La esposa que el Ceo no devolvió

El primer hilo

Capítulo 14

El primer hilo

—Leonor, deme una hora —dice Diana.

—El trato era claro. Si un contenedor no cumple, se cancela todo.

—Lo sé. Y no voy a pedirle que me compre camarón pequeño a precio de grande. Le voy a pedir una hora para demostrarle que el grande existe y que alguien se lo está vendiendo a usted dos veces.

Leonor la mira. El inspector mira a Leonor.

—Una hora. Me tomaré un café en ese lugar horrible de la esquina.

—Pida el de olla. Es el único que no da miedo.

Le dice Toño al inspector y Leonor se va. Diana se vuelve hacia el capitán.

—Usted dijo que anotó la marea.

—En el cuaderno de bitácora. Peso, calibre, hora y quién descarga. Como me enseñó tu padre.

"Si no está escrito, no pasó".

—¿Y el registro del frigorífico? ¿Qué entra, qué sale, qué se despacha?

—Eso lo lleva Germán, el jefe de bodega. —Toño baja la voz—. Germán llegó con el muchacho Paz. Y hoy qué raro, está enfermo.

Al fondo de la nave hay una oficina acristalada, cerrada con llave, con un escritorio y un archivador metálico gris.

—¿Quién tiene llave?

Toño se rasca la barba. Después grita, con una voz capaz de dirigir un barco en plena tormenta.

—¡Rafa!

Rafa aparece corriendo. Al ver a Diana mira por encima de su hombro, como buscando a alguien de traje. No lo encuentra y respira.

—¿Tú no le arreglaste la cerradura a Germán el mes pasado? —pregunta su abuelo.

—Sí.

—¿Y no te quedaste con una copia?

Rafa saca del bolsillo un llavero de plástico con forma de sirena.

—Si, por si se volvía a trabar.

—Muchacho —dice Toño con solemnidad—, hoy no te pego.

El archivador de Germán es un desastre ordenado, albaranes de salida, hojas de etiquetado y facturas de despacho con un sello azul, en carpetas por mes. Diana se sienta en el suelo de la oficina, con el pelo recogido con un lápiz, y abre al lado el cuaderno de bitácora de La Gaviota II: tapas de cuero hinchadas por la humedad y la letra grande y torcida de Toño.

Al principio no ve nada, solo números, fechas, y pesos. Después, como cuando mira un cuadro mucho rato y de pronto aparece la figura escondida, lo ve.

—Capitán. El catorce de septiembre. ¿Cuánto descargó?

—Ocho toneladas de jumbo, 16/20. Lo mejor del año.

Diana busca en las carpetas de Germán.

—Aquí dice que entraron ocho toneladas de calibre 41/50. Y que dos días después salieron hacia Distribuidora Marlín, como camarón pequeño, a precio de camarón pequeño.

Toño dice una palabra que Diana nunca le había oído y que su padre habría tachado con tinta verde.

—Lo etiquetan pequeño —sigue ella mientras la idea se le arma sola— y se lo venden barato a Marlín. Marlín le pone la etiqueta de jumbo y lo vende a precio de jumbo. La diferencia se queda en Marlín. Y para que el inventario cuadre, compran camarón pequeño de verdad y lo meten en nuestras cajas.

—Qué listo el muchacho Paz —silba Rafa desde la puerta.

—No. Listo no. Confiado. Creyó que nadie iba a comparar un cuaderno con una factura.

Diana fotografía las páginas. Septiembre, agosto, julio, hasta febrero. El patrón se repite en cada marea buena.

—Señora —dice Rafa desde la puerta, en voz baja—. El coche de Germán pasó anoche por aquí a las dos. Lo vio el guardia de la entrada, se llevó una caja y dejó la papelera llena de ceniza.

Diana mira la papelera de metal junto al escritorio. Hay restos de papel quemado, negros y rizados, y un trozo sin quemar con un sello azul a medias.

Germán no está enfermo, él está limpiando.

—Entonces llegamos tarde a algunas cosas —murmura ella—. Pero no a todas.

Tiene las manos frías y la cabeza extrañamente clara y al levantarse del suelo se descubre sonriendo. Le gusta esto. Le gusta mucho, es la misma sensación que tiene cuando después de horas frente a un lienzo encuentra el color correcto.

Leonor vuelve con un vaso de café de olla y la ceja levantada. Diana le enseña las fotos, el cuaderno y las facturas, le explica el circuito como Iván le enseñó a leer un balance, los personajes, lo que quieren y dónde mienten.

—Montenegro lleva desde febrero pagándole a Marlín precio de jumbo —dice Leonor despacio.

—Usted tiene las facturas de Marlín. Yo tengo las de Scott y juntas cuentan la misma historia.

—Este camarón no se lo compro a precio de jumbo.

—No se lo pido. Se lo vendo como lo que es, a precio de pequeño, con su siete por ciento. Y le firmo hoy el contrato directo para la próxima marea, que Toño descargará delante de su inspector, sin pasar por el frigorífico de Germán.

—¿Y su quincena?

Diana tarda un segundo.

—Con este precio no me alcanza, me falta casi la mitad, pero no se lo voy a pedir a usted.

Leonor la mira largo rato. Después saca la pluma.

—Le pago el adelanto en veinticuatro horas, sobre el precio real. La próxima marea queda comprometida desde hoy. —Firma—. Llevo veintiocho años en esta empresa señora Scott. Me han traído muchas veces camarón pequeño con etiqueta de grande. Es la primera vez que me lo traen con la prueba de quién lo hizo.

—¿Eso es un cumplido?

—Es un dato, los cumplidos no los doy ni al señor Montenegro.

Esa noche, la clase de las once es una sesión de contabilidad desesperada. En un papel pegado a la lámpara Diana ha escrito.

"faltan 870.000 €."

—Puedo vender algo mío —dice—. Tengo una cuenta personal. La abrió papá cuando cumplí dieciocho. La usaba para todo, para los trajes de Sebastián, para la matrícula de la universidad de Carmen…

Se detiene. Hace meses que no abre la aplicación del banco, Sebastián se ocupaba de "esas cosas", y a ella le daba vergüenza mirar los números, como quien no se atreve a pesarse.

El saldo aparece en la pantalla.

—Tenía casi tres millones hace dos años —dice—. Papá me lo dijo.

—¿Y ahora?

—Novecientos cuarenta mil euros.




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