléfono el sábado.

Hablas muy alto cuando crees que nadie escucha, Iván retira la vista de Diana y dobla el periódico con una precisión sospechosa y no responde.

Ortega aparece a las siete y media con la tableta, lo que en ella equivale a una alarma de incendio.

—Columna social de Puerto Alcázar Hoy. Publicada a las seis.

El titular dice.

La heredera Scott, en reposo tras una "crisis" en el Imperial. Debajo, tres párrafos de "fuentes cercanas a la familia" Diana Scott, "frágil desde siempre", habría sufrido un episodio en un hotel tras "excederse". Su prometido, "devastado pero firme", sigue al frente de la empresa "para protegerla". Ni una palabra sobre el matrimonio.

—"Frágil desde siempre". —Diana deja la tableta con cuidado, para no lanzarla—. Lo está preparando para el jueves.

—Si el jueves aparece un médico diciendo que no estás en condiciones, la junta ya leyó esto y lo cree. —Iván se levanta—. Esta noche cenamos fuera. Una mujer en crisis no sale a cenar al restaurante más concurrido de la ciudad. Quiero que te vean, si hacemos eso la mitad del jueves se gana hoy.

—Tengo tres días para aprender derecho mercantil.

—Lleva tus tarjetas.

—¿Qué tarjetas?

Diana saca del bolsillo de la bata un mazo de fichas atado con una liga. Cuarenta y tres definiciones. Iván las mira un largo segundo.

—Lleva tus tarjetas —repite.

A mediodía, Ana llega en un taxi con tres cajas de cartón con etiqueta azul, sacadas de la biblioteca de la mansión.

—Pesan más que su papá —dice, secándose la frente.

Rubén Scott tiene una costumbre que su esposa llama encantadora y sus abogados, irritante, escribe a mano con tinta verde, en los márgenes de todo lo que firma. Diana creció viendo esa tinta en contratos y actas, como quien ve la letra de su padre en tarjetas de cumpleaños.

Pasa la tarde entre actas de hace quince años. Encuentra un pez con bigote dibujado en el margen de un balance. Y en una lista de proveedores de 2018, una frase que la hace reír y llorar a la vez.

" Preguntarle a Diana qué color le pondría a las latas. Tiene mejor ojo que todo marketing."

Nunca se lo preguntó. O quizá sí, y ella no se acuerda. Ese año ya estaba con Sebastián, y Sebastián decía que el color de las latas era cosa de expertos.

El restaurante Alba ocupa la terraza de un edificio del malecón, con velas en frascos de cristal y ahora una clientela que va a cenar para que la vean cenando.

Diana entra del brazo de Iván. No lo planeó. Él le ofreció el brazo en el ascensor sin decir nada ella lo aceptó por reflejo y ahora no sabe cómo soltarlo sin que parezca una pelea.

Las cabezas se giran.

—Nos miran —murmura ella.

—Esa es la idea. Eres mi esposa. No tienes que hacer nada para estar aquí.

Lo dice en voz baja, con la mano todavía bajo la suya. A Diana se le acelera el pulso y decide que es por la gente.

A dos mesas de distancia hay una melena rubia y unas uñas larguísimas. Es la amiga de Carmen, la de la fiesta, la que preguntó de qué agencia era "la servicial". Diana ve el instante exacto en que la reconoce: primero la confusión, después el horror, cuando sus ojos pasan al hombre que la acompaña.

—¿La conoces? —pregunta Iván.

—Una vez me pidió una bebida en mi casa. Creyó que era empleada.

Iván deja la carta sobre la mesa. Gira la cabeza un grado y mira a la rubia, no frunce el ceño ni dice nada. Solo la mira, con una quietud que hace que la llama de la vela parezca moverse demasiado.




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