Capítulo 28
La caída empieza
Sebastián Paz pierde su mundo en diecinueve días, no se derrumba de golpe como un edificio. Se va desmoronando por partes, como un castillo de arena cuando sube la marea, primero las torres, después los muros y al final el foso hasta que solo queda una mancha lisa que nadie recuerda haber visto en pie.
El miércoles 11 de diciembre el Banco del Litoral le exige la devolución inmediata de un préstamo personal de cuatrocientos mil avalado con acciones de Scott que ya no puede tocar. El jueves los cuatro amigos que votaron en contra en la asamblea presentan su renuncia el mismo día, a la misma hora, con cartas que parecen escritas por la misma mano. El viernes Bermúdez le comunica por correo que por conflicto de agenda deja de representarlo. El lunes el consejo de administración lo suspende cautelarmente como vicepresidente hasta que termine la auditoría forense con todos los votos a favor salvo uno.
El voto en contra es de Hernán Soto y estornuda al darlo.
El miércoles 18 Germán Olmedo es detenido en la terminal de autobuses con un billete hacia la frontera y una maleta llena de camisas sin planchar. En el interrogatorio aguanta cuarenta minutos, después pide un café y lo cuenta todo, el depósito B, el horno de la planta del sur y el licenciado que llamaba cada noche para preguntar si ya estaba hecho.
—No lo encontró Iván —le dice Diana a Arciniega por teléfono, como quien se lo dice a sí misma—. Lo encontró la policía.
—Claro niña —contesta Arciniega—. La policía.
En el apartamento de cincuenta y ocho metros cuadrados el ascensor sigue roto, Sebastián sube los cuatro pisos de escalera con las costillas vendadas, parándose en cada rellano, cuando llega Carmen está tumbada en el sofá con el teléfono.
—Me cancelaron la tarjeta —dice Carmen sin levantar la vista—. La de Coral, llamé al banco y me dijeron que la cuenta está bloqueada por orden judicial. ¿Qué significa eso?
—Significa que no hay más dinero.
—¿Cómo que no hay más? —Carmen se sienta—. Tú me dijiste que el dinero era tuyo, que lo habías ganado tú, que la empresa no funcionaba sin ti.
Sebastián la mira, le duelen las costillas al respirar, le duele todo.
—Te mentí.
Carmen se queda callada un segundo. Después se ríe, una risa aguda, y sin alegría.
—¿A mí? ¿Me mentiste a mí? —Se levanta del sofá—. ¡Dejé todo por ti! ¡Dejé una mansión por ti!
—No era tu mansión.
—¡Tampoco era tuya!
Es la primera verdad que se dicen en años. Se quedan mirándola en medio del salón diminuto como dos personas que encuentran una serpiente en la alfombra.
Esa noche Carmen duerme en el sofá y Sebastián en la cama con las costillas ardiendo, oye cómo ella susurra al teléfono hasta las tres de la madrugada, no pregunta con quién habla, no le quedan fuerzas para querer saberlo.
El sábado 21 de diciembre Teresa anuncia en el desayuno que en el penthouse nunca ha habido un árbol de Navidad.
—¿Nunca? —pregunta Diana.
—En seis años ni un adorno, ni una vela, el año pasado le puse un lazo rojo al picaporte de la cocina y el señor me preguntó si se había roto algo.
Diana se gira hacia Iván que lee el periódico con una concentración sospechosa.
—¿Nunca has tenido árbol?
—No le veo la utilidad.
—No tiene utilidad, es bonito.
—Lo bonito tampoco tiene utilidad.
—En la galería Marea venden un plátano pegado a una silla por cuarenta mil. —Diana entorna los ojos—. Lo inútil tiene mucho mercado.
Esa tarde un árbol de dos metros y medio entra por el ascensor de servicio inclinado con dos repartidores sudando y Teresa dirigiendo la maniobra como un capitán. Iván sale del estudio lo mira desde el pasillo y se queda inmóvil como quien encuentra un animal salvaje en su salón.
—Está dentro de mi casa.
—Nuestra casa durante un año —le recuerda Diana—. Y sí. Está dentro.
Lo decoran esa noche, es decir Diana y Teresa lo decoran e Iván las observa desde el sofá con la expresión de un inspector de seguridad que evalúa un riesgo de incendio. Cuando Diana le pone en la mano una caja de bolas azules, él la sostiene como si contuviera explosivos.
—¿Dónde?
—Donde quieras.
—Eso no es una instrucción.
—Es Navidad, no hay instrucciones.
Iván cuelga la primera bola con una precisión milimétrica, a la altura exacta de sus ojos. Después la segunda, a diez centímetros exactos de la primera. A la quinta Diana se da cuenta de que está formando una espiral perfecta, matemáticamente equidistante alrededor de todo el árbol.
—¡Iván!
—¿Qué?
—Es un árbol no un gráfico.
—Los gráficos son bonitos.
Teresa tiene que sentarse en el suelo porque le da un ataque de risa.
Al final queda la estrella, Diana se sube a una silla y no llega, se estira de puntillas y tampoco, Iván se acerca por detrás toma la estrella de su mano sin rozarle los dedos y la coloca en la punta sin esfuerzo con un brazo.
Diana se queda en la silla. Él se queda detrás de ella durante un segundo, ninguno de los dos se mueve. Ella nota su calor en la espalda, a través del suéter aunque no la toca.
—Ya está —dice él con la voz un poco más baja de lo normal.
—Ya está —repite ella.
Teresa apaga las luces del techo y el árbol se enciende solo lleno de puntos dorados, y Diana ve en el ventanal el reflejo de los dos, uno junto al otro con la ciudad detrás.
El 24 por la noche Diana le da su regalo.
Es un lienzo pequeño de treinta por cuarenta envuelto en papel madera con una cuerda. Lo pintó a escondidas en la terraza durante cinco tardes, tapándolo con una sábana cada vez que oía la puerta.
Iván lo desenvuelve despacio cortando la cuerda con unas tijeras en lugar de romperla.
Es un jardín. Árboles altos de copa ancha, un césped en sombra, una luz de tarde que se cuela entre las hojas. Y en el centro, entre los troncos, un banco de piedra.