La esposa que el Ceo no devolvió

El hombre que compraba arte

Capítulo 19

El hombre que compraba arte

A las siete y cuarenta de la mañana, Diana sale del penthouse con los tenis en la mano.

—¿Adónde va tan temprano señora? —pregunta Teresa desde la cocina.

—A caminar.

—¿Con los zapatos en la mano?

—Para no hacer ruido.

—El señor salió a las seis y media. Tenía una llamada con el extranjero.

Diana se detiene con un tenis a medio poner.

—Ah.

—Le guardo pan —dice Teresa con la cara de quien sabe distinguir una caminata de una huida.

En el ascensor Diana se pregunta por qué siente que hace algo malo, solo va a hablar con su galerista de sus propios cuadros, pero es la primera vez desde la boda que va a algún sitio sin que Iván lo sepa y descubre con una incomodidad nueva que le cuesta.

La galería ocupa la planta baja de una casona antigua del centro con techos muy altos y pisos relucientes. En la primera sala hay una silla de madera con un plátano pegado al respaldo con cinta adhesiva. La placa dice Sin título (Desayuno).

—Cuarenta mil euros —dice Mireya Salcedo abriendo la puerta antes de que Diana llame—. No preguntes, el plátano se cambia cada tres días.

Mireya tiene cincuenta y tantos años, el pelo teñido de un rojo que no existe en la naturaleza y cinco pañuelos de seda alrededor del cuello, huele a sándalo y a nervios. Lleva a Diana a su oficina y cierra la persiana.

—Te voy a contar todo y después me vas a odiar.

—No te voy a odiar.

—Espera a oírlo. —Retuerce el pañuelo verde—. Hace dos años tenía tu exposición preparada para la sala grande con buena luz, dos semanas antes me llamó Sebastián, muy amable y preocupado. Me dijo que la pintura era tu pasatiempo, que estabas frágil y que si la exposición iba mal te hundirías, me pidió que te pusiera en la sala pequeña, la del fondo, la que da al baño.

Diana recuerda el olor a desinfectante. Recuerda haber pensado que era culpa suya por no pintar cuadros más grandes.

—Y lo hiciste.

—Era tu prometido, tenía tu dinero, tu agenda, tu teléfono. Pensé que te conocía mejor que yo. —Mireya baja la voz—. La noche de la inauguración vinieron cuatro personas, tú sonreías como si fueran cuatrocientas y se me partió el alma.

Cuatro personas. Diana las recuerda ahora con una nitidez incómoda, una pareja de jubilados, una estudiante con una libreta y junto a la puerta alguien alto con abrigo oscuro que se fue antes de que ella se atreviera a saludarlo.

—A la mañana siguiente vino un abogado —sigue Mireya—. Licenciado Andrés Toledo, compró los once cuadros que quedaban al precio del catálogo, sin regatear, en nombre de una sociedad, Lirio Blanco S.A. Y me pagó aparte para que si algún día preguntabas te dijera que habían sido varios compradores, hasta me dio los perfiles.

—¿Por qué aceptaste mentirme?

—Porque el licenciado me dijo una cosa. —Mireya se quita el pañuelo morado y lo dobla—: "Mi cliente no quiere que ella piense que le deben nada, quiere que piense que el mundo la vio".

Abre una caja fuerte escondida detrás de un cuadro que parece un huevo frito y saca un sobre marfil grueso y sin nombre.

—Me dijo, "Si algún día deja de pintar entrégueselo". Y justamente hace un año y medio que no me traes nada.

Diana abre el sobre.

Dentro hay una fotografía de una pared blanca muy larga. En ella once cuadros colgados en una sola fila, a la misma altura, cada uno con una pequeña lámpara encima para que la luz caiga como debe. Son los suyos, el puerto al amanecer, las manos de su madre pelando una naranja, la calle de la panadería bajo la lluvia.

No hay nadie en la foto, ni muebles, solo la pared, los cuadros y a la derecha, un ventanal que da a un jardín desenfocado verde con árboles altos.

Y en el centro entre los árboles, se adivina un banco.

Un banco de piedra.

Algo frío le baja a Diana por la nuca sin que sepa por qué, le da la vuelta a la foto, y escrita a máquina no a mano hay una sola línea.

"Están donde alguien los mira todos los días. No deje de pintar."

Diana se queda mucho rato con la foto entre las manos, Mireya no dice nada, ni siquiera se toca los pañuelos.

—Mireya —dice Diana al fin—. Si vuelvo a pintar, ¿me colgarías?

—En la sala grande —responde la galerista sin dudar—. Con buena luz. Y si alguien me llama para decirme que eres frágil le cuelgo yo a él.

—¿Aunque sea mi esposo?

Mireya lo piensa.

—A ese por si acaso le contesto con mucha educación. —Se ajusta un pañuelo—. Dicen que tiene una forma de mirar que hace que a la gente se le olvide su propio nombre.

—Es verdad —dice Diana y se sorprende sonriendo.

El licenciado Toledo tiene su despacho en el piso catorce de un edificio de oficinas con alfombra gris y una recepcionista que masca chicle con intensidad deportiva.

—Sin cita no la puede atender, y cobra por pregunta.

—Dígale que soy Diana Scott. Que es por Lirio Blanco.

La recepcionista deja de mascar y desaparece tras una puerta y vuelve a los tres minutos, con el chicle escondido.

—El licenciado lo siente mucho, Lirio Blanco fue disuelta hace un año, no puede hablar de ningún cliente por secreto profesional. —Baja la voz—. Llevo once años aquí y nunca lo había visto ponerse blanco.

Al salir Diana se detiene en la acera.

En la esquina de enfrente junto a un quiosco está un hombre alto con chaqueta gris que lee un periódico. Lo vio frente a la galería, y lo vio en el ascensor del penthouse la semana pasada con un ramo que no le entregó a nadie.

Cruza la calle y se planta delante de él.

—Tienes el periódico al revés.

El hombre lo baja, tiene unos cuarenta años, la nariz desviada y una cara desconcertantemente amable.

—Leía los clasificados señora.

—¿Cómo te llamas?

—Bruno.

—¿Te mandó él?

Bruno dobla el periódico como quien dobla una bandera.

—Me mandó a no perderla señora. No a impedirle nada.




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