Capítulo 20
Demasiado cerca
"El convenio entre el Fondo Litoral Sostenible y Mercado Ola se firmará el jueves 21 de noviembre en una gala de ciento cincuenta invitados en el salón dorado del hotel Imperial."
Diana lee el lugar en el correo del Fondo y se le congela la taza a medio camino de la boca.
—El Imperial es el hotel donde me drogaron.
—Lo sé —dice Iván.
—¿Puedo no ir?.
—Puedes no ir.
—Es mi convenio, mi firma, la de verdad. —Deja la taza—. Voy.
—Entonces vamos.
—¿No vas a decirme que no tengo que hacerlo si no quiero?
—Acabas de decírtelo tú y has decidido ir.
El lunes 18, a las nueve de la mañana Diana entra en el registro mercantil con un notario y con Gustavo Ferrer pálido como el papel.
Presenta a petición propia y firmada por el presidente legal desde Suiza, la convocatoria de una Asamblea Extraordinaria de Accionistas de Scott Holdings para el lunes 9 de diciembre a las diez de la mañana. Un solo punto, la revocación del poder de gestión otorgado al señor Sebastián Paz por justa causa.
Con veintiún días de antelación.
—La ley pide quince —dice el notario.
—Le doy seis de regalo. Esta vez quiero que nadie pueda decir que no lo leyó.
En la puerta Ferrer se seca la frente.
—Él va a pelear señora. Y yo firmé cosas, muchas cosas.
—Lo sé Gustavo, por eso tienes veintiún días para decidir de qué lado quieres estar el 9 de diciembre.
Ferrer no contesta pero por primera vez en un mes no le tiemblan las manos.
El miércoles a las doce y media de la noche Diana encuentra a Iván en la cocina peleándose con un frasco de pepinillos.
Lo intenta con la mano derecha, con la izquierda, con un paño. El frasco resiste con una dignidad absoluta.
—Tengo hambre —dice él sin que ella pregunte—. Era lo único de la nevera que no había que cocinar.
Diana le quita el frasco, golpea la tapa dos veces con el canto de la mano como le enseñó su madre y lo abre de un giro.
—Física. Y años abriendo frascos para gente que decía estar muy ocupada.
Iván se come un pepinillo con una seriedad absoluta y se quedan de pie en medio de la cocina, iluminados desde abajo por la luz de la nevera abierta. Él con la camiseta gris de dormir y ella con el suéter grande y unos calcetines de lana distintos uno verde y otro azul.
—Llevas calcetines distintos.
—Es una declaración artística sobre que eran las doce y media y no encontré el otro.
Iván se ríe.
No es una sonrisa ni el borde de una. Es una risa breve y baja, que le sale del pecho sin permiso. Dura dos segundos, después se calla sorprendido de sí mismo, como quien oye un ruido extraño en una casa vacía.
—Hazlo otra vez —dice Diana.
—No se hace a voluntad.
—Inténtalo.
Iván cierra la nevera.
—Vete a dormir Diana.
Ella tarda dos horas en conseguirlo.
El jueves por la mañana mientras se viste para la gala el teléfono de Iván suena en el salón con un tono que Diana no le ha oído nunca, una melodía de ukelele alegre y ridícula.
—¿Qué es eso?
—Mi madre eligió el tono y no sé cambiarlo.
—Eres un genio de los negocios y no sabes cambiar un tono.
—Sé cambiarlo. Pero ella me prohibió hacerlo.
Es un mensaje de voz enviado vía satélite desde algún lugar del Pacífico. Iván lo pone en altavoz con la cara de un hombre que acepta su destino.
—¡IVÁN MONTENEGRO! —La voz de Ivanna llena el penthouse entre interferencias—. ¡Me entero por la hija de la señora Valdivia, la del arpa, que te CASASTE! ¡Por una foto! ¡Con una chica que estaba junto a un PLÁTANO! ¿Es verdad? ¿Es buena? ¿Come? ¡Vuelvo en febrero y quiero conocerla y quiero que me lo expliques todo, y si no me contestas te juro que me bajo de este barco y vuelvo NADANDO! Te quiero. Coman.
El mensaje se corta.
Diana tiene la mano sobre la boca.
—Tu madre…
—Es así.
—¿Se va a bajar nadando?
—Una vez saltó a una piscina vestida porque yo no contestaba el teléfono. Yo tenía doce años y estaba en el internado. —Se ajusta los lentes—. Febrero es un plazo optimista.
Diana se ríe pero se le queda una imagen, una mujer alegre que se va cada otoño a recorrer el mundo en un barco lo más lejos posible de algo.
—¿Por qué se va siempre en otoño?
Iván deja el teléfono sobre la mesa boca abajo.
—Porque mi padre murió en otoño.
Lo dice sin cambiar el tono, como quien informa de la fecha de una reunión. Pero Diana ve que la mano que dejó el teléfono se queda apoyada sobre él, blanca y demasiado quieta.
—Lo siento no lo sabía.
—Fue hace mucho, yo tenía seis años. —Se ajusta los lentes—. Un accidente de coche.
—¿Y tú? ¿Tú adónde te vas cada otoño?
Iván la mira un largo segundo.
—A ningún sitio, trabajo más.
Diana no pregunta detalles pero esa tarde mientras se pone el vestido piensa en un niño de seis años y en una madre que se sube a un barco cada año para no estar en tierra cuando caen las hojas...
En el vestíbulo del Imperial Diana se detiene en seco.
Todo sigue igual. La escalera de mármol, las lámparas que tintinean con el aire acondicionado y al fondo la entrada del restaurante donde hace cuarenta y ocho días se tomó una copa de vino con un fondo amargo.
Se le cierra la garganta, Iván no la toma del brazo ni le dice nada, solo se queda a medio paso esperando.
—Ya —dice ella al fin.
Lleva un vestido azul cobalto largo y sencillo que eligió ella misma en una tienda y pagó con la única tarjeta que le queda, Iván la vio en el pasillo del penthouse y se le olvidó durante tres segundos completos cómo se ajustan unos lentes.
En el salón dorado un mesero se acerca con una bandeja de copas ya servidas. Diana se queda mirándolas.
—Agua —dice Iván—. Dos botellas cerradas y ábralas delante de la señora.
El mesero vuelve y abre las botellas delante de ella con un chasquido. Diana ve el agua caer, clara, sin que nadie se interponga.