La esposa que el Ceo no devolvió

La mansión es mía

Capítulo 9

La mansión es mía

El ascensor baja doce pisos en un silencio tan denso que se puede cortar con un cuchillo.

Diana mira fijamente los números que se iluminan uno a uno sobre la puerta. Tiene las manos entrelazadas delante del cuerpo y la espalda recta como una regla. Se siente los labios hinchados, y calientes.

—Eso fue innecesario —dice por fin.

—Funcionó —responde Iván.

—No es lo que he dicho.

—Fue innecesario y funcionó. Ambas cosas son ciertas.

Diana se vuelve hacia él con los ojos entornados. Iván mira al frente, con las manos a la espalda y la expresión de un hombre que acaba de revisar unos números. Pero tiene las orejas ligeramente rojas.

Ella baja la vista a sus zapatos para no sonreír.

—Prometiste que no me tocarías sin permiso.

—Lo pedí.

—No dijiste nada.

—Lo pedí con los ojos.

—Eso no es un método legal.

—Y tú lo concediste con la boca.

Diana abre la boca para contestar, y la vuelve a cerrar. El ascensor se detiene en el vestíbulo con un tintineo.

—Ahora —dice al salir con la barbilla alta— voy a mi casa.

—Te acompaño.

—No te lo he pedido.

—Es verdad.

—Pero vas a venir de todas maneras.

—Sí.

Diana sonríe levemente y camina hacia el auto con paso firme. Detrás de ella Iván Montenegro también intenta y fracasa no sonreír.

La mansión Scott aparece al final de una avenida de palmeras, detrás de una verja negra y un jardín que alguien ha dejado de podar con la regularidad de antes.

Es una casa blanca de tres plantas, con columnas y balcones de hierro forjado. Diana creció allí. Aprendió a andar en bicicleta en ese camino de grava y se rompió un diente en esa fuente.

El portón está abierto. Y hay un deportivo rojo mal estacionado frente a la entrada, con la puerta del conductor entreabierta y una maleta de piel en el asiento trasero.

—Es de Carmen —dice Diana.

—Se está yendo.

—No. —Diana desabrocha el cinturón—. Aún no sabe que se va.

Cuando el auto se detiene sale primero. Cruza el camino de grava, sube los escalones y empuja la puerta con la palma. La casa huele a perfume caro y a flores marchitas.

El vestíbulo está lleno de bolsas de compras. En la escalera, una mujer con vestido plateado intenta bajar un baúl con una mano mientras habla por teléfono con la otra.

—No Gabriela, ya te lo dije la fiesta del sábado no puede ser aquí, la casa está hecha un desastre, Diana está en una de sus crisis, ya sabes cómo se pone…

—Carmen.

La mujer levanta la cabeza.

Durante un segundo, nada. Después, el teléfono se le resbala de la mano y rebota en el escalón.

—¡Diana! —Carmen corre escaleras abajo con los brazos abiertos y el rostro empapado de una preocupación sublime—. ¡Cielo! ¡Estábamos tan angustiados! ¡Sebastián te ha buscado por todas partes! ¿Cómo estás? ¿Qué te pasó? Ven, ven, siéntate…

Va a abrazarla.

Pero Diana retrocede un paso. Es un movimiento mínimo, casi imperceptible, pero Carmen se detiene en seco, con las manos en el aire.

—No me toques —dice Diana.

Carmen parpadea. Sonríe, con una sonrisa dulce y desconcertada.

—Diana, ¿qué…?

—Quiero que recojas tus cosas.

—¿Mis cosas?

—Todas. Y que salgas de mi casa.

El silencio que sigue tiene una cualidad extraña, como si las paredes también contuvieran el aliento. En el pasillo del fondo alguien ha dejado de lavar platos.

Carmen suelta una risita.

—Qué dramática. Es por lo de anoche, ¿no? Cielo, te sentiste mal, y Sebastián y yo te cuidamos, ¿no te acuerdas?

—Los vi.

—¿A quién?

—A los dos en un video. —Diana sostiene su mirada—. Tú pusiste algo en mi copa.

Carmen no se inmuta. La sonrisa no se mueve, solo el brillo de los ojos cambia, endureciéndose.

—No sé de qué hablas.

—Iván me lo enseñó todo.

—¿Iván?

—Mi esposo.

Carmen ríe, esta vez con un sonido agudo.

—¿Tu qué?

—Mi esposo —repite Diana—. Iván Montenegro y yo nos casamos el domingo.

La puerta de la entrada se abre detrás de ella. Iván cruza el umbral con las manos en los bolsillos y se detiene junto a Diana, medio paso detrás.

Carmen los mira a los dos. Abre la boca. La cierra.

—Eso es mentira.

—Hay un certificado —dice Iván.

—Ustedes… esto es una locura. Hace dos días no se conocían.

—Es verdad —dice Diana—. Pero hace dos días tampoco sabía que mi mejor amiga era una delincuente.

—¡Mira cómo me hablas! —La voz de Carmen se quiebra, con una indignación genuina, sin máscara—. ¡Después de todo lo que he hecho por ti! ¡Me ocupé de ti!

—Me hiciste de criada en mi propia casa.

—¡Eso es injusto!

—Tienes una hora.

—¡No puedes echarme!

—Esta casa está a nombre de mi padre. Tú vives aquí por un permiso que yo te di. —Diana respira—. Y ya no lo tienes.

Carmen la mira. Por primera vez, algo parecido al pánico le cruza el rostro.

—¿Y adónde voy a ir?

—No es mi problema.

—¡Tengo vestidos, zapatos, mi colección de perfumes!

—Los pagué yo. Las facturas están a mi nombre, puedes llevarte lo que sea tuyo —dice Diana—. Lo que has comprado con tu dinero. Si tienes dinero.

Carmen se gira con un movimiento brusco y grita hacia el pasillo.

—¡Ana! ¡Ana, ven aquí!

Ana aparece al fondo del recibidor con el delantal puesto y las manos secándose en un paño. Mira a Carmen, mira a Diana y mira a Iván.

—Señorita Carmen —dice Ana, con una calma perfecta—. ¿Necesita ayuda con las maletas?

Cuarenta minutos después el vestíbulo parece un campo de batalla.

Hay catorce maletas, nueve cajas y un loro disecado que Carmen se niega a dejar. Ana ha organizado todo con la eficiencia de una general.

—El juego de té no —dice Diana, deteniendo una bandeja que Carmen intenta meter en un baúl—. Es de mi abuela.

—¡Me lo regalaste!




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