La esposa que el Ceo no devolvió

Una casa llena de fantasmas

Capítulo 30

Una casa llena de fantasmas

Las líneas no son de un accidente, Diana lo sabe en cuanto las ve y con la certeza de quien lleva toda la vida mirando cómo se cruzan los trazos en un papel. Un accidente deja una cicatriz o dos desordenadas, como un manchón de pintura que cae sin querer. Esto no es un manchón. Es un dibujo.

Son líneas finas blancas levantadas sobre la piel, van desde los omóplatos hasta la cintura, unas paralelas, otras cruzadas, algunas tan antiguas que casi se confunden con la piel y otras más gruesas, más brillantes, como si alguien hubiera vuelto a pasar dos veces por el mismo sitio. Hay decenas que cubren la espalda entera de Iván como las líneas de un cuaderno que alguien llenó con rabia.

Nadie se hace eso solo, alguien las hizo una por una...

Diana se queda inmóvil en la cama con la sábana apretada contra el pecho, en el espejo Iván levanta la vista.

Sus ojos se encuentran en la franja limpia del cristal entre el vapor. Durante un segundo, ninguno de los dos se mueve, después él cierra el grifo de un manotazo, agarra la toalla del gancho y se la echa sobre los hombros cubriéndose la espalda con la urgencia de alguien que tapa una herida abierta.

Se queda de pie en el baño sin girarse, Diana ve su reflejo, tiene la mandíbula apretada, el pelo goteando, los nudillos blancos sobre la toalla.

—Iván.

—Fue hace mucho.

Su voz suena lejana y demasiado tranquila.

Diana se levanta envuelta en la sábana y se detiene en la puerta del baño, no entra pero el vapor la envuelve.

—¿Quién te hizo eso?

Él no responde.

—Iván ¿Quién?

—Existe —dice con la voz muy baja—. Pero todavía no puedo contártelo.

—No. —Diana nota que le tiembla la barbilla—. Esta vez no me vale, anoche no pregunté te dejé que me apartaras las manos. Pero esto no es un secreto de negocios, ni una empresa, ni un club nocturno. Alguien te hizo daño, mucho daño y yo dormí encima de eso toda la noche sin saberlo.

Iván se gira por fin, tiene la toalla bien cerrada sobre los hombros y la cara pálida sin lentes. La mira desde muy lejos aunque está a dos metros.

—Por favor.

Es la primera vez que Diana se lo oye decir así, no como una cortesía, sino como una súplica, como lo diría un niño.

Algo se le rompe por dentro.

—No te lo voy a arrancar —dice despacio—. Pero cuando quieras me lo cuentas. Y si no quieres nunca también. Pero no me escondas la espalda. —Se le quiebra la voz—. No de mí, ya la vi y sigo aquí, no me voy a ir a ninguna parte.

Iván la mira largo rato.

—¿Puedo…? —empieza ella levantando una mano.

—Todavía no.

Diana baja la mano y asiente.

—Todavía no —repite.

Iván suelta el aire despacio como quien deja en el suelo algo muy pesado, cuando Diana se da la vuelta para salir del baño, oye su voz detrás casi inaudible.

—Gracias por quedarte.

Esa noche Iván cocina.

Está escrito en la libreta, según Teresa que la vio abierta sobre la encimera, Jueves 6. Cena. Yo. Y Teresa en un gesto de valentía o de crueldad se ha ido a casa de su hermana.

—No sé cocinar —le dijo a Diana al salir—. Pero sé lo que va a pasar. Si sale humo, abre la ventana grande no la pequeña, la pequeña se atasca.

A las ocho y media la cocina del penthouse parece una escena del crimen.

Iván ha impreso la receta de un arroz con mariscos y la ha pegado en la nevera con cuatro imanes, uno en cada esquina, ha medido el arroz en una balanza de precisión que nadie sabe de dónde ha sacado. Ha cortado las cebollas en cubos de exactamente medio centímetro y Diana sospecha que con una regla. Lleva el delantal de Teresa, el que dice Besos al cocinero sin ninguna ironía.

Y el arroz se le pega.

—La receta dice dieciocho minutos —dice mirando la sartén con una indignación profunda—. Han sido dieciocho minutos.

—Las recetas no son siempre exactas Iván.

—Deberían serlo.

La alarma de humo empieza a pitar, Diana abre la ventana grande e Iván agita un paño debajo del detector con la dignidad de un hombre que ha perdido una negociación contra una sartén.

Terminan sentados en el suelo de la terraza con una manta, un plato de pan con queso y dos copas de vino. Iván todavía lleva el delantal puesto, Diana no se lo dice, lo está disfrutando demasiado.

—Feliz cuatro meses —dice ella chocando su copa con la de él.

—Feliz cuatro meses.

Se quedan un rato mirando el puerto, las luces de los barcos se mueven despacio sobre el agua negra.

—Esta noche voy a dormir en mi cuarto —dice Diana.

Siente a su lado cómo él se pone rígido.

—No porque no quiera —se apresura a añadir—. Al revés, no quiero que se convierta en costumbre, quiero que sea una decisión, quiero poder elegirte cada noche que crucemos ese pasillo. Y que tú me elijas a mí.

Iván tarda en contestar. Cuando lo hace tiene la voz baja.

—Entonces elígeme seguido.

Diana se ríe y apoya la cabeza en su hombro. Él no se aparta. Ya no se aparta nunca.

Los días siguientes son distintos.

No es que todo cambie, siguen las clases nocturnas, los papeles de la auditoría, las obras de Mercado Ola y los desayunos con Ortega trayendo noticias. Pero en todo eso hay algo nuevo, como una nota de color en un cuadro gris.

En la calle Marea delante de los obreros que pintan la ola en el cristal, Iván le rodea la cintura con el brazo sin que nadie lo pida y le susurra al oído que tiene pintura en la oreja. No tiene pintura en la oreja, solo quería susurrarle algo, Celia los mira desde la acera y se seca los ojos con el ala del sombrero.

En el ascensor entre el piso doce y el diecinueve, ya no se detiene él primero.

El viernes Ortega llega al desayuno, deja la tableta sobre la mesa y se queda mirando a su jefe con los ojos entornados.

—El señor llegó tarde a la reunión de las ocho —le informa a Diana como quien informa de un terremoto—. Once minutos en tres años no había llegado tarde ni uno.




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